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Opinión

¿Recesión a la vista?

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Cicuta del Caribe LXVI

• Con la inflación descontrolada, se modifican hábitos del consumidor
• Advierte Red de Monitoreo que floración duplicará arribo de sargazo
• Aeromar unirá a Chetumal con Cancún y Guatemala en la Ruta Maya
• Sigue “montado en macho” AMLO en su estrategia de inseguridad
• Embajada de Canadá reconoce investigación a ejecución en Xcaret

Por: Carlos Águila Arreola

El panorama económico empeora: la inflación fuera de control —pese a lo que reporten las autoridades, solo hay que preguntar en supermercados, tianguis o tiendas, donde el común denominador es el que cada vez se compra menos con la misma cantidad de dinero—, en especial con productos y/o alimentos básicos para la dieta del mexicano, y ahora el riesgo de la depresión.

En el panorama global, un duro reto: el Instituto de Finanzas Internacionales (IFF, por sus siglas en inglés) redujo a la mitad las expectativas de crecimiento para este año; pasó de 4.6 a 2.3 por ciento para el producto interno bruto (PIB) mundial, lo que eleva el riesgo de que la economía mundial enfrenta una recesión o un estancamiento peor a lo que ya se está registrando.

Hoy, está claro que el confinamiento va quedando atrás; sin embargo, si cree que los estragos del virus de la covid-19 ya pasaron, está muy equivocado porque no se descartan nuevas olas en el futuro; además, los confinamientos en núcleos manufactureros y comerciales de China seguirán agudizando los problemas de suministro en el mundo.

Si a eso se suma el impacto de la guerra entre Rusia y Ucrania, el resultado es la fórmula perfecta para el caos económico, que ya se refleja en los mercados con la caída de las bolsas, pero sobre todo en el bolsillo del consumidor con las elevadas inflaciones alrededor del mundo. En México, llegó a 7.4 por ciento en 2021, la más alta en 21 años, y en la primera quincena de mayo fue de 7.58.

Está comprobado que cuando el precio de un producto crece por encima de la inflación, se observan caídas en los volúmenes de compra y se transforman los hábitos del consumidor; por supuesto que el impacto varía dependiendo los productos, pero a partir del mes de julio de 2021, el hogar mexicano viene mostrando una desaceleración en su poder de compra.

Actualmente, la oferta de productos y rangos de precio están cambiando. Uno de los efectos más evidentes es que hay menor número de productos de 15 pesos o menos y cada vez son más difíciles de encontrar. Como resultado, la compra a granel (venta suelta, al menudeo) está creciendo al ser una opción económica y asequible para el poder adquisitivo del mexicano promedio.

Entre más grande es el incremento en precio, las marcas “mainstream” —cultura popular y de masas— y las propias ganan relevancia. En sentido contrario, las denominadas premium crecen, pero principalmente en categorías y productos cuyo incremento es menor a la inflación.

Eso demuestra la “presión” que el consumidor tiene en el bolsillo, y cómo en consecuencia busca comprar de forma “inteligente”. Por ejemplo, son las “familias grandes”, de cinco o más integrantes, las que, derivado de sus grandes volúmenes de compra., se ven en la necesidad de “racionalizar”.

Y lo más preocupante es que en el corto plazo se prevén incrementos históricos de 9.5 por ciento en la canasta de consumo masivo, dando paso a hábitos de crisis que equivale a ver comprando con mayor frecuencia, llevando menos unidades, lo del denominador común del que hablábamos al principio.

Previamente, desde marzo de 2020 y hasta inicios de 2022, se mantuvo un comportamiento de compra de confinamiento, y es hasta ahora que, derivado de las alzas, el consumidor empieza a mostrar compras de crisis, que equivale a ir más veces a la tienda, el súper o el tianguis.

Regresión
Cuando parecía que lo peor ya había pasado y que el mundo podía centrar todos sus esfuerzos en la recuperación de la pandemia del coronavirus, la aparición de nuevas variantes del virus, la inflación y la guerra en Ucrania le pusieron un freno a esa idea.

La lucha contra la inflación incrementa el riesgo de una recesión para fin de año, y en el caso de México es aún más preocupante porque la economía no solo no ha logrado regresar a los niveles previos a la pandemia, sino que incluso diversas variables ya muestran una nueva tendencia a la baja, como el caso de la inversión y la masa salarial real.

La economía global tiene un duro reto: el IFF redujo a la mitad las expectativas de crecimiento para 2022; la previsión para el producto interno bruto (PIB) mundial pasó de 4.6 a 2.3 por ciento, datos que elevan el riesgo de una recesión o un estancamiento.

