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Opinión

Venezuela y México, ¿pura coincidencia?

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“Visión Periférica”

Por Cliserio Eleazar Cedillo Godínez*

De acuerdo a los hechos, en México se da un símil de lo que ha ocurrido en Venezuela desde 1999, cuando Hugo Chávez Eliminó la Corte Suprema (como es actualmente en México la Suprema Corte de Justicia de la Nación) e impuso en su lugar al Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), conocido como el Supremo. Con ello, según las crónicas se quitó a magistrados incómodos y en su lugar colocó a los afines a su causa, conocida ahora como el chavismo.

En ese tiempo periodistas, analistas políticos, economistas y demás interesados en conservar un país democrático, advirtieron del inicio de un movimiento que daría paso a la dictadura y pondría fin a la democracia en Venezuela y, al mismo tiempo, sentaría las bases para la construcción de un régimen socialista que avanza sin interrupción. Antes, con la fundación del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) por parte del mismo Hugo Chávez en el 2008, se fueron perfilando los hombres y mujeres que ahora son pilares del proyecto de gobierno tendente a implantar un gobierno que, en teoría, sostiene que “el pueblo debe tener el control de los medios de producción y del poder político”. 

Prueba de lo anterior es Caryslia Beatriz Rodríguez, presidenta del Supremo y su sala electoral. Ella fue militante del PSUV y, entre agosto y noviembre de 2021, ocupó cargos de elección popular como concejal del municipio Libertador (Caracas) y alcaldesa encargada de Caracas, la capital venezolana. Fue precisamente durante una entrevista hecha por el portal Ciudad Caracas, publicada hace tres años, que Carysilia se declaró “profundamente comprometida con las tareas que delega la revolución” y “leal al presidente obrero Nicolás Maduro y a los proyectos para la construcción del socialismo”.

Según el diario español El País, de aquellas declaraciones o “indiscreciones” sólo quedan como prueba unas capturas de pantalla difundidas por la ONG venezolana Acceso a la Justicia, dado que antes de la postulación de Rodríguez como magistrada se eliminó la publicación.

Quizás lo que sucede en México, con respecto a la elección de jueces y magistrados, sea pura coincidencia, pero en el caso del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, donde el movimiento tendente a crear un régimen socialista suma ya 20 años de iniciado, se impuso para validar los resultados del Consejo Nacional Electoral, CNE, (similar a lo que es en México el INE) y, como era de esperarse, por estar controlado desde hace dos décadas por el oficialismo, dio su total respaldo a Nicolás Maduro, sin mostrar las actas de votación.

Reforma Judicial

En México se plantea algo similar a lo que ocurrió en Venezuela en 1999, cuando Nicolás Maduro eliminó la Corte Suprema, para dar paso al Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) y con ello quitarse de encima a ministros inconformes con su proyecto chavista, solo que en nuestro país se plantea con base en la elección popular de jueces y magistrados, lo que es sumamente complicado y casi imposible, tanto que, como dice mi amigo Restituto, serían nuestros legisladores federales con apoyo de los locales, quienes se encargarían de llevar a cabo ese proceso electoral… por algo tampoco quieren al INE.

Un ejemplo de lo complicado que es llevar a cabo esta Reforma Judicial con base en la elección popular de jueces y magistrados nos lo da el experimentado ministro en retiro José Ramón Cossio, quien expone que, con respecto al proceso electoral, no se le ha dado la importancia que merece en lo que representa cuantificar su significado en términos estrictamente electorales, porque quizás no se han dado cuenta de la magnitud de lo que se propone.

Para ejemplificar su dicho, pone como ejemplo en primer término al Primer Circuito Judicial, que está asentado en la Ciudad de México, donde habría que elegir a nivel federal a 352 juzgadores federales, de éstos nueve son ministros de acuerdo con la iniciativa de reforma, siete magistrados de la Sala Superior del Tribunal Federal Electoral, tres magistrados de la Sala Regional con competencia  en la Ciudad de México,  cinco magistrados del Órgano de Disciplina Judicial, 115 jueces de Distrito y 213 magistrados de circuito, de acuerdo a información del INEGI.

