Opinión
¿La (cuarta) peor recesión?
Opinión / Cicuta del Caribe LXXV
· Exige CCE del Caribe a afiliados que trabajadores estén vacunados
· Ramal del Tren Maya llegaría hasta Progreso; Yucatán ya gestiona
· Más de 50% de aeropuertos mexicanos debajo del nivel prepandemia
· ¿Cómo está el camino hacia Dinamarca de la salud pública nacional?
· Semáforo de IP evaluará a María Elena Hermelinda Lezama Espinosa
Por: Carlos Águila Arreola / 5to Poder
Los hoteleros de Cancún, y de Quintana Roo en general, han de estar, lo menos, preocupados pese a que aseguran que ya hay hasta sobreventa para el verano, y es que en la realidad han de estar mordiéndose las uñas y rogando porque la crisis económica que golpea a Estados Unidos. “la peor en medio siglo”, no reviente en una nueva recesión.
Todos declaran igual —el mismo patrón de hace tres décadas: intentar tapar el sol con un dedo, incluso liderados por el Ejecutivo estatal en turno, cuando las dificultades son serias—; sin embargo, la situación no parece tan sencilla ahora: en los últimos 150 años el mundo ha sufrido 14 recesiones, y se espera que la causada por el coronavirus sea la cuarta peor, predice el Banco Mundial (BM).
Para el organismo, la turbulencia económica resultante de la pandemia de la covid-19 —que aún no terminado pese a la necedad— solo sería superada por las crisis que ocurrieron al comienzo de la primera Guerra Mundial, en 1914, en la Gran Depresión, en 1930-32, y después de la desmovilización de las tropas tras el segundo conflicto mundial, en 1945-46, en el siglo pasado.
El BM espera que el producto interno bruto (PIB) global per cápita se reduzca 6.2 por ciento este año, más del doble que el registrado en la crisis financiera de 2008… la economía mundial se contrajo 14 veces durante el último año.
En Estados Unidos se resisten a llamarla por su nombre, pero el Banco Mundial cita que “la recesión global de la covid-19 es única en muchos sentidos. Se asocia con un debilitamiento sin precedente en varios indicadores de actividad global como los servicios y la demanda de petróleo, y la disminución del ingreso per cápita en todas las regiones del mundo”.
Estanflación
“Probablemente tendremos algo que se podrá llamar estanflación, pero no creo que vayamos a una situación como la de la década de 1970. No hay ninguna señal de una espiral de precios y salarios. La economía de Estados Unidos parece estar sobrecalentada, con una inflación subyacente del cuatro por ciento, y necesitamos enfriarla.
“Eso significa subir tipos (de cambio), pero no creo que se produzca una recesión grave, y la inflación bajará de una forma relativamente rápida”, respondió Paul Krugman, premio Nobel de Economía, en una entrevista en España, quien calcula que la inflación se relajará en un año y duda de que el Banco Central Europeo deba subir los tipos de interés.
“La Reserva Federal ya está subiendo las tasas. Estoy algo más desconcertado respecto a Europa porque la inflación subyacente parece más baja que la de Estados Unidos. Allá es prácticamente un shock de oferta pura. No me queda claro por qué los tipos de interés deben subir. Y, sin embargo, los mercados piensan que subirán tanto como los suba la Reserva Federal”, añadió Krugman.
En contraparte, el The Wall Street Journal —el diario financiero más influyente de Estados Unidos— es pesimista y publica que se dispara a 44 por ciento la probabilidad de recesión en Estados Unidos, y es que los economistas encuestados aumentaron drásticamente la probabilidad para los próximos 12 meses, nivel que generalmente se ve solo al borde de los retroceso reales.
La probabilidad de una recesión aumentó rápidamente debido a que las presiones inflacionarias se mantuvieron y la Reserva Federal tomó medidas cada vez más agresivas para controlarlas… incluso, The Economist publica que la inflación sería peor de lo que cree..
Desde que el Journal comenzó a hacer la pregunta a mediados de 2005, rara vez se vio una probabilidad de recesión de 44 por ciento. En diciembre de 2007, el mes en que comenzó la recesión de 2007 a 2009, los economistas asignaron una probabilidad de 38, y en febrero de 2020, cuando empezó la última regresión, le asignaban 26 por ciento de posibilidades.
Y como ya ha sucedido en episodios económicos similares —el inmobiliario de 2008-2009, que tocó vivirlo a este escribidor en Cancún—, Estados Unidos se blinda y, guardada cualquier proporción, literalmente “secuestra” a sus turistas y casi casi los obliga a vacacionar dentro de su territorio… el resultado: la debacle en el Caribe mexicano, y cualquier destino que dependa del dólar.

