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¿De dónde venimos y a dónde vamos? Mara Lezama

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“Humanosfera”

Por.Wilberth Esquivel

Hoy se celebran no sólo 49 años de izar con orgullo la bandera del estado, también 49 años de identidad y soberanía de Quintana Roo como estado libre y soberano.

Así se centró el discurso de la Gobernadora Mara Lezama y que en lo más profundo dejó una idea central, que invita a reflexionar:

¿De dónde venimos y a dónde vamos?.

Repensemos nuestra historia y preguntémonos con seriedad y con el fin de profundizar nuestras raíces y compromiso por nuestra tierra en su cumpleaños ¿De dónde venimos?.

Venimos de Naia, de hace 13,000 años, cuando los nómadas caminaban enormes distancias, cuando las ordas humanas no se establecían en aldeas y viajaban desde el cruce de Beering, por Canadá y Estados Unidos. Eran tiempos de los Clovis y por que hace 13,000 años gran parte del planeta estaba congelado, era el final de la última era del hielo.

El nivel del agua en Qroo era 72m debajo del nivel actual, en el mar y en los cenotes. (Además de Naia se han encontrado más de 14 osamentas de la misma edad).

Venimos también de la civilización maya del

Peten Guatemalteco, que desde los años 600 d.c llegaron a Kohunlich desde donde pequeñas comunidades marítimas prosperaron y luego desarrollaron una escalera náutica de faros y poblaciones para el intercambio en canoas de cacao, maíz, pescaderías y tabaco por otros bienes, misma escalera marítima que podía llegar hasta Honduras. Misma escalera marítima que brindó fortaleza a las ciudades que se fueron construyendo más adentro en la selva.

Venimos de nómadas inmigrantes, de mayas inmigrantes y ya saben mi punto, al que quiero llegar.

Después de muchos años de civilización y comercio marítimo, desde el año 600 al 1511, es decir, durante 911 años, el sistema maya de organización social prevaleció en forma de cacicazgos y aldeas.

En 1511 otros inmigrantes pero del tipo náufragos llegaron a nuestras costas también, Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, ya desde 1492 las aventuras españolas por conquistar territorios en las Américas se volvían más usuales. La corriente marina del Caribe arrastra a los sobrevivientes de un naufragio cercano a las Islas de Jamaica y los avienta cerca de Majahual. Venimos de aquel Gonzalo Guerrero que decide quedarse entre los mayas, formar familia, tener hijos y establecerse, que según cuenta la narrativa decide convertirse a los usos y costumbres de la región y no busca convertir a su modo europeo a los demás.

Así como Qroo es el primer lugar de México que ve el sol cada amanecer en Isla Mujeres, igual somos el primer lugar donde un español tuvo hijos con una indígena maya. Los primeros mestizos mexicanos nacieron en el actual Chetumal o cercanías.

Venimos también de otros viajeros de la Península Ibérica, en 1517 Francisco Hernández de Córdoba y Anton de Alaminos consiguen adentrarse desde Cuba a la Península de Yucatan, el primer punto que tocan es Isla Mujeres.

¿Por qué venimos también de ellos? Por que las travesías marítimas en ese entonces no eran como las de ahora, duraban semanas o meses y es posible que los marinos buscaran relaciones sexuales en cada puerto. Se tenía que decir, y se dijo.

Luego el 3 de mayo de 1518, Juan de Grijalva, fue el primer español en llegar a la isla de Cozumel y en marzo de 1519 Hernán Cortés llegaría con sus tropas, barcos y pertrechos de guerra, también a Cozumel.

La diferencia entre los dos viajes anteriores a Cortés era que eran de exploración y no de conquista.

Así, venimos de inmigrantes nómadas, inmigrantes mayas e inmigrantes españoles, somos una tierra de inmigrantes. Así que nuestra primera palabra clave es esta.