Los especialistas del IFF destacan que el arrastre estadístico de 2021 a este año es de 1.9 puntos porcentuales, una previsión de recesión que anticipa una caída —¿oootra?— en el PIB para la segunda mitad del año, lo que deja poco margen de error y un riesgo de recesión mundial muy elevado.

Ese negativo panorama es respaldado por los distintos efectos económicos que se enfrentan en la actualidad, como la invasión y posterior guerra de Rusia a Ucrania y la ola de ómicron en China, que al parecer es más perturbadora de lo que se había previsto.

El análisis del Instituto de Finanzas Internacionales también consideró el endurecimiento de la política monetaria, específicamente las medidas aplicadas por la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos… la economía enfrenta una dura prueba, y evidentemente no será fácil resolverla.

Ante ese escenario, el banco central de la economía más grande del mundo, la Fed de Estados Unidos, anunció otro incremento a su tasa de referencia de 50 puntos base, y avisó incrementos cuando sea necesario, y reducirá sus activos a partir de junio, lo que significa que bajará su emisión de liquidez para adquirir bonos en los mercados financieros.

Las demás economías tendrán que elevar sus tasas si no quieren propiciar salida de capitales, lo que provocaría la devaluación de sus propias divisas, elevando aún más sus inflaciones. Varios países tendrán que elevar las suyas debido a sus riesgos internos, como México, Argentina y Turquía, entre otros.

En México, su tasa de referencia es de 7.0 por ciento, mientras que la de Estados Unidos de apenas 1.0, con inflaciones análogas, reflejo de la mayor incertidumbre en la nación mexicana por sus instituciones débiles y un estado de derecho que con frecuencia no se respeta, así como una mayor inseguridad.

Menudencias
La Red de Monitoreo del Sargazo advirtió que se espera un florecimiento masivo en los próximos días, lo que duplicaría el volumen de la macroalga en las costas, por lo que piden a los proveedores de servicios turísticos, y a las autoridades municipales y estatales —que por cierto hasta ahora han ignorado a la oenegé— prepararse porque el arribo se prevé de Cancún a Xcalak, lo que confirma que toda la costa del Caribe mexicano será afectada.

Aún en espera de convertirse en la “línea aérea del bienestar”, de Andrés Manuel López Obrador y su estirpe, que no de los chairos, obvio, Aeromar anunció que a partir del lunes 30 de mayo conectará a Chetumal con Cancún y Guatemala para facilitar la transportación en la Ruta Maya con aviones ATR 72-600, que tienen capacidad para 72 pasajeros, por lo que la expectativa es movilizar mensualmente a más de 3 mil pasajeros.

¿De qué tamaño es la herida que dejaron dos elecciones presidenciales que supuestamente le robaron y 18 años de campaña, que Andrés Manuel López Obrador “se muere con la suya” —como se dice coloquialmente— pese a estar viendo su fracaso en “seguridad”? El escenario aplica después de más de 118 mil homicidios dolosos y feminicidios, pero ¡no! El testarudo tabasqueño insiste en que “no vamos a cambiar la estrategia, al contrario, quienes deben reconocer que se equivocaron son nuestros adversarios”.

La Embajada de Canadá en México felicitó a las autoridades quintanarroenses, en especial a la Fiscalía General del Estado (FGE), por los resultados respecto a la ejecución de dos turistas canadienses —identificados como dos criminales buscados en su país y por la DEA estadunidense— en enero pasado en un restaurante del hotel Xcaret, y ante decenas de personas, familias en su mayoría.

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Educar sin quebrar: cuando la exigencia inhibe la motivación

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La exigencia constante, disfrazada de éxito, impone un precio invisible afectando a niñas, niños y jóvenes

Conciencia Saludablemente

Por: Psicol.Alex Barrera**

En muchos hogares, la jornada escolar no termina cuando suena el timbre de salida. Continúa en la mesa, en la mochila revisada con prisa, en la pregunta que se repite casi de forma automática: “¿Cómo te fue?”, pregunta que a veces toma un tono inquisitivo en lugar de una ventana al diálogo, porque si, en este país el desempeño académico se convierte en medida de valor, esfuerzo y, en ocasiones, de afecto. Así, la escuela deja de ser sólo un espacio de aprendizaje y pasa a ser un escenario donde la motivación convive peligrosamente con el estrés.