Menudencias
México registró 71 por ciento nuevos contagios de la covid-19 en los últimos días, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en lo que es la quinta ola. El sector comercial del Caribe mexicano está retomando las medidas sanitarias, de acuerdo con el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) del Caribe, y aunque se respeta el uso o no del cubrebocas, pidió a sus afiliados exigir a sus trabajadores que se vacunen para mayor protección.
Yucatán gestiona ante el gobierno federal que un ramal del Tren Maya llegue al puerto de Progreso, proyecto que respalda la Secretaría de Gobernación (Segob) y su titular, Adán Augusto López Hernández, que el fin de semana, durante la inauguración de la planta Sisal Tejidos en el municipio de Muxupip, escuchó la petición del gobernador Mauricio Vila Dosal de realizar un proyecto ferroviario que conecte Umán con el principal puerto del Mayab: “Confío que trabajando de manera coordinada se logrará”, dijo el mandatario.
De cara al verano, más de la mitad de los aeropuertos mexicanos operan por debajo del nivel prepandemia, entre otros las terminales de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. De las 54 terminales comerciales del país, 28 tienen tráfico de pasajeros de enero a mayo menor al mismo periodo de 2019, según los concesionarios. La mayoría son pequeños y medianos, sin conectividad de las aerolíneas debido a que varias rutas desaparecieron con la covid-19 y la quiebra de Interjet; se prevé que los aeropuertos se recuperarán hasta 2023.
A tres años y medio de gobierno, el sistema de salud mexicano camina sin rumbo, critican expertos en salud pública, y no tiene brújula para encontrar el modelo danés al que Andrés Manuel López Obrador aspiró. El 3 de enero de 2019, a 34 días de haber asumido la Presidencia, se comprometió a crear “un sistema de salud como el que tienen en Canadá o en Dinamarca, de lo mejor”, dijo en Morelia. A 41 meses de aquella promesa, México no está ni cerca de lograrlo; por el contrario, se ha retrocedido en ese campo.
Quintana Roo Vota, portal creado por la cúpula empresarial estatal para que los ciudadanos conocieran a los candidatos del pasado proceso electoral, no se eliminará y servirá para seguimiento, dijo Iván Ferrat Mancera, presidente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) del Caribe, quien explicó que se creará un “semáforo” para evaluar el avance de los compromisos de campaña de la ganadora. María Elena Hermelinda Lezama Espinosa.
EN LA OPINIÓN DE:
“Cuando el descanso termina: el camino invisible hacia la depresión postvacacional”
De vuelta a la rutina: ¿Y el regreso? Un mirada a las funciones neuronales luego de las vacaciones
Conciencia Saludablemente
Por: Psicol. Alex Barrera**
Tal vez te ha pasado…
… Vuelves de vacaciones con la maleta llena de ropa sucia, fotos bonitas… y una sensación difícil de explicar en el pecho. No es tristeza pura, pero tampoco es calma. Es algo parecido a la resistencia interna de quien sabe que el descanso terminó y ahora toca regresar a la rutina.
Muchas personas viven este momento con una mezcla de nostalgia, cansancio anticipado y desmotivación. Y aunque solemos minimizarlo con frases como “es normal, ya se te pasará”, la verdad es que ese malestar tiene nombre y sentido: depresión postvacacional.
No se trata de una enfermedad formal descrita en los manuales psiquiátricos, pero sí de una experiencia emocional ampliamente documentada en la psicología. Aparece cuando pasamos de un periodo de libertad, descanso y placer a otro de exigencias, horarios y responsabilidades. Es, en pocas palabras, el choque entre dos mundos internos: el del descanso y el del deber.
Quizá por eso David Sandua en su libro “De vuelta a la rutina” pone el acento en algo fundamental: volver no es automático, es un proceso de reajuste emocional. No basta con cerrar la maleta y prender la computadora; nuestra mente necesita tiempo para adaptarse al nuevo ritmo. Cuando ese tiempo no se respeta, surgen la irritabilidad, la apatía, el cansancio crónico y esa sensación de estar “funcionando en automático”.
Y aquí vale la pena decirlo con claridad: si te sientes así, no estás fallando, estás reaccionando como lo haría cualquier ser humano frente a un cambio brusco.