La conquista de México desde el primer viaje de Cortés hasta la Independencia de México en 1821 es larga y tortuosa, en general podemos decir que los españoles impusieron su forma de organización política, su administración, su cultura y religión por encima de la existente. Generalizando a más no poder, crearon redes de haciendas interconectadas para hacer producir la tierra, el campo y la minería, una basta e intrincada red también de transporte que terminaba en los puertos mercantes fortificados en la orilla de la costa desde donde transportaban en enormes galeones los productos americanos para el enriquecimiento de España.

Por eso hoy vemos haciendas y fuertes costeros por todo Latinoamérica y el Caribe, y poblados con una plaza principal repetitiva: Con una iglesia, un palacio de Gobierno, los portales para comerciar, la casa del encomendero y en el centro la plaza principal normalmente con un kiosko, esa era para la fiesta del pueblo.

Pero resulta que para el caso de Quintana Roo, la cosa no es tan simple. Resulta que si revisamos nuestros poblados no son iguales a los del resto de Yucatán o Campeche, es decir, la colonización de México como la he descrito, no llegó al Caribe Mexicano en su totalidad, quizá si parcialmente.

¡El Caribe Mexicano no fue colonizado!.

Conforme uno se aproxima a la costa, dejamos de ver esa configuración urbana de iglesia, portales, casa principal y palacio con plaza al centro. Es decir: Venimos de hombres y mujeres, rebeldes y no conquistados.

El gran arrecife maya que corre paralelo a la costa del Caribe hizo que Cortés rodeara la Península en busca de los Aztecas, no permitió el establecimiento de puertos y fuertes defensivos, solo en Bacalar y es laguna, por cierto. Las flotas mercantes españolas cargadas de oro, piedras preciosas de Colombia y Panamá, surcaban el Caribe paralelos al arrecife, como lo hace hoy el sargazo, pero no pegaban a la costa del Caribe Mexicano, resultaba poco práctico y peligroso. Los galeones rodeaban incluso hasta Sisal al norte de Yucatán o hasta los puertos de Campeche y Veracruz llenos de fortificaciones defensivas y cañones para evadir la piratería.

El Caribe Mexicano, al ser un territorio virgen, no conquistado, donde no pudo expandirse la colonización y donde no prolifera el avance de haciendas y el sistema socioeconomico conquistador, permaneció bajo los usos y costumbres mayas y sometido bajo el control social y político de los cacicazgos, se volvió también una zona libre, el comercio fuera del sistema colonial creció entre Belice y Bacalar, eso nos trajo inmigrantes ingleses, holandeses, portugueses y africanos, el territorio se hizo igual un sitio ideal para piratas y marinos retirados, fugitivos del sistema colonial, fugitivos delincuentes, mayas rebeldes maltratados, o simplemente opositores al trabajo de los jornales y listas de raya.

La gran selva maya formaba una frontera inexorable más allá de Valladolid y el arrecife formaba otra muralla no apta a la navegación. Lo hemos dicho.

Así pasaron muchos años hasta que en 1847 estalla la mal llamada “Guerra de Castas”, apenas 26 años después de la independencia de México y que en realidad fue un conflicto por que la administración Yucateca quiso expandirse sobre el territorio de Qroo más allá de Valladolid.

La ultima guerra local nos define también, no solo los mayas más originales defendieron Qroo, igual muchos mestizos y extranjeros avecindados localmente, ya éramos una tierra rebelde, incontrolable y autónoma. Éramos libres y soberanos.

La historia se escribe desde la pluma del vencedor, por eso para justificar la matanza y la incursión Federal al territorio, se le tildó como una “Guerra de Castas”, y para el invasor lo era, para los atrincherados en el Caribe Mexicano era la defensa de la libertad, de los usos y costumbres, de la milpa y del cacicazgo, de la soberanía.

Tristemente ese periodo implica también el cambio de nombre de nuestras poblaciones y así Cancún se pasa a llamar Benito Juárez, XamanHa se vuelve Plata del Carmen o Chan Santa Cruz pasa a ser Felipe Carrillo Puerto, y estos son tan solo tres ejemplos de decenas de tristes imposiciones culturales. Tenemos a José Maria Morelos y a Lázaro Cárdenas, a Leona Vicario e incluso nuestro estado de Quintana Roo lleva el nombre de un personaje de esos tiempos que no se sabe si amaba esta tierra.

