Fé & Religión
DICHOSO EL PUEBLO ESCOGIDO POR DIOS
Sabiduría 18, 6-9
La noche de la liberación les fue preanunciada a nuestros antepasados, para que, sabiendo con certeza en qué promesas creían, tuvieran buen ánimo.
Tu pueblo esperaba la salvación de los justos y la perdición de los enemigos, pues con lo que castigaste a los adversarios, nos glorificaste a nosotros, llamándonos a ti.
Los piadosos hijos de los justos ofrecían sacrificios en secreto y establecieron unánimes esta ley divina:
que los fieles compartirían los mismos bienes y peligros, después de haber cantado las alabanzas de los antepasados.

Salmo 32, 1 y 12. 18-19. 20 y 22
Dichoso el pueblo a quien Dios escogió como heredad.
Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad.
Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.
Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

Hebreos 11, 1-2. 8-19
Hermanos:
La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve.
Por ella son recordados los antiguos.
Por la fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba.
Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas, y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo “vigor para concebir” cuando ya le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía.
Y así, de un hombre, marcado ya por la muerte, nacieron hijos numerosos, como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas.
Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra.
Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver.
Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo.
Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad.
Por la fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac: ofreció a su hijo único, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «Isaac continuará tu descendencia».
Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar de entre los muertos, de donde en cierto sentido recobró a Isaac.

Lucas 12, 32-48
Dijo Jesús a sus discípulos:
«No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.
Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo.
Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».
Pedro le dijo:
«Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».
Y el Señor dijo:
«¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas?
Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos.
Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».

Memoria de la pascua liberadora.
La lectura de este día quiere describir la noche de salvación para Israel, la noche pascual, que se ha convertido en el paradigma nostálgico de un pueblo que siempre ha recurrido a su Dios para que lo liberara de todas las esclavitudes; que anhela salvación y que encuentra en el Dios comprometido con la historia la razón de ser de su identidad. Es, probablemente, un texto cultual, es decir, nacido en la liturgia. El c. 18 de este libro escrito en griego, para la comunidad judía de Egipto, es una memoria litúrgica de la noche pascual, de la noche de la libertad y de la noche de la luz. Nada hay tan celebrado en Israel como la noche pascual.
“Memoria” es mirar al pasado. Pero es más que eso, es tener presente que Dios siempre puede encender la luz de la salvación para su pueblo en cualquier momento que lo necesite. Se hace memoria para actualizar y para “sentir” la misma presencia liberadora de Dios, porque el pueblo, la comunidad, las personas siempre pueden estar amenazadas de esclavitud. Sólo en Dios es posible poner la esperanza, porque en sus manos está la luz.
La fe, por encima de la muerte.
Hoy, la segunda lectura, tomada de Hebreos 11, llena de contenido esta parte de la celebración, con su visión práctica de la fe evocada a la luz de las grandes figuras de la “historia de la salvación” y de todos aquellos que, por amor de lo que esperaban y de las realidades invisibles, renunciaron a los honores terrenos. Se dice que con este capítulo, el autor de la carta a los Hebreos, que no es San Pablo desde luego, sino un maestro desconocido, compuso este sermón para mover a la fe a la comunidad, al igual que los padres del pueblo, pero ahora con la esperanza que procura Jesús y su obra. Él es el ejemplo de nuestra fe en Dios y de nuestra entrega a los hombres al comprender todas las flaquezas. Por esto es Sumo Sacerdote, porque siendo Dios, superior a los ángeles, a Moisés y a Aarón ,comprendió más que nadie los pecados de los hombres.

