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Con más y mejores obras y programas sociales, en Quintana Roo avanzamos hacia la inclusión: Carlos Joaquín
TULUM, 22 DE DICIEMBRE.- En coordinación con el Sistema DIF Quintana Roo, presidido por Gaby Rejón de Joaquín, en Quintana Roo avanzamos en materia de inclusión, afirmó el gobernador Carlos Joaquín.
Carlos Joaquín explicó que este 2019 se trabajó por un estado con más y mejores oportunidades de vida para las personas con discapacidad, labor que se reforzará en 2020.
Como ejemplo de las acciones realizadas recordó el recién inaugurado Centro de Autismo, en Chetumal, el primero de su tipo a cargo del Gobierno del Estado, donde se tiene capacidad para atender a 30 infantes.
Este espacio se divide en dos: la parte de diagnóstico y tratamiento, que se ubica en el edificio del Centro de Rehabilitación Integral de Quintana Roo; y el Centro de Habilidades para la Vida Diaria, que se encuentra en las instalaciones del Programa de Atención a Menores en Riesgo (PAMAR).
“Con este tipo de centros, la niñez y la juventud pueden integrarse con mayor facilidad a la sociedad”, enfatizó Carlos Joaquín.
Asimismo, se inauguraron en Tulum una playa inclusiva, guías podotáctiles, semáforos auditivos y bocinas en semáforos peatonales en la avenida principal, lo que convierte a este lugar en la primera ciudad inclusiva del estado, que cuenta con todos estos elementos, en beneficio de las personas con discapacidad.
“Iniciamos en Tulum un proyecto de movilidad, un modelo piloto de ciudad incluyente, que es hacia donde debemos de ir. También se abrió una playa pública inclusiva como las que ya hay en Benito Juárez y Solidaridad, en la búsqueda de lograr una disminución en las desigualdades”, mencionó el gobernador en la inauguración.
En noviembre, en Chetumal, se instaló en el edifico central del DIF, una plataforma salvaescaleras con la que las personas mayores o con alguna discapacidad pueden acceder a la planta alta de estas oficinas.
Además, se realizaron adecuaciones en los baños y se colocaron guías podotáctiles, convirtiendo estas instalaciones en un espacio totalmente incluyente.
La presidenta del DIF añadió que en este 2019, y tras aproximadamente una década de abandono, se inauguraron las obras de rehabilitación del Centro Deportivo y Cultural del DIF Quintana Roo, en Chetumal.
En este espacio, se imparten disciplinas deportivas y talleres para niños, niñas y jóvenes, explicó Gaby Rejón de Joaquín.
De igual manera, dijo, para que las personas con discapacidad se integren a la dinámica social y económica del estado, se entregaron 13 vehículos de transporte especializado.
Cuatro vehículos fueron para el DIF Benito Juárez, cuatro para el de Solidaridad, uno para el de Puerto Morelos, uno para Tulum y tres más para el Centro de Rehabilitación Integral de Quintana Roo (CRIQ).
“Estas unidades serán muy útiles para el transporte de quien más lo necesita, con medidas de seguridad, para que se transporten de un lugar a otro, de la casa al trabajo, de la casa a la escuela, de la casa a cualquier otro lugar al que se necesite ir”, dijo la presidenta del DIF Quintana Roo.
Otra de las acciones realizadas por el DIF Quintana Roo, es la inauguración del Parque Villas Otoch Paraíso, en Cancún, que beneficia a más de 28 mil habitantes de la zona y que dio solución a una de las necesidades sociales del lugar; y el parque integral “La Selva”, en Cozumel, que estuvo en el abandono total por mucho tiempo y al cual se estima asistan más de dos mil 500 niñas y niños con discapacidad y más de 20 mil 500 usuarios potenciales.
A estas obras se suma el programa de la unidad móvil “Tómatelo a Pecho: Prevenir es Vivir”, que ofreció miles de servicios de salud durante su recorrido por los 11 municipios del estado, así como la Primera Jornada de Cirugías con Procedimiento Ulzibat, con la que se benefició a 42 pacientes con espasticidad, quienes fueron intervenidos con una técnica rusa de alrededor de 15 minutos de duración y ello mejoró su calidad de vida.