Esto significa, explica que, de acuerdo a la iniciativa de López Obrador, para llevar a cabo la elección se tendría que proponer para cada uno de esos cargos hasta 10 personas por parte de Claudia Sheinbaum, como presidenta de México; 10 personas por parte del Congreso, 5 los diputados y 5 los senadores y 10 personas por parte de la Suprema Corte de Justicia. Adicionalmente a esto se tendría que proponer a 6 personas para los jueces y magistrados de la Federación.

Es decir, si se propusieran candidatos como se establece en la iniciativa del presidente se tendría, al final de cuentas, 2088 nombres que aparecerían en las boletas “solo de jueces y magistrados del Primer Circuito. Ahora bien, explica, el Padrón Electoral (de CDMX) tiene 7 millones 764 mil 971 ciudadanos y para poder satisfacer la elección “habría que imprimir y distribuir mil 343 millones 339 mil 938 boletas, porque habría una boleta por cada uno de los órganos que se va a elegir”.

Peor aún, cuando el ciudadano llegue a la casilla se le tienen que entregar 169 boletas solo para la elección de los jueces, magistrados y ministros federales, pero como el primer Distrito está asentado en buena medida en la Ciudad de México, también habría que elegir a los jueces y magistrados locales de Ciudad de México, por lo que a cada ciudadano habrá que darle 404 boletas más. Es decir, un total de 573 boletas para elegir a los jueces federales, magistrados y juzgadores locales.

Para no alargarnos más, imagínese la fila de urnas, quizás por cuadras. Sobre las propuestas de candidatos, no nos extrañe que entre los que corresponda proponer al presidente y a los legisladores veamos, entre ellos, si no es que todos, a ex diputados, ex senadores, políticos y ex funcionarios. Eso sí de Morena y abogados todos, aunque sean de escuelas patito con RVOE (Reconocimiento de Validez Oficial de Estudios), como hay muchas, aquí mismo en Quintana Roo, donde obtienen sus títulos en solo dos años y medio. Así sucedió en Venezuela, pero sin tanto cuento, ahí de plano fueron impuestos.

*Periodista con 49 años de experiencia en diarios nacionales y estatales, así como jefe de Información en estaciones y cadenas de radio, director general de 5to Poder Periodismo ConSentido.

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Educar sin quebrar: cuando la exigencia inhibe la motivación

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La exigencia constante, disfrazada de éxito, impone un precio invisible afectando a niñas, niños y jóvenes

Conciencia Saludablemente

Por: Psicol.Alex Barrera**

En muchos hogares, la jornada escolar no termina cuando suena el timbre de salida. Continúa en la mesa, en la mochila revisada con prisa, en la pregunta que se repite casi de forma automática: “¿Cómo te fue?”, pregunta que a veces toma un tono inquisitivo en lugar de una ventana al diálogo, porque si, en este país el desempeño académico se convierte en medida de valor, esfuerzo y, en ocasiones, de afecto. Así, la escuela deja de ser sólo un espacio de aprendizaje y pasa a ser un escenario donde la motivación convive peligrosamente con el estrés.

En el ámbito educativo, la motivación ha sido entendida tradicionalmente como el motor del rendimiento. Sin embargo, cuando esta motivación se construye desde la exigencia constante y no desde el apoyo, puede transformarse en una fuente sostenida de presión emocional. Muchos estudiantes crecen escuchando narrativas parentales centradas en el “deber ser”: mejores calificaciones, mayor productividad, menos errores. Y aquí a tan corta edad inicia la búsqueda incesante por la aprobación externa y los estándares a cumplir que después nos convierten en adultos disfuncionales, repitiendo una y otra vez el ejercicio que nuestro cerebro aprende durante años bajo el mensaje implícito de que el reconocimiento llega cuando cumples, no cuando lo intentas.

Este tipo de discurso, aunque a menudo nace del deseo genuino de que los hijos “tengan un mejor futuro”, puede tener consecuencias profundas en la salud mental. Diversos estudios han señalado que la presión académica elevada se asocia con mayores niveles de ansiedad, síntomas depresivos y agotamiento emocional en estudiantes de todos los niveles. Cuando el error se vive como fracaso y no como parte del aprendizaje, el miedo reemplaza a la curiosidad.

