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Opinión

Defendiendo la Democracia

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Por: Hugo Alday Nieto

La ciencia de Herodoto nos ha demostrado que solo el que tiene el mando, el que triunfa, el que doblega o domina, es el que redacta la historia de los hechos. Tenemos un sinnúmero de ejemplos en la historia universal, desde la forma en que se borró la vida y obra del Rey Decébalo en el norte de Europa pero del que subsisten magnas obras de su grandeza en Rumania y que son imposibles de eliminar, aunque los romanos hayan hecho hasta lo imposible por acabar al pueblo Dacio.

Lo mismo sucedió al interior de la propia Roma, en donde la lucha por el poder se llevaba al extremo, como sucedió con los hijos de Septimio Severo y Julia Domna, que fueron recientemente representados en la película “Gladiador II”, y de quienes considero, faltó mucho para retratarles tal como la historia los descubre. Sin embargo, en ese par, Marco Aurelio Antonino, mejor conocido como Carcalla, por los legionarios al llevar una capa de color púrpura en las batallas que dirigía y ser extremadamente sanguinario; quien al no querer compartir su trono con su hermano Publio Septimio Geta, optó por matarle y decretar la “damnatio memoriae”, es decir, borrarlo de la memoria histórica, el peor castigo para un romano.

Esta pena también se llevó a cabo en contra del Publio Cornelio Escipión, cuando llegado de su conquista de África, fue acusado de corrupción por su acérrimo enemigo el senador Catón, quien lo obligó a vivir en el exilio y a desaparecer de la historia como una vendetta política, más impulsada por la envidia que por las posibles acciones ilegales del militar conquistador, ya que con la fuerza de sus triunfos, el camino para ser emperador estaba disponible y esto no era del agrado del grupo político dominante.

En tiempos más modernos, durante el estalinismo, Merleau Ponty, citado por Slavoj Zizek en “El sublime objeto de la ideología” nos dice que se defendieron los juicios políticos con base en que, aunque sus víctimas fueran sin duda inocentes, estos juicios estarían justificados por el progreso social subsiguiente que fue posible, gracias a Stalin; en un clásico ejercicio de abuso de poder y del derecho, justificado por quien tiene la fuerza, pero no toda la razón.

Analizando pues, las diversas violaciones de derechos humanos en el nombre de la democracia a lo largo y ancho de la historia universal, aterrizamos en la idea de la revolución como punto de partida para construir una democracia, y precisamente Lacan dice que: “la Revolución lleva a cabo un salto del tigre al pasado, no porque vaya en busca de una especie de apoyo hacia atrás, sino en la medida en que este pasado que se repite en la Revolución, viene del futuro, estaba ya preñada de una dimensión abierta del futuro”. Situación que se materializa con una gran cantidad de acciones y programas que sin duda hemos visto repetirse con cada transición política en México.

Para Lacan, el problema con un dirigente totalitario que emana de una revolución democrática es que ya no necesita un punto de referencia externo para legitimarse. Ahora por sí solo se posiciona como una expresión, una encarnación, un ejecutor de la voluntad del pueblo, lo que con el paso del tiempo puede transformar esa voluntad popular que irriga directamente al concepto de democracia, como la posible fuente de un autoritarismo, como el que vimos en los ejemplos de Roma, Dacia o Rusia.

Siguiendo con la lectura, la definición de Lacan sobre democracia, citada por Zizek sería: “un orden sociopolítico en el que el pueblo no existe, no existe como una unidad encarnada en su único representante. Por ello, el rasgo básico del orden democrático, es que el lugar del poder, es por necesidad de su estructura, un lugar vacío”. Luego entonces y siguiendo la lógica de que la democracia emana directamente de la voluntad del pueblo, este modelo político no podría ajustarse a una forma de poder central sin tener el riesgo de transformarse en lo opuesto.

