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El amor también se come: el vínculo secreto entre el nosotros y la comida

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Porque no sólo compartimos platos: en cada comida compartida se tejen historias, afectos y vacíos que hablan de cómo amamos, cómo nos vinculamos y cómo aprendimos a sentirnos acompañados.

Conciencia Saludablemente
Por: Picol Alex Barrera

Hay algo profundamente simbólico en invitar a alguien a comer. Las primeras citas suelen ocurrir alrededor de una mesa, las reconciliaciones incluyen cenas especiales y las celebraciones importantes casi siempre se acompañan de platillos compartidos. Si lo observas con atención, gran parte de nuestras interacciones sociales —y especialmente las amorosas— están mediadas por la comida. No es casualidad. Comer juntos es una de las formas más antiguas de construir vínculo.

Desde la antropología sabemos que compartir alimentos fortalece la cohesión social y genera sensación de pertenencia. En términos psicológicos, la comida actúa como un ritual: crea un espacio de intimidad, sincroniza tiempos y favorece la conversación. Investigaciones en conducta social han mostrado que comer en compañía aumenta la percepción de cercanía y cooperación entre las personas. Cuando dos personas comparten la mesa, no sólo comparten nutrientes; comparten atención, miradas, historias.

En el contexto de las relaciones amorosas, la comida se convierte en lenguaje. Cocinar para alguien puede ser una forma de cuidado; aceptar lo que el otro prepara puede vivirse como validación. Muchas parejas construyen recuerdos afectivos ligados a sabores específicos: “nuestro café”, “nuestro restaurante”, “la receta de aniversario”. El amor se ritualiza en la experiencia sensorial.

Pero quiero explicarte algo más profundo: este vínculo entre amor y alimentación comienza mucho antes de la pareja. Desde el nacimiento, el acto de alimentar está asociado al afecto y la regulación emocional. La lactancia o la alimentación temprana no sólo cubren una necesidad biológica; también calman, organizan el sistema nervioso y generan apego. El cerebro aprende que comer está ligado a sentirse seguro. Por eso, en la vida adulta, la comida puede convertirse en un sustituto simbólico del afecto.

Aquí es donde la dimensión emocional entra con fuerza. Muchas veces, en las relaciones amorosas, la comida no sólo es encuentro, sino compensación. Después de una discusión, aparece el “vamos a cenar para arreglarlo”. Frente a la distancia emocional, surge el intento de reconectar a través de un detalle gastronómico. Y aunque estos gestos pueden ser genuinos y positivos, también pueden encubrir dinámicas más profundas.

La psicología ha estudiado cómo las emociones influyen en la conducta alimentaria. El llamado emotional eating describe el consumo de alimentos en respuesta a estados emocionales, más que a hambre fisiológica. En relaciones donde existen carencias afectivas, ansiedad o inseguridad, la comida puede funcionar como regulador sustituto. No es raro que algunas personas experimenten mayor consumo de alimentos altamente palatables[i] en momentos de conflicto o soledad.

Además, el estrés relacional activa respuestas fisiológicas. Cuando vivimos tensión en la pareja, aumenta el cortisol, hormona vinculada al estrés, lo que puede modificar el apetito y favorecer elecciones menos saludables. Es decir, los conflictos amorosos no sólo duelen emocionalmente; también impactan en la forma en que comemos y metabolizamos, ¿les suena el cliclé de comer helado cuando se sufre por amor?, aunque es un simbolismo acunado por la cultura pop, también es ciencia.

Existe otro fenómeno interesante: la sincronización de hábitos alimentarios en la pareja. Estudios muestran que, con el tiempo, las parejas tienden a adoptar patrones similares de alimentación y estilo de vida así lo demuestra el estudio realizado por Homish y que tituló “Influencia conyugal en los comportamientos generales de salud en una muestra comunitaria”. Esto puede ser protector cuando ambos construyen hábitos saludables, pero también puede amplificar conductas poco favorables si la relación gira en torno a excesos constantes o a una dinámica donde la comida es el principal canal de conexión.

Es importante que sepas que la comida no es el problema. El problema aparece cuando el alimento sustituye conversaciones necesarias, cuando el “te cocino” reemplaza el “te escucho”, o cuando la mesa se convierte en el único espacio de intimidad. El amor necesita diálogo emocional, no sólo rituales compartidos.

También ocurre lo contrario: relaciones donde la comida se vuelve campo de control. Comentarios constantes sobre el peso, la apariencia o lo que el otro come pueden dañar la autoestima y generar ansiedad alimentaria. La nutrición, en estos casos, deja de ser placer y se convierte en vigilancia. Y el amor, lejos de nutrir, comienza a desgastar.