En nuestra peregrinación hacia Dios, en la tipología hacia el santuario celeste, tenemos un mediador y una seguridad que no tuvieron los padres del pueblo: al mismo Jesús. Por eso, creer, según lo que se propone en Hebreos 11, no es mirar al pasado, ni conservarlo, sino avanzar hacia el futuro. Quiere decir que debemos estar en camino, que no hay puntos muertos en la historia de la salvación. Como es lógico, la lectura de hoy solamente toma algunos aspectos de ese capítulo, y se debe leer el mismo en su totalidad. La figura de Abrahán, el padre del pueblo al que se le pidió todo, es el ejemplo. Si fuéramos realistas diríamos que Dios no pide la muerte de un hijo, el de las promesas. Eso es un “género simbólico” para decir que todo está en manos de Dios. Pero precisamente es en las manos de Dios donde está la resurrección, y ésa es la gran cuestión de la fe en Dios y una de las afirmaciones de más alcance de este texto de la carta a los Hebreos.
La sabiduría de la vigilancia.
El evangelio de Lucas nos ofrece aquí una serie de elementos que están en el Sermón de la Montaña, en Mateo, y un conjunto de parábolas (los criados que esperan a que su amo vuelva de unas bodas, el amo que vigila su casa por si llega un ladrón, y el administrador fiel al que se le ha confiado repartir el trigo) sobre la vigilancia y la fidelidad al Señor. La exhortación primera, que concluye con el dicho “donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón”, es toda una llamada a la comunidad sobre el comportamiento en este mundo con respecto a las riquezas. Lucas es un evangelista que cuida, más que ningún otro, este aspecto tan determinante de la vida social y económica, porque escribía en una ciudad (Éfeso o Corinto) donde los cristianos debían tomar postura frente a la injusticia y la división de clases.

El dicho del tesoro y el corazón es un dicho popular que encierra mucha sabiduría de siglos. Pero es propio de estos dichos (el llamado “Evangelio Q” como algunos lo llaman actualmente) poner de manifiesto la radicalidad sapiencial y escatológica que se vivió en aquellos momentos. Si bien es verdad que el rigor apocalíptico ya no es determinante, sí lo es el sentido que mantienen estas palabras. Vigilar, ahora, ya no es estar preocupados por el fin del mundo, sino estar preocupados por no poner nuestro corazón en los poderes y las riquezas. Son dichos para comprometerse en nuestro mundo, aunque sin perder la perspectiva del mundo futuro.
Lucas sitúa esto en el programa de buscar el Reino de Dios, pidiendo y exigiendo al cristiano no desear las mismas cosas que desean y tienen los poderosos de este mundo. El Reino exige otros comportamientos. Así, pues, las parábolas sobre la vigilancia y la fidelidad vienen a ser como el comentario a esa actitud. Es una llamada a la responsabilidad en todos los órdenes, pero especialmente la responsabilidad de saberse en la línea de que la vida tiene una dimensión espiritual, trascendente, sabiendo que hay que ponerse en las manos de Dios. Eso no es una huida de lo que hay que hacer en este mundo; pero, por otra parte, tampoco ignorando que nos espera Alguien que un día se ceñirá para servirnos si le hemos sido fieles. Ése de quien habla Jesús en la parábola, es Dios. Nosotros, mientras, administramos, trabajamos, ayudamos a los más pobres y necesitados, como una responsabilidad muy importante que se nos ha otorgado.
Lucas 12, 32-48
«También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre»
El Evangelio nos recuerda y nos exige que estemos en actitud de vigilia «porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Lc 12,40). Hay que vigilar siempre, debemos vivir en tensión, “desinstalados”, somos peregrinos en un mundo que pasa, nuestra verdadera patria la tenemos en el cielo. Hacia allí se dirige nuestra vida; queramos o no, nuestra existencia terrenal es proyecto de cara al encuentro definitivo con el Señor, y en este encuentro «a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más» (Lc 12,48). ¿No es, acaso, éste el momento culminante de nuestra vida? ¡Vivamos la vida de manera inteligente, démonos cuenta de cuál es el verdadero tesoro! No vayamos tras los tesoros de este mundo, como tanta gente hace. ¡No tengamos su mentalidad!
Según la mentalidad del mundo: ¡tanto tienes, tanto vales! Las personas son valoradas por el dinero que poseen, por su clase y categoría social, por su prestigio, por su poder. ¡Todo eso, a los ojos de Dios, no vale nada! Supón que hoy te descubren una enfermedad incurable, y que te dan como máximo un mes de vida,… ¿qué harás con tu dinero?, ¿de qué te servirán tu poder, tu prestigio, tu clase social? ¡No te servirá para nada! ¿Te das cuenta de que todo eso que el mundo tanto valora, en el momento de la verdad, no vale nada? Y, entonces, echas una mirada hacia atrás, a tu entorno, y los valores cambian totalmente: la relación con las personas que te rodean, el amor, aquella mirada de paz y de comprensión, pasan a ser verdaderos valores, auténticos tesoros que tú —tras los dioses de este mundo— siempre habías menospreciado.
¡Ten la inteligencia evangélica para discernir cuál es el verdadero tesoro! Que las riquezas de tu corazón no sean los dioses de este mundo, sino el amor, la verdadera paz, la sabiduría y todos los dones que Dios concede a sus hijos predilectos.
«Cada uno de nosotros debe prepararse para el final: el último día no traerá perjuicio alguno para todo aquel que viva cada día como si fuera el último: vive de manera que puedas morir tranquilo, porque el que muere cada día no muere para siempre» (San Agustín)
«La somnolencia de los discípulos sigue siendo a lo largo de los siglos una ocasión favorable para el poder del mal. Esta somnolencia es un embotamiento del alma, que no se deja inquietar por toda la injusticia y el sufrimiento que devastan la tierra» (Benedicto XVI)
«Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al ‘hoy’» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.730)
EL SEÑOR LES DA LA PAZ