La psicología nos explica que durante las vacaciones se activan con más fuerza los sistemas de recompensa del cerebro: dormimos mejor, reímos más, convivimos sin prisas. Al regresar, ese circuito se interrumpe de golpe y aparecen pensamientos como: “No quiero estar aquí”, “ya empezó lo pesado”, “otra vez lo mismo”. No son simples quejas: son señales emocionales que indican que la transición no está siendo amable contigo.
Pero el cambio no es solo conductual, se trata de una respuesta a los cambios que experimenta el cerebro de manera químico biológica, y es que, durante las vacaciones, el cerebro funciona en un modo de “descanso y recompensa”: disminuye la producción de cortisol, la hormona asociada al estrés, y aumentan neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, que favorecen el placer, la motivación y la sensación de bienestar, dormimos mejor, tenemos más control sobre nuestro tiempo y reducimos la presión de las obligaciones, además el ambiente en muchos sentidos parece mucho más tranquilo, lo que refuerza este equilibrio emocional.
Al regresar a la rutina ocurre un cambio brusco: reaparecen los horarios rígidos, las exigencias laborales o escolares y la presión por rendir. El cerebro interpreta este contraste como una amenaza, eleva nuevamente el cortisol y reduce los químicos del bienestar. Este desajuste temporal genera cansancio, irritabilidad, dificultad para concentrarse y una sensación de desánimo que muchas personas confunden con “flojera”, cuando en realidad es una respuesta biológica natural al cambio repentino de ritmo.
Algunas personas lo resienten más que otras. Quienes viven con alta autoexigencia, quienes trabajan en ambientes poco flexibles o quienes ya cargan con ansiedad o tristeza previa suelen sentir el regreso como una cuesta empinada, algunos incluso lo hacen tan de repente que se torna una caída libre. Entonces el problema no es sólo la rutina, sino la manera en que nos hablamos a nosotros mismos cuando volvemos: con dureza, con prisa, sin permiso para sentir.
Y no es algo poco común, en el día a día escucho a muchas personas decir: “Necesito vacaciones, para las vacaciones” o el típico “no me alcanzaron los días”, normalizando el asunto sin saber que este efecto puede ser dañino para su salud. La cosa es que el descanso no borra los conflictos internos, solo los pone en pausa. Y cuando regresamos, todo vuelve al mismo lugar… a veces incluso con más fuerza.
Por eso es importante hacernos conscientes de que necesitamos regresar de forma gradual y replantear la narrativa del regreso; no como un castigo, no como el fin de lo bueno, sino como un proceso que también necesita cuidado. Así como planeamos las vacaciones, podríamos aprender a planear el retorno: ajustar horarios unos días antes, dejar espacio para actividades agradables en la primera semana, no exigirnos productividad inmediata, permitirnos volver poco a poco.
Es importante de la misma forma aceptar que quizá algunos malestares están ahí desde hace tiempo y es necesario empezar a trabajar en ellos, sobre todo en este periodo vacacional que nos invita a iniciar cambios. En este punto la terapia psicológica juega un papel fundamental. No sólo cuando el malestar ya es profundo, sino también como herramienta preventiva. Un espacio terapéutico ayuda a entender qué hay detrás de esa resistencia al regreso: ¿es cansancio emocional?, ¿insatisfacción laboral?, ¿miedo a perder el equilibrio?, ¿exceso de autoexigencia?
En terapia se aprende algo que rara vez nos enseñan: volver también puede hacerse con amabilidad. Se trabajan pensamientos rígidos, se fortalecen habilidades para manejar el estrés y, sobre todo, se recupera una idea esencial: escucharte y atender tus necesidades es parte de una vida saludable, para adaptarte y tener tu máximo potencial es necesario conocer tus límites y generar estrategias que te permitan cumplir tus tareas sin que signifique vivir en constante estrés.
La depresión postvacacional no significa que seas débil ni que no agradezcas lo que tienes. Significa que tu mente está pidiendo una transición más humana. Escuchar ese mensaje puede marcar la diferencia entre vivir el regreso como una carga o transformarlo en una oportunidad para reorganizar tu vida con más conciencia.
Volver a la rutina no debería ser sinónimo de volver al desgaste. A veces, lo más sano que podemos hacer después de descansar es preguntarnos: ¿cómo quiero vivir ahora que regreso? Y si la respuesta no llega sola, pedir acompañamiento profesional no es un lujo, es una forma de cuidado.
Porque sí, el período de vacaciones termina… pero tu bienestar no tendría por qué hacerlo.
Documentos de interes:
Sanduás, D. (2023). De vuelta a la rutina. Independently Published.