Andres Quintana Roo fue un insurgente Sanjuanista e independentista de la base Meridana del

Movimiento Federal de esos tiempos.

De ahí venimos, de esos hombres y mujeres que nos dejaron un legado central muy pocas veces comprendido. Pero también somos un pueblo que no comprende su pasado único y distinto al resto de México.

Venimos de ese espíritu de inmigrantes y rebeldes. No de esa Federación independentista fallida, que si bien necesitaba dejar el yugo español no ha resultado en favor de los más necesitados como se justificó. Que si bien dio origen a nuestro gran País, no ha resultado cómo se soñó.

Pero Quintana Roo es ajeno a esa lucha y a ese proceso, no somos parte de esa idnoenedencia de México, no necesitábamos independizarnos por qué nunca fuimos colonizados.

Y luego pasaron los años y el Proyecto Cancún funcionó, los 70s detonaron aún más inmigración y comenzamos a construir nuestra industria hotelera, se que me he saltado la etapa maderera de todo el territorio, del chicle y comercial del Sur, la etapa de la fayuca y los antecedentes a Infratur (Fonatur).

Somos una tierra de inmigrantes rebeldes, inmigrantes que llegaron de diversas partes de México y del planeta.

¿De donde venimos? De esta historia.

Venimos de los sismos del 85, de las crisis económicas nacionales, venimos de la ambición empresarial y de la inversión, venimos del espíritu pionero y aventurero, venimos de la búsqueda de oportunidades.

¿A dónde vamos?

No lo sé, hay un Plan Estatal de Desarrollo y una Industria turística recuperada de la pandemia. Pero aún no podemos saber si vamos a más desarrollo turístico o es el momento de comenzar una integración hacia atrás.

Es decir, diversificarnos a la agroindustria e industria, a la maquila, al fortalecimiento del sector proveedor y a otros nuevos sectores de negocios.

Es materia de otra reflexión ¿a dónde vamos? Lo que si se puede adelantar es que por primera vez se busca “Compartir la prosperidad” y quizá ese sea el camino y la respuesta.

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Esclavas antes que mujeres: la realidad del rol femenino en la modernidad

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Conciencia Saludablemente

La modernidad prometió igualdad, pero la carga mental y las responsabilidades siguen pesando de forma desigual.

Por: Pisc. Alex Barrera

Existe un tipo de cansancio que rara vez se reconoce. No aparece necesariamente en el cuerpo ni deja marcas visibles, pero se instala en la mente como una sensación constante de responsabilidad. Es el agotamiento de pensar, recordar, anticipar y resolver. Un desgaste silencioso que muchas mujeres experimentan a diario y que revela una paradoja incómoda de la modernidad: aunque el discurso social habla de igualdad, en la práctica muchas mujeres siguen viviendo bajo una lógica de obligación permanente. Antes que mujeres, terminan siendo gestoras invisibles de la vida cotidiana de quien las rodea.

Cuando se habla de carga mental, no se trata simplemente de “tener muchas cosas que hacer”. Es algo más profundo. Implica ser quien anticipa los pendientes, quien recuerda las fechas importantes, quien piensa en lo que falta en casa antes de que alguien más lo note. Es coordinar citas médicas, planear comidas, organizar horarios escolares, prever gastos y, además, sostener emocionalmente a quienes comparten el hogar.

Este trabajo casi nunca aparece en las listas formales de responsabilidades, pero mantiene funcionando la vida diaria. En muchas familias, la mujer no sólo realiza tareas domésticas, también administra mentalmente el sistema completo del hogar. Y ese esfuerzo, aunque constante, rara vez es reconocido como trabajo.

La raíz de esta dinámica no es nueva. Durante miles de años, las sociedades humanas organizaron sus roles de forma relativamente clara: los hombres se encargaban de explorar, cazar o buscar recursos, mientras las mujeres gestionaban el cuidado de la tribu, y es que la naturaleza misma cargo en la mujer la importante labor de “preservar la especie” una especie de programación que se generó con el inicio de la vida porque hasta la naturaleza es “ella”.