Fé & Religión
LA TRANSFIGURACION DEL SEÑOR
Génesis 12, 1-4a
El Señor dijo a Abrán:
«Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.
Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».
Abrán marchó, como le había dicho el Señor.
Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.
Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme, en los que esperan su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.
Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
2 Timoteo 1, 8b-10
Querido hermano:
Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.
Mateo 17, 1-9
Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
La confianza en Dios, base de la religión.
El relato de la vocación de Abrahán abre las lecturas de este segundo domingo de cuaresma. Es un relato que viene a manifestar la promesa de Dios que nunca abandonará a la humanidad. En Gn 1-11 se ha repasado, sucintamente, con alardes literarios y casi míticos, el misterio de la humanidad en general, que poco a poco ha querido emprender un camino independiente del Creador. Si debemos reconocer que lo allí descrito no puede ser “historia pura”, la verdad de todo está en llegar a la situación en la que es necesaria de nuevo la mano de Dios para poner su obra creadora en armonía con su proyecto de salvación. Es por eso que Gn 12 es tan importante desde el punto de vista de la “historia de la salvación”. Dios siempre encuentra hombres o grupos para que su obra pueda seguir teniendo esa categoría creacional buena.
Ya en esos capítulos anteriores se ponía de manifiesto, puntualmente, el proyecto salvífico de Dios, que nunca podía guardar silencio ante las acciones de los hombres; pero quizás las cosas se presentan allí con una cierta mentalidad pesimista. Ahora ese proyecto salvífico del Creador se va a hacer muy concreto con el “padre de los creyentes”, con Abrahán. Este personaje, al que se hace originario de la cuenca de los dos ríos de Mesopotamia, de Caldea, donde existía una cultura muy antigua, se le pide abandonar la tierra, los lazos de siempre, porque Dios quiere comenzar algo nuevo en un sitio menos deslumbrante ¡no olvidemos este detalle!. De entre aquellos nombres oscuros y sin grandeza enumerados en las páginas precedentes del Génesis, surge Abrahán y con él se pone de manifiesto la virtud del creyente que se fía rotundamente de Dios y que busca una luz nueva.
La carta a los Hebreos (11, 8-10) describe profundamente ese momento: se fue a una tierra extraña, sin saber adónde iba. Pero Dios no falla nunca; pide, pero siempre responde. Abrahán debe dejar detrás la cultura de los ziggurat, la grandiosidad de los dioses mesopotámicos que no han llenado, a pesar de todo, la vida de los hombres. Atrás queda Babel, los intereses de los pueblos y ciudades, sus confusiones y orgullos…, porque Dios, un Dios con corazón, le quiere brindar a él, y con él a la humanidad, una vida con más sentido. Babilonia es la encarnación de todas las potencias políticas que han hecho derramar sangre y lágrimas a la humanidad. Dios, el Dios creador, no quiere eso para la humanidad… y Abrahán emprenderá, según nuestro relato, el camino de la fe, de la confianza (emunah) absoluta en Dios. Comienza así, idílicamente si queremos, una nueva manera de entender la religión como experiencia de confianza en Dios creador y salvador. Esta es la clave de la fe de Israel. Los dioses babilónicos serían “muy cultos”, pero nunca quisieron la confianza de los hombres, sino el someterlos.
La pasión del evangelio como salvación.
El autor de este texto epistolar, presuntamente Pablo, recomienda a su discípulo Timoteo que se haga cargo de la misión y vocación que ha recibido de parte de Dios: anunciar el evangelio. Es un texto hermoso, de un buen discípulo de Pablo si es que aceptamos, como máxima probabilidad, que Pablo no lo escribiera. La mímesis o adaptación al pensamiento paulino es encomiable. Conceptos como testimonio (martyrion), fuerza de Dios (dynamis theou), el verbo salvar y llamar (sôsantos… kai kalésatos), obras frente a gracia (erga-charis). Todo esto tiene como objetivo final destruir la muerte (thánatos) y ofrecernos la inmortalidad (aphtharsía) por medio del evangelio. Muchas cosas son de Pablo, otras suponen una evolución de su pensamiento. Pero las afirmaciones, todas, son un buen ejemplo del kerygma cristiano, de aquello que se debe proclamar al mundo.
Es la tarea más arriesgada de un hombre comprometido con una comunidad. Por ello, anunciar el evangelio no es relatar cosas o doctrinas carentes de sentido. Al contrario, como buena noticia que es, y como los hombres necesitan estas buenas noticias para vivir, se debe poner de manifiesto que Dios nos ha salvado. Eso, independientemente de nosotros; porque el plan de Dios, como se expresa el autor de Timoteo, es un proyecto de gracia. Y ese plan tiene un nombre concreto, una historia que puede conocer toda la humanidad; se trata de Jesús de Nazaret, el Mesías cristiano, quien ha venido para destruir la muerte, el pecado, el odio… y para darnos una esperanza nueva. El cristianismo se fundamenta en esto, y como Abrahán debemos poner en ello toda nuestra “confianza”, porque tenemos, además, la garantía de Cristo.
La Transfiguración, la transformación de lo divino en lo humano.
Todos los años, en el segundo domingo de cuaresma, leemos el relato de la transfiguración. Corresponde, pues, en este domingo leer el texto de Mateo. Los pormenores del este relato mateano no nos alejaría mucho de su fuente, que es Marcos (9, 2ss). Lucas (9, 28ss) sí se ha permitido una autonomía más personal (como la oración, por dos veces, que es tan importante en el tercer evangelista y otros pormenores, como cuando Moisés y Elías hablan de su “éxodo”). Para el evangelista Marcos es el momento de emprender el viaje a Jerusalén y este es el punto de partida; Lucas ha querido adelantar la Transfiguración antes de emprender de una forma decisiva el “viaje” (9, 51ss). Por tanto, Mateo es el más dependiente de Marcos a todos los efectos literarios. Deberíamos pensar que una experiencia muy intensa vivida por Jesús con algunos de sus discípulos, ha marcado la tradición de esta narración.