**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial.
Si deseas contactar al especialista o necesitas ayuda terapéutica puedes comunicarte directamente por:
Te interesan los temas de desarrollo humano y bienestar intégrate a https://bit.ly/Kumaneko-SaludyBienestar es Gratis.
EN LA OPINIÓN DE:
El costo de un “nuevo” yo: la factura invisible de la autoexigencia
Querer cambiar puede convertirse en una carga, en este sentido los propósitos de año nuevo pueden convertirse en una trampa emocional
Conciencia Saludablemente
Psicol. Alejandra Barrera
Enero comienza cada año con un entusiasmo contagioso: gimnasios llenos, agendas nuevas, cursos promotores de “mejor versión de ti”, y tantas listas de propósitos que parecen promesas ineludibles. Sin embargo, también es la época en que la ilusión se encuentra con la realidad, y muchas de estas metas quedan resumidas en dos palabras dolorosamente familiares: frustración temprana. ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué distingue un propósito que nutre del que desgasta? Y, sobre todo, ¿qué tiene que ver la autoexigencia con nuestra salud mental?
Motivación vs. autoexigencia: una línea que se rompe con facilidad
La motivación es un motor interno que nos impulsa hacia lo que valoramos: salud, aprendizaje, relaciones más profundas, productividad con sentido. En cambio, la autoexigencia está más cerca del juicio: “tengo que hacer más”, “debo lograr esto”, “si no, fracaso”. La diferencia parece sutil, pero en términos psicológicos marca un abismo. La motivación se alimenta de propósito y esperanza; la autoexigencia se alimenta de miedo y de comparaciones.
Algunos expertos en psicología del bienestar describen una distinción entre los tipos de motivación, mencionando que mientras que la motivación autónoma (aquella que surge del interés genuino o del valor personal) se asocia con mayor persistencia y bienestar, la motivación controlada (basada en presión interna o externa) se relaciona con ansiedad, burnout y abandono de metas. La autoexigencia cae en esta última categoría: nos presionamos a cumplir estándares que muchas veces no se alinean con nuestras necesidades reales, o que realmente no son deseos propios, sino que se sostienen en el ideal que queremos alcanzar a fin de complacer a otros o en lograr el estándar socialmente aceptado.
La trampa de los propósitos rígidos
Los propósitos típicos de año nuevo suelen ser rígidos: perder peso, correr alguna cantidad de kilómetros, leer cierto número de libros, renunciar a vicios “perjudiciales”. El problema no está en las metas per se, sino en su rigidez. Las metas inmutables presuponen un camino directo y sin tropiezos, lo cual es profundamente contrario al modo en que funciona la vida humana.
Modelos contemporáneos de fijación de objetivos, como el enfoque SMART (Specific, Measurable, Achievable, Relevant, Time-bound), sugieren que los objetivos sean específicos, medibles y alcanzables, pero también relevantes y sensibles a nuestra realidad personal. Si una meta no tiene en cuenta nuestro contexto emocional, físico y social, tiene altas probabilidades de convertirse en fuente de estrés y autoevaluación negativa.
Además, investigaciones en Journal of Personality and Social Psychology muestran que las resoluciones de año nuevo tienden a fallar porque se basan en cambios de comportamiento externos sin atender el estado interno que sostiene ese comportamiento. Por ejemplo, querer comer “perfectamente” sin explorar cómo lidias con el hambre emocional es un atajo errado. Lo que cambia la conducta a largo plazo es atender las raíces (emociones, creencias, hábitos automáticos), no solo la forma.
Por qué fallan los propósitos (y cómo reconocerlo sin culpas)
- Expectativas irreales: Muchos propósitos están diseñados más para impresionar a otros o cumplir un estándar social que para nutrir nuestro bienestar.
- Falta de autoempatía: Nos decimos “si fallo, significa que soy débil”, cuando en realidad el fracaso es parte del proceso de aprendizaje.
- Rigidez cognitiva: El cerebro humano no prospera en rigideces; prospera en adaptación. Las metas que no permiten flexibilidad emocional son proclives a derrumbarse bajo estrés.
- Comparación social: Las redes (y las vidas editadas que vemos en ellas) establecen estándares imposibles que agravan la sensación de insuficiencia.
Cómo plantear objetivos emocionalmente sostenibles
Si los propósitos de enero se diseñaran desde el autocuidado, en lugar de la autoexigencia, cambiaría radicalmente su impacto en nuestra salud mental. Algunas claves para replantear la narrativa:
- Haz preguntas, no decretos: En lugar de “voy a perder 10 kilos”, pregunta “¿por qué quiero perder peso?” “¿Qué beneficio voy a tener si pierdo peso?”