La narrativa de exigencia también afecta la forma en que los jóvenes construyen su autoestima. Si el valor personal se ancla exclusivamente al desempeño académico, cualquier tropiezo se percibe como una amenaza a la identidad. Esto resulta especialmente delicado en etapas de desarrollo donde la validación externa tiene un peso significativo. La motivación deja de ser intrínseca, es decir basada en el interés y el disfrute, y se vuelve una respuesta defensiva ante la expectativa ajena. “Solo soy bueno cuando cumplo lo que tú quieres y entonces quién valida mis emociones?”

Esta dinámica no solo afecta a los estudiantes; impacta a toda la familia. La tensión constante por cumplir metas educativas puede erosionar relaciones, aumentar los conflictos familiares y disminuir la satisfacción general con la vida escolar. El estrés académico y la ansiedad vinculada a las expectativas parentales pueden convertirse en repetidas fuentes de malestar que se arrastran durante años, incluso más allá de la etapa escolar y que incluso afecta la salud de los niños y jóvenes pues el estrés provoca la pérdida de sueño, apetito e incluso despierta en los estudiantes otros tipos de trastornos como pueden ser ansiedad o alimenticios.

Lo que como padres puede parecer lo correcto se convierte en el malestar de los adultos y es que, no es poco común observar que jóvenes con promedios sobresalientes durante su vida escolar enfrenten dificultades de adaptación en la adultez. Esto ocurre porque los sistemas de validación académica —claros, estructurados y predecibles— difieren considerablemente de los del ámbito laboral, donde el reconocimiento no siempre es inmediato ni está ligado a calificaciones visibles. Cuando una persona ha aprendido a medir su valor a través de resultados cuantificables, puede experimentar frustración, inseguridad o desorientación al enfrentarse a entornos donde el éxito depende de habilidades relacionales, tolerancia a la incertidumbre y gestión emocional, competencias que rara vez se enseñan explícitamente en la escuela, pero que se desarrollan con el acompañamiento positivo durante la edad académica, sobre todo durante la adolescencia cuando los jóvenes están aprendiendo sobre las emociones complejas.

Por ello como padres, tutores y educadores, debemos considerar que en lugar de asumir las calificaciones como un veredicto que habilita el regaño o la comparación, es necesario mirarlas como una herramienta de lectura del proceso del estudiante. Una calificación no sólo habla de un resultado, sino de áreas que pueden fortalecerse, habilidades que aún están en construcción y necesidades emocionales que requieren atención. Cuando los padres utilizan el desempeño escolar como punto de partida para dialogar, comprender y acompañar —y no como un instrumento de presión— se abre la posibilidad de construir vínculos de apoyo más sólidos, donde el error deja de ser una amenaza y se convierte en una oportunidad de aprendizaje compartido.

La parentalidad consciente en el ámbito educativo implica revisar el lenguaje que utilizamos. Preguntas como “¿qué aprendiste?”, “¿qué se te dificultó?” o “¿cómo puedo ayudarte?” cambian radicalmente la experiencia emocional del estudiante. Autores como Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson en su libro El cerebro del niño / The Whole-Brain Child: 12 estrategias revolucionarias para cultivar la mente en desarrollo de tu hijo, señalan que el acompañamiento empático favorece el desarrollo de la autorregulación emocional y fortalece la resiliencia, elementos clave para una salud mental sólida.

Esto no significa eliminar los límites ni abandonar las expectativas, sino transformarlas. La diferencia entre exigir y acompañar radica en el mensaje subyacente: mientras la exigencia suele decir “vales si cumples”, el acompañamiento comunica “vales, y por eso te ayudo a crecer”. Esta distinción es fundamental para que la motivación no se construya desde el miedo, sino desde el sentido y la confianza.