El hecho de que esté en este momento, tras la predicación de Jesús en Galilea y ya a las puertas de emprender el viaje definitivo a Jerusalén, resulta elocuente. No podemos negar que esta narración está concebida con el tono apocalíptico y con el lenguaje veterotestamentario pertinentes. Las dos columnas del AT, Moisés y Elías son testigos privilegiados de esta “experiencia”, en el monte (que nosotros lo conocemos como el Tabor, pero que no está identificado en el texto, y no es necesario). Porque el “monte” en cuestión es un símbolo, un lugar sagrado, un templo, el cielo… Precisamente esos dos personajes del AT tuvieron con Dios su experiencia en el monte, el Sinaí o el Horeb que es lo mismo. Por tanto, ya podemos llegar a percibir unas claves concretas de lectura a partir de estas semejanzas con los personajes mencionados. Por una parte están esos personajes para ser testigos de la “intimidad” de Jesús, el Hijo de Dios, pero en su necesidad más humana… Jesús, no es un impostor que habla del Reino a los hombres sin autoridad. Moisés y Elías testifican que no es así… si “conversan” con él es porque ellos le conceden a Jesús el “testigo” definitivo de la revelación. Pero este no es solamente un nuevo Moisés o un nuevo Elías… es el Hijo, como hace notar la voz celeste: escuchadlo!
Independientemente de la fisonomía literaria y teológica del relato, con las cartas marcadas por la cristología que respira la narración, nos preguntamos: ¿Qué significa la transfiguración? La transformación luminosa de Jesús delante de sus discípulos, ya camino de Jerusalén y de la pasión, es como un respiro que se concede Jesús para ponerse en comunicación con lo más profundo de su ser y de su obediencia a Dios. Jesús lee, digamos, su propia historia a la luz de su obediencia a Dios con objeto de llevar adelante ese plan de salvación para todos los hombres. Jesús no sube al monte de la transfiguración siendo el Hijo de Dios de la alta cristología, sino el hombre-profeta de Galilea que pregunta a Dios si el camino que ha emprendido se cumplirá. Por eso Lucas pone tanto interés en la oración, porque estas cosas se preguntan y se viven en la oración. Y las respuestas de Dios se escuchan también en la experiencia de la oración. De esa manera, los dos personajes que se presentan acompañando a la nube divina, Moisés y Elías, representantes cualificados del Antiguo Testamento, indican que ahora es Jesús quien revela a Dios y a su mundo. Los discípulos le acompañan, pero no pueden percibir más que una especie de sosiego que les lleva a pedir y desear “plantarse” allí, construir tiendas en lo alto del monte.
Pero los hombres están abajo, en la tierra, en la historia, y se les invita a bajar, como una especie de vocación; deben acompañar a Jesús, recorrer con él el camino de Jerusalén, porque un día ellos deben anunciar la salvación a todos los hombres. Jesús decide bajar de ese monte y pide a los suyos que le acompañen. Viene de “arriba” con la confianza absoluta de que su Dios lo ama… y ama a los hombres. Pero en Jerusalén no le otorgarán la autoridad que ahora le han concedido Moisés y Elías. También un día Moisés tuvo que bajar del Sinaí y se encontró con la realidad de un pueblo que se había fabricado un becerro de oro (Ex 32, 1-35); Elías también descendió del Horeb (1Re 19), sabiendo que lo perseguirían las huestes de Jezabel que querían imponer a los dioses cananeos. Jesús tuvo que aclarar en el “monte” si su mensaje y su vida eran la voluntad de Dios. La voz celeste, por muy apocalíptica que suene, lo deja claro.