- Valora el proceso, no solo el resultado: Celebra cambios pequeños y consistentes. El refuerzo positivo es más eficaz que el castigo interno. Recuerda tus conductas negativas se crearon después de muchas repeticiones, por lo tanto quitarlas requiere el mismo tiempo, ten paciencia contigo mismo.
- Ajusta tus metas a tu realidad emocional: Si estás en un momento de estrés, quizás priorizar descanso, conexión o límites sea más saludable que embarcarte en objetivos exigentes, recuerda que el estrés no es un buen aliado para lograr objetivos por el contrario puede provocar retrocesos en tu proceso, si te exiges demasiado los resultados probablemente no serán lo que esperas, no porque no lo estés haciendo bien, sino porque estas presionando demasiado.
- Planea con flexibilidad: En vez de metas únicas y rígidas, establece marcos de intención: “quiero mejorar mi salud este año” después establece objetivos, medibles y alcanzables, ve de lo menos a lo más y se realista.
Estas recomendaciones no son una panacea mágica. Transformar comportamientos arraigados exige tiempo, paciencia y, sobre todo, gentileza interna. Y ahí es donde la salud mental y el autocuidado se encuentran. Si necesitas ayuda no dudes en pedírsela a especialistas de cada área, a veces es importante tener el acompañamiento adecuado para aprender a regular y encontrar los puntos que no estamos viendo, en la vista de alguien que nos lo hará saber de manera profesional y neutral.
Replantear la narrativa del “nuevo yo” desde el autocuidado
La narrativa imperante del “nuevo yo” suele prometer una versión más productiva, más delgada, más eficiente, más… Más de lo que quizás necesitas en este momento. El costo de esa narrativa suele pagarse con angustia, autoevaluación negativa y una relación deteriorada con nosotros mismos.
La psicología contemporánea nos ofrece una visión alternativa: el cambio duradero no ocurre desde la crítica implacable hacia uno mismo, sino desde la comprensión puntual de cómo funcionamos. Los enfoques basados en terapia de aceptación y compromiso (ACT) y la terapia cognitivo-conductual (TCC) han demostrado que trabajar con la flexibilidad psicológica, la aceptación emocional y la reorientación de valores personales es más efectivo y sostenible que perseguir estándares autoexigentes.
Por ejemplo, la ACT propone que la rigidez (aferrarse a metas fijas sin adaptación) genera sufrimiento, mientras que la apertura y la acción comprometida con los valores personales brinda una dirección significativa incluso en presencia de dificultad. En otras palabras, cambiar tu vida no tiene que parecer una batalla; puede parecer una construcción paciente y consciente.
En conclusión, los propósitos de año nuevo no están destinados a colapsar bajo el peso de la autoexigencia. Pueden ser una invitación a conocerte mejor, a descubrir qué te nutre y qué te agota, y a construir hábitos que se sostengan en tu bienestar emocional. La diferencia entre una meta que abruma y una intención que ilumina no es menor: radica en si la planteas desde la autoexigencia o desde el autocuidado. Este año, en lugar de prometerte un “nuevo yo”, pregúntate: ¿qué versión de ti merece apoyo, paciencia y compasión? A veces, eso es más revolucionario que cualquier resolución de enero.
**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial.
Si deseas contactar al especialista o necesitas ayuda terapéutica puedes comunicarte vía Whats App
Te interesan los temas de desarrollo humano y bienestar intégrate a https://bit.ly/Kumaneko-SaludyBienestar es Gratis.
Para saber más en relación al tema puede revisar ls siguientes documentos.
Beck, J. S. (2011). Cognitive behavior therapy: Basics and beyond (2ª ed.). Guilford Press.
Doran, G. T. (1981). There’s a S.M.A.R.T. way to write management’s goals and objectives. Management Review, 70(11), 35–36.
Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (1999). Acceptance and commitment therapy: An experiential approach to behavior change. Guilford Press.
Norcross, J. C., Mrykalo, M. S., & Blagys, M. D. (2002). Auld Lang Syne: Success predictors, change processes, and self-reported outcomes of New Year’s resolvers and nonresolvers. Journal of Clinical Psychology, 58(4), 397–405.
Ryan, R. M., & Deci, E. L. (2000). Self-determination theory and the facilitation of intrinsic motivation, social development, and well-being. American Psychologist, 55(1), 68–78.
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