Lo más interesante de la obra citada es que tanto Hegel como Lacan, definen a la democracia como un imposible si se trata de establecer una figura presidencial, por lo que posiblemente el fortalecimiento de la división de poderes y del estado de derecho sean la clave para poder sobrevivir a un intento más de México por establecer un presidencialismo democrático. Mientras tanto, en la cuesta de enero, la vida sigue, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

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El amor entre paredes: el impacto invisible del espacio físico en la relación de pareja

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El lugar donde se dan las relaciones puede calmar al cuerpo, facilitar la conexión emocional o intensificar el conflicto.
Conciencia Saludablemente

Por:Psicol Alex Barrera **

Llega febrero y es imposible por lo menos para las culturas occidentales no hablar del amor por ello este mes, mi estimado lector llenaremos este espacio de amor, no ese que nos dan a torrentes en las películas donde siempre triunfa el romance, o aquel de las novelas románticas donde los protagonistas pasan por todo para finalmente encontrarse en aquel paraje encantador donde pueden consumar su amor. No, hablaremos del amor en su forma genuina, ese que perseguimos incansablemente, aunque ya exista dentro de nosotros, pero que se seca porque no hemos encontrado la manera de acceder a él. Hablemos del amor como ese vínculo que está en el ambiente, ese lenguaje sagrado que habita en cada momento pero que tenemos que aprender a descifrar.

Iniciemos nuestro recorrido por febrero… iniciemos nuestro recorrido por el amor…

FACE 1. ¿Dónde habita el amor?

Pensar el amor únicamente como una experiencia emocional entre dos personas es una mirada incompleta. Las relaciones no sólo se sienten: se desarrollan en espacios concretos que influyen de manera directa en cómo nos acercamos, nos regulamos y nos vinculamos. El amor tiene química, sí, pero también tiene contexto.

Desde la psicología ambiental y la neurociencia afectiva, investigaciones clásicas de Roger Ulrich (1984) demostraron que la exposición a entornos con luz natural y menor ruido reduce la activación fisiológica y los niveles de cortisol. Estudios posteriores en neurociencia social, como los de Stephen y Rachel Kaplan sobre la Teoría de la Restauración de la Atención, muestran que los espacios ordenados y con estímulos moderados favorecen la regulación emocional. En términos simples: el cuerpo reacciona al espacio antes de que podamos interpretar lo que sentimos por la otra persona.

Cuando los espacios son caóticos, reducidos o sobreestimulantes, el organismo permanece en alerta. En ese estado, disminuye la tolerancia, se acorta la escucha y aumenta la reactividad emocional. Muchas discusiones de pareja no nacen del conflicto en sí, sino del cansancio corporal que produce habitar entornos que no permiten bajar la guardia.

Lo íntimo: el espacio donde el cuerpo se relaja

Los espacios íntimos (como el dormitorio o las áreas de descanso) cumplen una función emocional clave en la pareja. No están pensados sólo para dormir, sino para la regulación del sistema nervioso. Una iluminación inadecuada, ruido constante o temperaturas incómodas afectan la calidad del descanso, y con ello la disponibilidad emocional.

La ciencia es clara en este punto: la privación de sueño altera el funcionamiento del lóbulo prefrontal, región del cerebro encargada del control emocional y la toma de decisiones. Cuando el cuerpo no descansa, la paciencia se reduce y la irritabilidad aumenta. Así, lo que parece un problema de comunicación puede tener su origen en un espacio que no favorece el descanso compartido.

Un entorno íntimo que prioriza la calma, más que la estética, favorece la conexión emocional y la sensación de seguridad básica necesaria para el vínculo.

Los espacios exteriores: salir del encierro emocional

Los espacios exteriores (terrazas, patios, parques o incluso la calle) también influyen en la química de la relación. Compartir espacios abiertos reduce la sensación de encierro físico y simbólico, permitiendo conversaciones más flexibles y menos cargadas emocionalmente.

Desde la psicología se ha observado que el contacto con entornos abiertos y con elementos naturales disminuye la activación del sistema de estrés y mejora el estado de ánimo. No es casual que muchas conversaciones difíciles fluyan mejor caminando que sentados frente a frente en un espacio cerrado. El movimiento y la amplitud espacial facilitan una regulación emocional más natural.

Incorporar espacios exteriores en la vida de pareja no resuelve los conflictos, pero sí crea condiciones más favorables para afrontarlos.

Más allá de lo funcional, los espacios construyen identidad. Un hogar compartido comunica acuerdos, cuidados y reconocimiento mutuo. Cuando los individuos en una relación se sienten representados en el espacio, se fortalece el sentido de pertenencia, y la experiencia del nosotros; cuando uno queda excluido, el vínculo comienza a resentirse.

El espacio como parte del “nosotros”

El espacio puede decir, sin palabras: aquí hay lugar para ambos… o todo lo contrario. Incluso en el tema del romance el espacio debe enviar un mensaje claro “aquí podemos encontrarnos”.