¿Se debe o no se debe subir al monte de la transfiguración? Desde luego que sí. Y este es un relato que nos habla de la búsqueda de Dios y de su voluntad en la “contemplación” y en la “oración”. Esta es una de las razones por las que el relato de la transfiguración figura en la liturgia de la Cuaresma. No obstante, la enseñanza es palmaria: lo contemplado debe ser llevado a la vida de cada día, de cada hombre. Como Abrahán tuvo que dejar su tierra, los discípulos deben dejar la “altura infinita” del monte para abajarse, porque ese evangelio que ellos han vivido, deben anunciarlo a todos los hombres cuando Jesús resucite de entre los muertos. Probablemente Jesús vivió e hizo vivir a los suyos experiencias profundas que se describen como aquí, simbólicamente, pero siempre estuvo muy cerca de las realidades más cotidianas. No obstante, ello le valió para ir vislumbrando, como profeta, que tenía que llegar hasta dar la vida por el Reino. Se debe subir, pues, al monte de la transfiguración, para bajar a iluminar la vida.
Mateo 17, 1-9
«Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle»
Iniciada la Cuaresma, la liturgia de la Palabra nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración del Señor: «Jesús los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos» (Mt 17, 1-2), una experiencia que ellos no olvidarán (por ejemplo, 2Pe 1, 16-19). Que Cristo nos transforma la vida, es una experiencia de la que, poco o mucho, todos podemos dar testimonio. Tantas veces el Señor nos da vida haciendo que pequeños gestos de nuestra existencia ordinaria se transformen en hechos extraordinarios.
Tantas veces nuestras oraciones y peticiones se hacen realidad y nos sorprenden, como la presencia resplandeciente de Jesús, que hoy deja boquiabiertos a Pedro, Santiago y Juan. Porque Jesús es la revelación del amor del Padre en nosotros. Y, entonces, podemos hacer nuestras las palabras de Simón Pedro: «Señor, bueno es estarnos aquí» (Mt 17, 4).
Pero, acto seguido, el Padre nos invita a tomar una actitud que tanto nos cuesta poner en práctica: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (Mt 17, 5). En varias ocasiones el Papa León XIV nos ha hecho la reflexión de que «Cristo transforma la vida y nos llama a escucharlo». Esta es la clave de la Transfiguración: escuchar al Hijo de Dios. Escuchar a la Palabra… significa también prestar atención a nuestros pastores, escuchar al hijo o la hija con inquietudes, o a aquella persona que vive en soledad o desesperación, o al enfermo… y, sobre todo, escuchar a nuestro corazón en oración, desde donde el Señor nos habla.
«Levantaos, no tengáis miedo» (Mt 17, 7), les dice Jesucristo inmediatamente. La Transfiguración es también un anticipo de la Resurrección. Nos recuerda que, tras la cruz, está la Gloria. En los momentos de oscuridad, enfermedad o sufrimiento, esta escena nos da esperanza: la última palabra no la tiene el dolor, sino la luz. Ojalá que esta actitud de sorpresa, esperanza y escucha nos acompañe especialmente en esta segunda semana de Cuaresma.
«En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara su fe» (San León Magno)
«‘Escúchenlo’. Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, los discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras» (Francisco)
«Los Evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su ‘Hijo amado’. Jesús se designa a sí mismo como ‘el Hijo Único de Dios’ (Jn 3,16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en ‘el Nombre del Hijo Único de Dios’ (Jn 3,18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 444)
EL SEÑOR LES DA LA PAZ
Fuente: Jorge Girón Sosa
presbítero