Por eso, cuando hablo de que “el amor también se come”, no me refiero sólo al acto literal de compartir alimentos, sino a la manera en que las relaciones nos nutren o nos vacían emocionalmente. Una relación sana favorece hábitos más equilibrados, promueve el autocuidado y genera bienestar psicológico. Una relación crónicamente conflictiva puede alterar el sueño, el apetito y la salud general.

Aquí es donde la terapia psicológica adquiere un papel fundamental. En el espacio terapéutico se exploran los significados que cada persona ha construido alrededor de la comida y el afecto. Se identifican patrones aprendidos en la infancia, se trabaja la regulación emocional y se fortalecen habilidades de comunicación en pareja. Enfoques como la terapia cognitivo-conductual o la terapia centrada en emociones han mostrado eficacia tanto en la mejora de la dinámica relacional como en la reducción de conductas alimentarias desreguladas.

La terapia también ayuda a diferenciar: ¿estoy comiendo porque tengo hambre o porque me siento solo? ¿Estoy ofreciendo comida como gesto amoroso o evitando una conversación incómoda? Estas preguntas no buscan culpar, sino generar conciencia, y si el apoyo para encontrar las respuestas se hace necesario pues al ser practicas normales dentro de nuestra sociedad, es difícil identificar y sobre todo aceptar que quizá no te estoy alimentando por amor, sino para llenar vacíos que muchas veces están en nosotros, pero que no podemos identificar si no es con la ayuda de algún especialista.

Nos mintieron, nos dijeron que la abundancia alimentaria refleja el éxito, nos dijeron que “Barriga llena, corazón contento” y que “Al hombre se le conquista por el estómago”, pues no, porque no todos los vacíos se llenan con comida, una mesa llena de comida no siempre significa éxito, con la barriga llena el corazón no se repara, por el contrario, puede descomponerse más y no, por supuesto no, la comida no es el factor determinante para que alguien te ame. 

Dicho lo anterior quiero dejarte con esta reflexión: compartir la mesa puede ser uno de los actos más bellos del vínculo humano. Cocinar juntos, descubrir sabores y celebrar alrededor de la comida fortalece la intimidad. Pero el amor no puede sostenerse únicamente con cenas especiales. Necesita escucha, validación, límites y cuidado mutuo.

Sí, el amor también se come, pero sobre todo, el amor verdadero nutre. Y cuando aprendemos a distinguir entre hambre emocional y necesidad afectiva, comenzamos a construir relaciones que alimentan el cuerpo sin dejar de cuidar el corazón.

[i] Alimentos palatables: productos diseñados o percibidos como altamente agradables al gusto por su combinación de azúcar, grasa y/o sal, junto con características sensoriales como textura y aroma. Estas propiedades estimulan el sistema de recompensa cerebral, aumentando el placer y la probabilidad de consumo repetido, más allá de las necesidades energéticas.

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo humano.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial.


Si le interesa el tema se recomienda la lectura de…

Cuando la comida sustituye al amor: La Relacion Entre las Carencias Afectivas y Nuestra Actitud Ante la Comida de Geneen Roth (2016). Editorial Urano.

Este texto aborda la relación entre alimentación, emociones y vínculo afectivo desde una perspectiva psicológica accesible para público general.


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MORENA NO SABE COMER POZOLE

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“El Minotauro”
Por Nicolás Durán de la Sierra

Más de uno recelará del título de esta glosa: Morena no sabe comer pozole y hasta tendrá por desatino decir que el partido de México’ no sabe comer el platillo del país, pero no hay tal. Desde de la Roma Imperial se sabe que cocina y política comparten muchos puntos en común y por esa vía se irá: por la de la res o cosa pública, no por la de la gastronomía, se aclara.

La razón tras el comentario es la reforma política nacida en Palacio Nacional y cocinada por la cúpula guinda o. mejor, mal guisada por ella. Su ruta “avanza, retrocede, da un rodeo… y llega a nada” cual no dijo célebre poeta. Quizá víctima del ‘virus Trump’, lo que un día dice, se desdice al otro y así ha vagado la iniciativa las últimas semanas; acaso mañana se haga un mimo a los verdes.

Con la política por intención, véase como se prepara el pozole, guiso señero: poco a poco los elementos se van aunando, tras elegir la carne, claro, que aquí el orden sí que altera todo. No se dice a los verdes que por ellos van, ni el plato se corona con orégano antes de tiempo. El rábano picado, por su color insignia de Morena, va al remate de la presentación, no al principio.