EN LA OPINIÓN DE:
Educar sin quebrar: cuando la exigencia inhibe la motivación
La exigencia constante, disfrazada de éxito, impone un precio invisible afectando a niñas, niños y jóvenes
Conciencia Saludablemente
Por: Psicol.Alex Barrera**
En muchos hogares, la jornada escolar no termina cuando suena el timbre de salida. Continúa en la mesa, en la mochila revisada con prisa, en la pregunta que se repite casi de forma automática: “¿Cómo te fue?”, pregunta que a veces toma un tono inquisitivo en lugar de una ventana al diálogo, porque si, en este país el desempeño académico se convierte en medida de valor, esfuerzo y, en ocasiones, de afecto. Así, la escuela deja de ser sólo un espacio de aprendizaje y pasa a ser un escenario donde la motivación convive peligrosamente con el estrés.
En el ámbito educativo, la motivación ha sido entendida tradicionalmente como el motor del rendimiento. Sin embargo, cuando esta motivación se construye desde la exigencia constante y no desde el apoyo, puede transformarse en una fuente sostenida de presión emocional. Muchos estudiantes crecen escuchando narrativas parentales centradas en el “deber ser”: mejores calificaciones, mayor productividad, menos errores. Y aquí a tan corta edad inicia la búsqueda incesante por la aprobación externa y los estándares a cumplir que después nos convierten en adultos disfuncionales, repitiendo una y otra vez el ejercicio que nuestro cerebro aprende durante años bajo el mensaje implícito de que el reconocimiento llega cuando cumples, no cuando lo intentas.
Este tipo de discurso, aunque a menudo nace del deseo genuino de que los hijos “tengan un mejor futuro”, puede tener consecuencias profundas en la salud mental. Diversos estudios han señalado que la presión académica elevada se asocia con mayores niveles de ansiedad, síntomas depresivos y agotamiento emocional en estudiantes de todos los niveles. Cuando el error se vive como fracaso y no como parte del aprendizaje, el miedo reemplaza a la curiosidad.
La narrativa de exigencia también afecta la forma en que los jóvenes construyen su autoestima. Si el valor personal se ancla exclusivamente al desempeño académico, cualquier tropiezo se percibe como una amenaza a la identidad. Esto resulta especialmente delicado en etapas de desarrollo donde la validación externa tiene un peso significativo. La motivación deja de ser intrínseca, es decir basada en el interés y el disfrute, y se vuelve una respuesta defensiva ante la expectativa ajena. “Solo soy bueno cuando cumplo lo que tú quieres y entonces quién valida mis emociones?”
Esta dinámica no solo afecta a los estudiantes; impacta a toda la familia. La tensión constante por cumplir metas educativas puede erosionar relaciones, aumentar los conflictos familiares y disminuir la satisfacción general con la vida escolar. El estrés académico y la ansiedad vinculada a las expectativas parentales pueden convertirse en repetidas fuentes de malestar que se arrastran durante años, incluso más allá de la etapa escolar y que incluso afecta la salud de los niños y jóvenes pues el estrés provoca la pérdida de sueño, apetito e incluso despierta en los estudiantes otros tipos de trastornos como pueden ser ansiedad o alimenticios.
Lo que como padres puede parecer lo correcto se convierte en el malestar de los adultos y es que, no es poco común observar que jóvenes con promedios sobresalientes durante su vida escolar enfrenten dificultades de adaptación en la adultez. Esto ocurre porque los sistemas de validación académica —claros, estructurados y predecibles— difieren considerablemente de los del ámbito laboral, donde el reconocimiento no siempre es inmediato ni está ligado a calificaciones visibles. Cuando una persona ha aprendido a medir su valor a través de resultados cuantificables, puede experimentar frustración, inseguridad o desorientación al enfrentarse a entornos donde el éxito depende de habilidades relacionales, tolerancia a la incertidumbre y gestión emocional, competencias que rara vez se enseñan explícitamente en la escuela, pero que se desarrollan con el acompañamiento positivo durante la edad académica, sobre todo durante la adolescencia cuando los jóvenes están aprendiendo sobre las emociones complejas.