Fé & Religión
FALLECE MONS. PEDRO PABLO ELIZONDO CÁRDENAS, PRIMER OBISPO DE LA DIÓCESIS DE CANCÚN‑CHETUMAL
La comunidad católica de Quintana Roo y de todo el país se encuentra de luto tras el fallecimiento de Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, obispo emérito de Cancún‑Chetumal, quien murió este jueves a los 76 años. Su partida deja un profundo vacío en la vida pastoral de la región, donde durante dos décadas ejerció un liderazgo cercano, firme y profundamente humano.

Nacido en San José de Gracia, Michoacán, en 1949, ingresó al noviciado de los Legionarios de Cristo a los 17 años y fue ordenado sacerdote en 1982. Su formación en Roma, en instituciones como la Universidad Pontificia Gregoriana y la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino, marcó su visión pastoral y su estilo de servicio, siempre orientado a la evangelización y al acompañamiento espiritual.

En 2004 fue nombrado Obispo Prelado de Cancún‑Chetumal, y en 2020 se convirtió en el primer obispo de la recién erigida diócesis. Durante su ministerio impulsó la formación de agentes pastorales, la participación de laicos, la atención a comunidades vulnerables y la consolidación de parroquias en una región en constante crecimiento. Su carácter afable, su capacidad de escucha y su entrega total al servicio lo convirtieron en una figura muy querida por sacerdotes, familias y jóvenes.
Quienes trabajaron con él destacan su disciplina, su claridad doctrinal y su sensibilidad humana. Mons. Elizondo fue un pastor que caminó con su pueblo, que acompañó procesos comunitarios y que mantuvo siempre un profundo amor por la misión evangelizadora. En diciembre de 2025 presentó su renuncia por edad, asumiendo el título de obispo emérito.
Su fallecimiento ha generado numerosas expresiones de condolencia dentro y fuera de la Iglesia, donde se reconoce su legado como constructor de comunidad y guía espiritual.

La Iglesia en México despide hoy a un pastor entregado, un hombre de fe y un servidor incansable. Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas deja una huella imborrable en la vida de miles de fieles que encontraron en él orientación, consuelo y esperanza. Que su memoria permanezca viva en cada obra que impulsó y en cada corazón que tocó. Que descanse en la paz del Señor.
5to Poder Periodismo ConSentido y su equipo de colaboradores se une en oración por Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, que con su gran enseñanza amor y buenas obras nos enseño a amar Jesús, amar a dios, a nuestro prójimo y le damos nuestro mas sentido pésame a su familia, tuvimos muchas veces la bendición de estar cercano a el y reconocemos que fue un gran ser humano, su forma de ser, la paz que transmitía, su sencillez, su alegría que contagiaba a la gente, siempre con un mensaje de paz y amor, lamentamos su fallecimiento pero sabemos que ya esta en la gloria disfrutando en la casa del Padre.

Dos grandes hombres amigos y sacerdotes que ya están juntos en la casa del padre.
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