La sociedad lo normaliza pues según la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo del INEGI (2023) muestra que las mujeres dedican considerablemente más horas al trabajo no remunerado que los hombres. Sin embargo, el problema no se limita al tiempo invertido. Existe un trabajo mental difícil de medir: el esfuerzo constante de pensar en función del bienestar de todos.

Desde la psicología sabemos que la mente tiene recursos limitados. Cuando una persona mantiene múltiples pendientes activos de forma simultánea, el cerebro permanece en un estado de alerta constante. Esto incrementa el estrés y reduce la capacidad de descanso mental. No se trata de una cuestión de debilidad personal, sino de un funcionamiento natural del sistema cognitivo bajo presión continua.

Por eso muchas mujeres describen una sensación curiosa: sentirse agotadas incluso cuando no han realizado un gran esfuerzo físico. La fatiga proviene del procesamiento mental constante. La mente sigue organizando, planificando y anticipando incluso en momentos que deberían ser de descanso.

A esta carga se suma un elemento cultural que ha reforzado el problema durante generaciones. A las mujeres se les ha asignado socialmente el papel de cuidadoras principales. No siempre se dice de forma directa, pero aparece en frases cotidianas: “ella es más organizada”, “ella sabe cómo se hacen las cosas en casa”, “ella es mejor para cuidar”. Estas ideas, aparentemente inofensivas, terminan consolidando una distribución desigual de la responsabilidad. Estas creencias muchas veces han echado raíz en el sistema social marcando estereotipos por ejemplo en el ámbito laboral en donde se cree que la mujer tendrá un mejor desempeño en ciertos puestos de trabajo asociados al cuidado o la organización (como educación, enfermería, asistencia administrativa, trabajo doméstico o las relacionadas a la belleza) que se han feminizado históricamente, reforzando la expectativa colectiva de que las mujeres deben encargarse del bienestar de los demás.

La carga mental también incluye un componente emocional importante. En muchos hogares, las mujeres terminan regulando el clima afectivo: mediando conflictos, anticipando tensiones o suavizando discusiones. Este esfuerzo por mantener el equilibrio emocional del entorno también genera desgaste psicológico.

Quiero explicarte algo importante: este cansancio invisible es real. El cerebro necesita pausas para recuperarse. Cuando la mente permanece en vigilancia constante, el organismo responde activando los sistemas de estrés. La neurociencia ha demostrado que el estrés prolongado mantiene elevados los niveles de cortisol, lo que puede afectar el estado de ánimo, el sueño y la salud física.

A este fenómeno se suma otro factor silencioso: la culpa. Muchas mujeres han aprendido a creer que “deberían poder con todo”. Cuando aparece el cansancio o surge la necesidad de pedir ayuda, emerge una autocrítica inmediata. Para compensar esa sensación de insuficiencia, asumen todavía más responsabilidades, reforzando así el ciclo de sobrecarga.

Por eso es fundamental hacer una distinción clara entre capacidad y obligación. Que alguien tenga facilidad para organizar no significa que deba hacerlo siempre. Una distribución justa de responsabilidades no consiste únicamente en dividir tareas visibles, sino en compartir también la responsabilidad de planearlas.

No es lo mismo “ayudar” que corresponsabilizarse, en este tema somos las mismas mujeres las que haciendo uso de nuestra capacidad de auto cuidarnos debemos delegar actividades y aceptar que no todo se va a realizar en precisión a nuestras expectativas pues es aquí en donde posiblemente nos convertimos en ejecutoras de nuestra propia esclavitud psicológica.

En terapia psicológica, este tema aparece con frecuencia. Muchas mujeres llegan describiendo una sensación difusa de agotamiento con el argumento: “siento que si yo no lo hago, nadie lo hará”. El espacio terapéutico permite identificar la carga mental, cuestionar creencias aprendidas y desarrollar herramientas para establecer límites más saludables.

El trabajo terapéutico no se limita a manejar el estrés. También implica revisar los mandatos culturales que se han interiorizado durante años. Preguntas como: ¿de dónde aprendí que debo anticiparlo todo? o ¿qué pasaría si comparto esta responsabilidad? abren la puerta a reorganizar dinámicas familiares y de pareja.