Por ello como padres, tutores y educadores, debemos considerar que en lugar de asumir las calificaciones como un veredicto que habilita el regaño o la comparación, es necesario mirarlas como una herramienta de lectura del proceso del estudiante. Una calificación no sólo habla de un resultado, sino de áreas que pueden fortalecerse, habilidades que aún están en construcción y necesidades emocionales que requieren atención. Cuando los padres utilizan el desempeño escolar como punto de partida para dialogar, comprender y acompañar —y no como un instrumento de presión— se abre la posibilidad de construir vínculos de apoyo más sólidos, donde el error deja de ser una amenaza y se convierte en una oportunidad de aprendizaje compartido.
La parentalidad consciente en el ámbito educativo implica revisar el lenguaje que utilizamos. Preguntas como “¿qué aprendiste?”, “¿qué se te dificultó?” o “¿cómo puedo ayudarte?” cambian radicalmente la experiencia emocional del estudiante. Autores como Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson en su libro El cerebro del niño / The Whole-Brain Child: 12 estrategias revolucionarias para cultivar la mente en desarrollo de tu hijo, señalan que el acompañamiento empático favorece el desarrollo de la autorregulación emocional y fortalece la resiliencia, elementos clave para una salud mental sólida.
Esto no significa eliminar los límites ni abandonar las expectativas, sino transformarlas. La diferencia entre exigir y acompañar radica en el mensaje subyacente: mientras la exigencia suele decir “vales si cumples”, el acompañamiento comunica “vales, y por eso te ayudo a crecer”. Esta distinción es fundamental para que la motivación no se construya desde el miedo, sino desde el sentido y la confianza.
Por ello hay que recordar que un joven cuyo acompañamiento se centra en el apoyo y comprensión y no en la exigencia, guarda el mensaje interno de valía personal independiente del logro. Esto favorece adultos con mayor seguridad emocional, capaces de establecer relaciones más sanas, empáticas y colaborativas. En lugar de buscar aprobación constante o temer al error, quienes crecieron con acompañamiento suelen desarrollar confianza para aprender, adaptarse y vincularse desde el respeto mutuo. La exigencia, en cambio, tiende a reproducirse en relaciones adultas marcadas por la autoevaluación constante y la dificultad para sentirse suficiente. Acompañar no elimina los retos ni las metas, pero los sitúa en un marco de apoyo que enseña que el crecimiento es un proceso compartido, no una prueba de valor personal.
En un contexto educativo cada vez más demandante, cuidar la salud mental de estudiantes y familias no es un lujo, sino una necesidad. Cambiar la narrativa parental —de la presión al apoyo— no sólo reduce el estrés, sino que prepara a los jóvenes para enfrentar la vida con mayor equilibrio emocional. Al final, educar no es formar expedientes perfectos, y la escuela no debe ser una competencia exhaustiva por satisfacer las demandas externas, es el lugar donde se debe formar personas capaces de sostenerse a sí mismas más allá de cualquier calificación.
**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial.
Si deseas contactar al especialista o necesitas ayuda terapéutica puedes comunicarte vía Whats App
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EN LA OPINIÓN DE:
DESDE MI RECLUSION (QUINTA Y ULTIMA PARTE)
“MEMORIAS DE UN EMPRESARIO”
POR: EL VIEJO
* Sin remedio, rematé mi empresa; mi peor deuda, con Hacienda
* La Ley superó a la justicia; nunca intenté huir; acepto mis errores
El 2011 fue un año fatídico. El Viejo no tuvo más remedio que rematar su empresa, tras aceptar una oferta desventajosa de uno de sus competidores. La venta de sus activos, no alcanzó ni para cubrir los adeudos con Hacienda, proveedores y créditos bancarios. Pese a todo, la consigna siempre fue: “primero los trabajadores”. Sumido en la melancolía y depresión el empresario, ahora en reclusión, vio derrumbarse ante sí el esfuerzo de 15 años que poco a poco fueron minando los abusos de colaboradores deshonestos, el huracán Wilma y la Pandemia de Gripe A-H1N1.