La pasión necesita espacios que inviten a quedarse, no a huir. Luz cálida, orden visual, privacidad y ausencia de interrupciones permiten que el cuerpo se relaje y el deseo aparezca. Cuando el espacio baja el ruido externo, facilita la conexión interna, admitiendo una conexión más fluida con el otro. Crear un entorno para la pasión, no es decorar, es cuidar las condiciones donde la intimidad puede suceder.

Terapia psicológica y espacios relacionales

La terapia psicológica permite explorar cómo el entorno físico interactúa con las dinámicas emocionales dentro de las relaciones interpersonales. Ayuda a diferenciar qué conflictos pertenecen al vínculo y cuáles están sostenidos por estrés ambiental, agotamiento o falta de espacios de autorregulación.

Cuando observo cómo las parejas se relacionan, confirmo que el amor no solo se sostiene con palabras o emociones, sino con el cuerpo que habita un espacio en todas sus formas. El entorno modula el estrés, permite o bloquea el descanso, abre o cierra la comunicación y, finalmente, condiciona la intimidad.

Cuidar los espacios que compartimos es una forma silenciosa pero profunda de cuidar el vínculo. Cuando el lugar que habitamos nos permite bajar la guardia, mirarnos y respirar, la relación deja de resistir… y vuelve a encontrarse, porque el amor está en todos lados, y no sólo se siente se habita.

Si desea conocer mas sobre el tema se recomienda:

Evans, G. W. (2003). El entorno físico y el comportamiento humano. Madrid: Alianza Editorial.

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo humano. y diplomado en psicología clínica.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial.

Si deseas contactar al especialista o necesitas ayuda terapéutica puedes comunicarte vía Whats App


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Educar sin quebrar: cuando la exigencia inhibe la motivación

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La exigencia constante, disfrazada de éxito, impone un precio invisible afectando a niñas, niños y jóvenes

Conciencia Saludablemente

Por: Psicol.Alex Barrera**

En muchos hogares, la jornada escolar no termina cuando suena el timbre de salida. Continúa en la mesa, en la mochila revisada con prisa, en la pregunta que se repite casi de forma automática: “¿Cómo te fue?”, pregunta que a veces toma un tono inquisitivo en lugar de una ventana al diálogo, porque si, en este país el desempeño académico se convierte en medida de valor, esfuerzo y, en ocasiones, de afecto. Así, la escuela deja de ser sólo un espacio de aprendizaje y pasa a ser un escenario donde la motivación convive peligrosamente con el estrés.

En el ámbito educativo, la motivación ha sido entendida tradicionalmente como el motor del rendimiento. Sin embargo, cuando esta motivación se construye desde la exigencia constante y no desde el apoyo, puede transformarse en una fuente sostenida de presión emocional. Muchos estudiantes crecen escuchando narrativas parentales centradas en el “deber ser”: mejores calificaciones, mayor productividad, menos errores. Y aquí a tan corta edad inicia la búsqueda incesante por la aprobación externa y los estándares a cumplir que después nos convierten en adultos disfuncionales, repitiendo una y otra vez el ejercicio que nuestro cerebro aprende durante años bajo el mensaje implícito de que el reconocimiento llega cuando cumples, no cuando lo intentas.

Este tipo de discurso, aunque a menudo nace del deseo genuino de que los hijos “tengan un mejor futuro”, puede tener consecuencias profundas en la salud mental. Diversos estudios han señalado que la presión académica elevada se asocia con mayores niveles de ansiedad, síntomas depresivos y agotamiento emocional en estudiantes de todos los niveles. Cuando el error se vive como fracaso y no como parte del aprendizaje, el miedo reemplaza a la curiosidad.

La narrativa de exigencia también afecta la forma en que los jóvenes construyen su autoestima. Si el valor personal se ancla exclusivamente al desempeño académico, cualquier tropiezo se percibe como una amenaza a la identidad. Esto resulta especialmente delicado en etapas de desarrollo donde la validación externa tiene un peso significativo. La motivación deja de ser intrínseca, es decir basada en el interés y el disfrute, y se vuelve una respuesta defensiva ante la expectativa ajena. “Solo soy bueno cuando cumplo lo que tú quieres y entonces quién valida mis emociones?”