Además, la terapia permite desarrollar estrategias prácticas: establecer acuerdos claros, delegar tareas completas —no solo partes— y aceptar que las cosas no siempre se harán exactamente como uno las haría. Soltar el control absoluto puede resultar incómodo, pero es un paso necesario para recuperar el equilibrio mental.

También es importante crear espacios personales libres de función. Momentos donde una mujer no esté cumpliendo ningún rol específico —ni profesional, ni materno, ni de pareja— sino simplemente existiendo. El descanso real no consiste solo en detener el cuerpo, sino en permitir que la mente deje de estar en vigilancia permanente.

La carga mental femenina no es únicamente un problema individual; es un fenómeno social con raíces culturales profundas. Sin embargo, reconocerlo es el primer paso para transformarlo.

Porque el agotamiento que no se ve también cuenta. Y cuidar la salud mental implica reconocer que pensar por todos, todo el tiempo, tiene un costo. Redistribuir la carga no es un acto de egoísmo; es una condición necesaria para relaciones más justas y vidas más equilibradas. La fortaleza femenina no reside en sostener más, sino en reconocernos como parte de sistemas en los que damos, pero también recibimos, esto es una condición necesaria para construir relaciones más justas, hogares más equilibrados y una vida donde las mujeres puedan ser algo más que preservadoras naturales de la especie.

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo humano.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque biopsicosocial.

Si deseas contactar al especialista o necesitas ayuda terapéutica puedes comunicarte vía Whats App

Te interesan los temas de desarrollo humano y bienestar intégrate a https://bit.ly/Kumaneko-SaludyBienestar es Gratis.

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Más allá de la piel humana: una mirada psicológica al fenómeno therian

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Conexión animal, la evolución de una identidad invisible más allá del cuerpo y lo humano.

Conciencia Saludablemente

Por: Psicol Alex Barrera**

En los últimos días ha crecido la visibilidad de personas que se identifican como therians, es decir, individuos que sienten una conexión profunda con un animal y que integran esa vivencia como parte importante de quiénes son. Este tema ha generado reacciones muy opuestas: desde la burla inmediata hasta la aceptación sin cuestionamientos. Como especialilsta en desarrollo y conducta humana, considero que ninguno de estos extremos ayuda a entender lo que realmente está pasando.

Empecemos por aclarar el termino, therianthropy proviene del griego y fue usado en el ámbito académico desde 1901 para describir transformaciones mitológicas humano-animal, Este uso del término aparece documentado desde principios del siglo XX en publicaciones como The Religious Systems of China de J.J.M. De Groot (1901). Su uso moderno como identidad surgió en comunidades en línea entre 1992 y 1994, fue en diciembre de 1994 cuando se propuso usar therianthropy como término general para describir esa identidad moderna. Popularizandose con mas fuerza en los ultimos años su versión corta “therian” para describir una identificación interna con animales.

Ahora es importante aclarar algo; en la mayoría de los casos, las personas que se identifican como therians no creen que su cuerpo sea literalmente el de un animal. Lo que describen es una experiencia interna: sienten que ciertos rasgos de un animal representan algo esencial de su personalidad o de su mundo emocional. Desde la psicología del desarrollo sabemos que, especialmente en la adolescencia, la identidad está en construcción. Es una etapa donde las personas prueban formas de definirse, buscan pertenecer y utilizan símbolos para explicarse a sí mismas.

Identificarse con un lobo, un gato o un perro puede ser una manera de expresar características propias —como independencia, sensibilidad o fortaleza— o incluso una forma de afrontar momentos difíciles. A veces, cuando alguien ha vivido rechazo, presión social o experiencias dolorosas, puede encontrar en una figura simbólica una sensación de protección o pertenencia. No toda forma de identificación simbólica es un problema de salud mental.