Para el 2011 y prácticamente con todas las puertas cerradas para conseguir recursos, salvar a mi empresa y con ella la fuente de empleos para al menos 35 familia, no me quedó más remedio que aceptar la “oferta” de una empresa competidora para adquirir los activos, representados por los contratos de mantenimiento, lo más valioso con lo que contábamos. También nos ofrecieron contratar parte del personal. Sabía que con esta operación el esfuerzo de 15 años se volvería nada, debido a que la cantidad pactada no alcanzaría ni para cumplir con los compromisos más apremiantes.
Consideramos que era la mejor alternativa para afectar lo menos posible a los trabajadores. Algunos conservarían sus empleos, mientras que al resto los pudimos liquidar y tuvieron la oportunidad de encontrar otras opciones para su progreso personal y familiar. Para entonces y ante la urgencia de cerrar la venta, pensamos que era la mejor alternativa. Nos encontrábamos ante una situación sumamente crítica por los problemas administrativos que veníamos arrastrando desde hacía varios años. No había más remedio…
Así fue que con mucho dolor decidimos aceptar la “oferta”. Como parte de la operación de venta se procedió a realizar el análisis detallado del estado de la empresa y, aunque esperábamos lo peor, el resultado fue aterrador, pues la situación era más crítica de lo pensábamos. Este fue un duro golpe que vino a sumarse a los muchos años de pesadilla que vivíamos desde que descubrimos el desfalco. Hasta entonces tomé conciencia real del gran error en el que incurrí por haber confiado en terceras personas, la administración de mi empresa.
Se cerró la negociación por un monto de poco más de nueve millones de pesos. Con ese dinero decidimos pagar una parte de los impuestos por casi un millón de pesos a la Secretaría de Hacienda. Teníamos mucha presión, porque nos amenazaban con embargar las cuentas; la siguiente acción fue liquidar un crédito bancario y posteriormente cubrir la liquidación de los empleados que no fueron contratados, una cantidad cercana a los cuatro millones de pesos. De igual forma, hicimos pagos a proveedores, entre otros.
Así terminaron 15 años de esfuerzo que tuve que aceptar con gran dolor y depresión incontrolable, arrepentido y cargado de decepción y lamentaciones. Pero eso no fue lo peor, la deuda con Hacienda me llevó a perder mi libertad después de casi 15 años de esa pesadilla interminable.
Quiero decirle estimado lector que nunca he huido de mis responsabilidades. Soy residente de Cancún desde hace 38 años, donde he vivido permanentemente. Solo he salido de este municipio para tomar varios cursos en Estados Unidos. De igual forma, asistí en el 2002, al Mundial de Fútbol en Corea del Sur y Japón, premiado por una empresa transnacional de equipos de telecomunicación por ser buen distribuidor de sus productos.
Desde el cierre de mi empresa en 2011 me he dedicado a dar asesorías técnicas y cumplir con mis labores de padre de familia. He caminado libremente las calles de Cancún, incluso jugado tenis con personajes importantes de la comunidad. Desde hace varios años colaboro en la elaboración de videos con temáticas de información general y periodismo cultural, donde nunca he ocultado mi nombre. Actualmente vivo de mi modesta pensión y programas de bienestar.
Tengo que reconocer que debí tomar acciones para cerrar adecuadamente la empresa. Entre la depresión y la falta de dinero no lo hice y es por ello que estoy pagando un alto precio. Tarde me encontré con una persona experta en estos temas que me comenta que todo esto se pudo evitar; sin embargo, me topé con personas cuyo mayor interés fue sacar su provecho personal. Ahora solo me resta esperar que la justicia triunfe sobre la Ley.
Sin embargo, tengo la satisfacción de haber dado empleo y capacitado a un gran número de jóvenes, entre ingenieros y técnicos, egresados de las universidades y tecnológicos locales, así como a vendedores con especialidad en telecomunicaciones. Fueron acogidos y capacitados, con mucha paciencia, gracias a lo cual dieron excelentes resultados. Mi objetivo siempre fue: primero los trabajadores, razón por la cual siempre obtuvimos en reciprocidad excelentes resultados. Tengo que decirlo, en cuanto a servicio técnico y mejores soluciones tecnológicas, no hay duda, fuimos los mejores, pero administrativamente, me rodeé de lo peor. Claro con sus honrosas excepciones.
Gracias por leerme amable lector. Desde mi estancia en el Cereso de Cancún.
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