Por ello hay que recordar que un joven cuyo acompañamiento se centra en el apoyo y comprensión y no en la exigencia, guarda el mensaje interno de valía personal independiente del logro. Esto favorece adultos con mayor seguridad emocional, capaces de establecer relaciones más sanas, empáticas y colaborativas. En lugar de buscar aprobación constante o temer al error, quienes crecieron con acompañamiento suelen desarrollar confianza para aprender, adaptarse y vincularse desde el respeto mutuo. La exigencia, en cambio, tiende a reproducirse en relaciones adultas marcadas por la autoevaluación constante y la dificultad para sentirse suficiente. Acompañar no elimina los retos ni las metas, pero los sitúa en un marco de apoyo que enseña que el crecimiento es un proceso compartido, no una prueba de valor personal.

En un contexto educativo cada vez más demandante, cuidar la salud mental de estudiantes y familias no es un lujo, sino una necesidad. Cambiar la narrativa parental —de la presión al apoyo— no sólo reduce el estrés, sino que prepara a los jóvenes para enfrentar la vida con mayor equilibrio emocional. Al final, educar no es formar expedientes perfectos, y la escuela no debe ser una competencia exhaustiva por satisfacer las demandas externas, es el lugar donde se debe formar personas capaces de sostenerse a sí mismas más allá de cualquier calificación.

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial.

Si deseas contactar al especialista o necesitas ayuda terapéutica puedes comunicarte vía Whats App


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La cuesta de enero: finanzas, consumo y estrés emocional

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El peso psicológico del dinero: enero, cobra la factura de diciembre con estrés emocional

Conciencia Saludablemente
Psicol. Alex Barrera**

Enero suele llegar con una resaca silenciosa. No sólo termina el periodo festivo; también aparecen los estados de cuenta, las deudas acumuladas y una sensación difusa de preocupación que muchos describen como “nervios”, pero que en realidad es ansiedad financiera.  

Como profesional de la salud mental, he visto cómo este mes concentra un malestar particular: el cuerpo vuelve a la rutina, pero la mente queda atrapada entre obligaciones económicas y una percepción de escasez que no siempre se nombra, pero se siente. 

El estrés financiero se define como la respuesta emocional y cognitiva ante la percepción de no contar con recursos suficientes para cubrir las demandas económicas actuales o futuras. No se trata solo de falta real de dinero, sino de la interpretación que hacemos de nuestra situación financiera. Esta percepción activa en el cerebro los mismos circuitos que otras amenazas: el sistema de alerta se enciende, aumenta el cortisol y se reduce la capacidad para planear, concentrarse y tomar decisiones con calma. 

Diversos estudios han documentado que los problemas económicos se asocian de forma consistente con síntomas de ansiedad, depresión, irritabilidad e insomnio. Una revisión publicada en The Lancet Psychiatry señala que la inseguridad financiera incrementa significativamente el riesgo de trastorno mentales comunes, incluso en personas sin antecedentes previos. En enero, este fenómeno se intensifica porque coincide con pagos diferidos, créditos adquiridos en diciembre y el regreso a exigencias laborales y familiares. Que en contraste con el descanso que se tuvo por las fiestas, resulta especialmente avasallador debido al súbito cambio. 

Desde la neurociencia, el fenómeno es comprensible. La preocupación constante por el dinero mantiene al cerebro en un estado de hipervigilancia. Investigaciones en psicología cognitiva muestran que la escasez —real o percibida— consume recursos mentales, reduciendo la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva (Mullainathan & Shafir, 2013). En otras palabras, cuando la mente está ocupada “sobreviviendo”, le queda poco espacio para pensar con claridad, lo que a su vez puede llevar a decisiones financieras impulsivas que perpetúan el problema. 

Este círculo vicioso tiene un impacto emocional profundo. Las personas suelen experimentar culpa por “no haber previsto”, vergüenza por endeudarse o miedo constante al futuro. Estos afectos no son triviales: la evidencia sugiere que la vergüenza financiera se asocia con evitación, aislamiento social y menor búsqueda de ayuda, tanto económica como psicológica. Así, el estrés financiero no solo afecta al individuo, sino que deteriora relaciones familiares, dinámicas de pareja y el clima emocional del hogar. 

Enero también pone en evidencia una narrativa cultural dañina: la idea de que los problemas económicos son exclusivamente resultado de fallas personales. Desde la psicología social sabemos que esta creencia incrementa el malestar, porque internaliza un problema estructural y lo convierte en una identidad: “soy irresponsable”, “no sirvo para administrar”. Estudios sobre estigmatización económica muestran que esta autoatribución negativa se asocia con mayores niveles de depresión y menor autoestima . 