A este menú, desde luego, no están invitados los demás partidos, pues el del Trabajo es salero vacío y el resto es avío de mesa. Vamos al plato: el gusto de su caldo debe ir por su mezcla y no a su igualdad por lo que la arenga “unidad, unidad” está de sobra pues no lo aconseja la cocción ni el resultado, se ve, ha sido el esperado, pues unidad y uniformidad no son sinónimos.

¿Cómo es que un platillo tan fácil, como lo es la dicha reforma política, puede liarse tanto? La razón es que se aceleraron los tiempos de cocina, y los fogones, se sabe, exigen paciencia. En esta gresca tanto Morena como los verdes se han desgastado y el pozole no está sazonado y las elecciones en puerta en compás de espera, al menos en el Estado y en San Luis Potosí.

Si saber guisar el platillo es importante, también lo es el saberlo comer. Hay quien va la mesa y mide los adobos y suman con calma el picante, la sal y el ácido del limón hasta que el caldo queda a su gusto; también hay los que van a la mesa y mezclan todo sin concierto y hasta salan el guiso, por no decir que manchan el mantel y dan al mesero un susto de muerte. A cada cual lo suyo.

Podría abundar sobre los nexos de las artes de política y cocina, que los hay, pero el pozole como metáfora no da para más. El cocinero mayor, en Palacio Nacional podrá argüir que su platillo es así y al que no le guste, que no lo coma, pero entonces no hablaríamos de estas artes sino de la hegemonía de un partido y cualquier adorno de mesa sale sobrando. ¿Y usted como come pozole?

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PALO A LA PRESIDENTA! / PLAN B

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“La Última Palabra”
Por: Jorge A. Martínez Lugo.

• Verde y PT de “aliados” a “verdugos”; Santi votó verde!
• “Podemos seguir siendo aliados en Quintana Roo”

Ante el palo legislativo a la presidenta, en la que “aliados” actuaron como verdugos del proyecto, Claudia Sheinbaum presentó el Plan B en la mañanera de este 12 de marzo.

¨No es una derrota!” sostuvo sin esperar pregunta. Me comprometí a emitir una reforma electoral que disminuya los privilegios y cumplí..”, pero no es una derrota, porque tenemos el apoyo popular; la gente sabe quiénes votaron y cómo.

INICIATIVA PLAN B
Reveló que en los próximos días va a enviar al Congreso un paquete de iniciativas para seguir disminuyendo los privilegios que todavía quedan y avanzar en ampliar la participación ciudadana; que hayan temas electorales que puedan someterse a consulta; hoy está prohibido.

Alrededor de 4 mil millones de pesos se podrían ahorrar y sería destinado a los mismos municipios al bajar salarios elevados y número de regidores y poderes legislativos locales.

“No es el consenso por el consenso”, reiteró ante otra pregunta, “estamos viviendo un proceso de transformación; tenemos mandato popular y convicciones…” remató esa mañana post palo legislativo.

REPERCUSINES EN QUINTANA ROO
Este desenlace de la no reforma electoral tendrá efectos, necesariamente, en los 17 procesos de sucesión gubernamental, entre ellos de manera especial Quintana Roo, por ser asiento adoptivo y motor económico del imperio verde.

El senador Eugenio Segura predicó en el desierto al pedir a verdes y petistas que votaran a favor de las encuestas. Sus motivos para haberlo hecho habrá tenido el senador verdiguinda y es y será parte de la historia de esta sucesión tan adelantada.

SANTI MONTEMAYOR, ES VERDE
En este juego de los verdes y morenas, donde hay verdes-morenos y morenos-verdes, la diputada federal “pluri” Santi Montemayor Castillo, que registra oficialmente como diputada guinda, votó con la bancada verde en contra de la reforma.

Como es vox populi, Santi en realidad es verde, como también lo es Heyden Cebada, titular del poder Judicial de Quintana Roo, cargo al que llegó sin siquiera someterse a una elección; bastó un transitorio en la reforma para su pase automático a la continuidad judicial, que por cierto, está impugnada.

NO TIENEN CONVICCIÓN
“Quienes votaron a favor cumplieron con la voluntad popular, quienes votaron en contra pues no, así de sencillo. Ahora vamos a ver cómo va a ser en el Plan B”, respondió la presidenta.

“Los diputados son libres…”, contestó la presidenta, “La gente va a tomar su opinión; Se hacen las cosas por convicción. En todo caso “Morena tomará sus propias decisiones hacia adelante”, con respecto a los partidos y legisladores que votaron en contra, advirtió la presidenta. Estaremos atentos del tema, porque usted tiene la última palabra.
ooOoo

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