Esta dinámica no solo afecta a los estudiantes; impacta a toda la familia. La tensión constante por cumplir metas educativas puede erosionar relaciones, aumentar los conflictos familiares y disminuir la satisfacción general con la vida escolar. El estrés académico y la ansiedad vinculada a las expectativas parentales pueden convertirse en repetidas fuentes de malestar que se arrastran durante años, incluso más allá de la etapa escolar y que incluso afecta la salud de los niños y jóvenes pues el estrés provoca la pérdida de sueño, apetito e incluso despierta en los estudiantes otros tipos de trastornos como pueden ser ansiedad o alimenticios.

Lo que como padres puede parecer lo correcto se convierte en el malestar de los adultos y es que, no es poco común observar que jóvenes con promedios sobresalientes durante su vida escolar enfrenten dificultades de adaptación en la adultez. Esto ocurre porque los sistemas de validación académica —claros, estructurados y predecibles— difieren considerablemente de los del ámbito laboral, donde el reconocimiento no siempre es inmediato ni está ligado a calificaciones visibles. Cuando una persona ha aprendido a medir su valor a través de resultados cuantificables, puede experimentar frustración, inseguridad o desorientación al enfrentarse a entornos donde el éxito depende de habilidades relacionales, tolerancia a la incertidumbre y gestión emocional, competencias que rara vez se enseñan explícitamente en la escuela, pero que se desarrollan con el acompañamiento positivo durante la edad académica, sobre todo durante la adolescencia cuando los jóvenes están aprendiendo sobre las emociones complejas.

Por ello como padres, tutores y educadores, debemos considerar que en lugar de asumir las calificaciones como un veredicto que habilita el regaño o la comparación, es necesario mirarlas como una herramienta de lectura del proceso del estudiante. Una calificación no sólo habla de un resultado, sino de áreas que pueden fortalecerse, habilidades que aún están en construcción y necesidades emocionales que requieren atención. Cuando los padres utilizan el desempeño escolar como punto de partida para dialogar, comprender y acompañar —y no como un instrumento de presión— se abre la posibilidad de construir vínculos de apoyo más sólidos, donde el error deja de ser una amenaza y se convierte en una oportunidad de aprendizaje compartido.

La parentalidad consciente en el ámbito educativo implica revisar el lenguaje que utilizamos. Preguntas como “¿qué aprendiste?”, “¿qué se te dificultó?” o “¿cómo puedo ayudarte?” cambian radicalmente la experiencia emocional del estudiante. Autores como Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson en su libro El cerebro del niño / The Whole-Brain Child: 12 estrategias revolucionarias para cultivar la mente en desarrollo de tu hijo, señalan que el acompañamiento empático favorece el desarrollo de la autorregulación emocional y fortalece la resiliencia, elementos clave para una salud mental sólida.

Esto no significa eliminar los límites ni abandonar las expectativas, sino transformarlas. La diferencia entre exigir y acompañar radica en el mensaje subyacente: mientras la exigencia suele decir “vales si cumples”, el acompañamiento comunica “vales, y por eso te ayudo a crecer”. Esta distinción es fundamental para que la motivación no se construya desde el miedo, sino desde el sentido y la confianza.

Por ello hay que recordar que un joven cuyo acompañamiento se centra en el apoyo y comprensión y no en la exigencia, guarda el mensaje interno de valía personal independiente del logro. Esto favorece adultos con mayor seguridad emocional, capaces de establecer relaciones más sanas, empáticas y colaborativas. En lugar de buscar aprobación constante o temer al error, quienes crecieron con acompañamiento suelen desarrollar confianza para aprender, adaptarse y vincularse desde el respeto mutuo. La exigencia, en cambio, tiende a reproducirse en relaciones adultas marcadas por la autoevaluación constante y la dificultad para sentirse suficiente. Acompañar no elimina los retos ni las metas, pero los sitúa en un marco de apoyo que enseña que el crecimiento es un proceso compartido, no una prueba de valor personal.

En un contexto educativo cada vez más demandante, cuidar la salud mental de estudiantes y familias no es un lujo, sino una necesidad. Cambiar la narrativa parental —de la presión al apoyo— no sólo reduce el estrés, sino que prepara a los jóvenes para enfrentar la vida con mayor equilibrio emocional. Al final, educar no es formar expedientes perfectos, y la escuela no debe ser una competencia exhaustiva por satisfacer las demandas externas, es el lugar donde se debe formar personas capaces de sostenerse a sí mismas más allá de cualquier calificación.

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial.

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