No es casual que el estrés financiero esté relacionado con conductas de riesgo para la salud. Investigaciones han encontrado asociaciones entre presión económica y aumento en consumo de alcohol, trastornos del sueño y síntomas psicosomáticos. El cuerpo, una vez más, expresa lo que la mente intenta contener. 

Cuando los pensamientos negativos constantes invaden nuestra vida es imposible no caer en conductas poco favorables ya que disminuye la serotonina por lo que el cerebro busca una compensación, además dejamos de dormir por ejemplo lo cual nubla nuestra claridad y nos deja a la deriva para adoptar comportamientos que no parecen alineados a las dificultades, por ejemplo, comer de más, realizar compras innecesarias, episodios de ansiedad o psicóticos, así como cuadros de estrés crónico. Físicamente pueden presentarse, dolores de cabeza, migrañas, dolores de espalda entre otros. 

En algunos casos incluso hay una mayor irritabilidad por lo que algunas personas se tornan especialmente violentas o suelen tener mal humor, lo cual afecta sus relaciones personales, o provoca situaciones que empeoran la situación como la pérdida del empleo o el aislamiento social.  

Frente a este panorama, es importante decir algo con claridad: sentirse ansioso en enero es una respuesta humana ante la incertidumbre. Sin embargo, cuando esta ansiedad se vuelve constante, paralizante o empieza a interferir con la vida diaria, es una señal de que necesita atención. La psicología ofrece herramientas para intervenir en este punto crítico. 

La terapia psicológica ayuda, en primer lugar, a diferenciar entre el problema real y la catástrofe anticipada. A través de enfoques como la terapia cognitivo-conductual, se trabaja la identificación de pensamientos automáticos asociados al dinero: “nunca saldré de esto”, “todo va a empeorar”, y se desarrollan estrategias para regular la ansiedad y recuperar una sensación de control . Además, el espacio terapéutico permite abordar emociones como la culpa y la vergüenza, que suelen ser el núcleo más doloroso del estrés financiero. 

En muchos casos el acompañamiento profesional reduce significativamente los síntomas de ansiedad y depresión asociados a problemas económicos, incluso cuando la situación financiera objetiva no cambia de inmediato, mejorar la salud mental no requiere primero “arreglar” el dinero; muchas veces, es al revés 

Enero, entonces, puede convertirse en algo más que un mes difícil. Puede ser un punto de inflexión para revisar la relación que tenemos con el dinero y con nosotros mismos. Entender que el estrés financiero es un fenómeno psicológico y social, no un fracaso individual, abre la puerta al autocuidado y a la búsqueda de ayuda. Porque cuidar la salud mental también es una forma de ordenar la vida económica: con mayor claridad, menos miedo y decisiones más conscientes. 

Documentos de interés:

Frasquilho, D., Matos, M. G., Salonna, F., Guerreiro, D., Storti, C. C., Gaspar, T., & Caldas-de-Almeida, J. M. (2016). Mental health outcomes in times of economic recession: A systematic literature review. The Lancet Psychiatry, 3(7), 666–676. https://doi.org/10.1016/S2215-0366(16)30059-1 

Fitch, C., Hamilton, S., Bassett, P., & Davey, R. (2011). The relationship between personal debt and mental health: A systematic review. Mental Health Review Journal, 16(4), 153–166. https://doi.org/10.1108/13619321111202313 

Hofmann, S. G., Asnaani, A., Vonk, I. J., Sawyer, A. T., & Fang, A. (2012). The efficacy of cognitive behavioral therapy: A review of meta-analyses. Cognitive Therapy and Research, 36(5), 427–440. https://doi.org/10.1007/s10608-012-9476-1 

Mullainathan, S., & Shafir, E. (2013). Scarcity: Why having too little means so much. Times Books. 

Richardson, T., Elliott, P., & Roberts, R. (2013). The relationship between personal unsecured debt and mental and physical health: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 33(8), 1148–1162. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2013.08.009 

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
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