Dicho lo anterior, algunos seguidores de esta corriente han declarado, sentir una cola u otra parte animal como parte de su experiencia como “Therian”, refiriendose a ello como el síndrome del miembro fantasma, término clínico que se refiere a la experiencia en la que una persona que ha perdido una extremidad (por amputación o ausencia congénita) siente que esa parte del cuerpo todavía está presente. Puede percibir sensaciones como hormigueo, presión, movimiento e incluso dolor intenso en el miembro que ya no existe físicamente.Sin embargo, este fenómeno es una reacción neurológica que solo puede darse cuando el miembro pertenece a la figura humana y no a estructuras no humanas, pues en ese caso se estaría hablando de algún otro fenómeno disociativo.

Este tipo de declaraciones difundidas por medios de comunicacion y redes sociales ha hecho que muchas personas confundan o tergiversen el termino ¨Therian” llevando el simbolismo a la práctica de manera activa, es decir tomando actitudes del animal en cuestion domo es caminar en cuatro patas.

Es aquí donde se hace necesario hablar de los límites. Vivimos en sociedad y la convivencia funciona gracias a acuerdos compartidos sobre reglas y hechos concretos. Cuando una vivencia personal intenta trasladarse de manera literal al espacio público (por ejemplo, esperar ser tratado como un animal en contextos formales) surge una tensión comprensible. La vida social no puede organizarse únicamente en función de cómo cada persona se siente internamente.

Un aspecto clave de la madurez emocional es poder distinguir entre lo simbólico y lo literal. Puedo sentirme identificado con la fuerza de un león sin creer que biológicamente lo soy. Desde la psicología, lo que nos preocupa no es la originalidad de una identidad, sino si esta genera sufrimiento importante, aislamiento, conflictos constantes o dificultades para funcionar en la escuela, el trabajo o la vida diaria.

La pregunta no debería ser si alguien “está bien” o “está mal” por identificarse como therian. La pregunta relevante es: ¿esta identidad le ayuda a vivir mejor o le está causando problemas? ¿Puede diferenciar claramente entre su experiencia interna y la realidad compartida con los demás? Si la persona mantiene esa claridad y su vida cotidiana no se ve afectada de manera significativa, no necesariamente estamos ante un trastorno mental.

Al mismo tiempo, respetar a alguien no significa que toda vivencia deba convertirse en una obligación para los demás. La empatía implica escuchar y comprender, pero también mantener límites saludables que permitan la convivencia. Validar no es confirmar literalmente cada percepción; es reconocer que la experiencia tiene un significado para quien la vive.

En un espacio terapéutico, el trabajo no consistiría en ridiculizar ni en reforzar sin cuestionar la identidad, sino en explorar qué representa. ¿Qué está expresando esa conexión con un animal? ¿Qué necesidad emocional está intentando cubrir? ¿Hay algo que la persona esté tratando de proteger? Acompañar significa ayudar a ampliar la comprensión de uno mismo, fortalecer la autoestima y desarrollar herramientas para relacionarse mejor con el entorno.

También es importante considerar que las redes sociales pueden influir en la forma en que estas identidades se consolidan. Encontrar comunidades con intereses similares puede brindar apoyo y pertenencia, pero también puede reforzar ideas de manera rígida si no existe reflexión crítica. Por eso, el acompañamiento profesional puede ofrecer un espacio seguro para pensar, cuestionar y ordenar la experiencia.

Tratar de modificar violentamente un comportamiento sin ofrecer el acompañamiento adecuado, bajo la idea de que no tiene lógica, es esconder el síntoma sin preocuparse por el verdadero problema, que no va a desaparecer, sino que verá la luz de otra manera, y esa otra forma puede ser mucho más severa.

En conclusión, el fenómeno therian no debe abordarse ni con burla ni con aceptación automática. Desde una mirada psicológica responsable, el camino está en el equilibrio: respetar la vivencia personal, evaluar si existe malestar o dificultad en la vida diaria y mantener clara la diferencia entre identidad simbólica y realidad compartida. La tarea no es etiquetar ni juzgar, sino promover bienestar, claridad y una forma de identidad que permita vivir en armonía tanto con uno mismo como con los demás.

****Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo humano.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque biopsicosocial.

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