En el ámbito educativo, la motivación ha sido entendida tradicionalmente como el motor del rendimiento. Sin embargo, cuando esta motivación se construye desde la exigencia constante y no desde el apoyo, puede transformarse en una fuente sostenida de presión emocional. Muchos estudiantes crecen escuchando narrativas parentales centradas en el “deber ser”: mejores calificaciones, mayor productividad, menos errores. Y aquí a tan corta edad inicia la búsqueda incesante por la aprobación externa y los estándares a cumplir que después nos convierten en adultos disfuncionales, repitiendo una y otra vez el ejercicio que nuestro cerebro aprende durante años bajo el mensaje implícito de que el reconocimiento llega cuando cumples, no cuando lo intentas.

Este tipo de discurso, aunque a menudo nace del deseo genuino de que los hijos “tengan un mejor futuro”, puede tener consecuencias profundas en la salud mental. Diversos estudios han señalado que la presión académica elevada se asocia con mayores niveles de ansiedad, síntomas depresivos y agotamiento emocional en estudiantes de todos los niveles. Cuando el error se vive como fracaso y no como parte del aprendizaje, el miedo reemplaza a la curiosidad.

La narrativa de exigencia también afecta la forma en que los jóvenes construyen su autoestima. Si el valor personal se ancla exclusivamente al desempeño académico, cualquier tropiezo se percibe como una amenaza a la identidad. Esto resulta especialmente delicado en etapas de desarrollo donde la validación externa tiene un peso significativo. La motivación deja de ser intrínseca, es decir basada en el interés y el disfrute, y se vuelve una respuesta defensiva ante la expectativa ajena. “Solo soy bueno cuando cumplo lo que tú quieres y entonces quién valida mis emociones?”

Esta dinámica no solo afecta a los estudiantes; impacta a toda la familia. La tensión constante por cumplir metas educativas puede erosionar relaciones, aumentar los conflictos familiares y disminuir la satisfacción general con la vida escolar. El estrés académico y la ansiedad vinculada a las expectativas parentales pueden convertirse en repetidas fuentes de malestar que se arrastran durante años, incluso más allá de la etapa escolar y que incluso afecta la salud de los niños y jóvenes pues el estrés provoca la pérdida de sueño, apetito e incluso despierta en los estudiantes otros tipos de trastornos como pueden ser ansiedad o alimenticios.

Lo que como padres puede parecer lo correcto se convierte en el malestar de los adultos y es que, no es poco común observar que jóvenes con promedios sobresalientes durante su vida escolar enfrenten dificultades de adaptación en la adultez. Esto ocurre porque los sistemas de validación académica —claros, estructurados y predecibles— difieren considerablemente de los del ámbito laboral, donde el reconocimiento no siempre es inmediato ni está ligado a calificaciones visibles. Cuando una persona ha aprendido a medir su valor a través de resultados cuantificables, puede experimentar frustración, inseguridad o desorientación al enfrentarse a entornos donde el éxito depende de habilidades relacionales, tolerancia a la incertidumbre y gestión emocional, competencias que rara vez se enseñan explícitamente en la escuela, pero que se desarrollan con el acompañamiento positivo durante la edad académica, sobre todo durante la adolescencia cuando los jóvenes están aprendiendo sobre las emociones complejas.

Por ello como padres, tutores y educadores, debemos considerar que en lugar de asumir las calificaciones como un veredicto que habilita el regaño o la comparación, es necesario mirarlas como una herramienta de lectura del proceso del estudiante. Una calificación no sólo habla de un resultado, sino de áreas que pueden fortalecerse, habilidades que aún están en construcción y necesidades emocionales que requieren atención. Cuando los padres utilizan el desempeño escolar como punto de partida para dialogar, comprender y acompañar —y no como un instrumento de presión— se abre la posibilidad de construir vínculos de apoyo más sólidos, donde el error deja de ser una amenaza y se convierte en una oportunidad de aprendizaje compartido.

La parentalidad consciente en el ámbito educativo implica revisar el lenguaje que utilizamos. Preguntas como “¿qué aprendiste?”, “¿qué se te dificultó?” o “¿cómo puedo ayudarte?” cambian radicalmente la experiencia emocional del estudiante. Autores como Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson en su libro El cerebro del niño / The Whole-Brain Child: 12 estrategias revolucionarias para cultivar la mente en desarrollo de tu hijo, señalan que el acompañamiento empático favorece el desarrollo de la autorregulación emocional y fortalece la resiliencia, elementos clave para una salud mental sólida.

Esto no significa eliminar los límites ni abandonar las expectativas, sino transformarlas. La diferencia entre exigir y acompañar radica en el mensaje subyacente: mientras la exigencia suele decir “vales si cumples”, el acompañamiento comunica “vales, y por eso te ayudo a crecer”. Esta distinción es fundamental para que la motivación no se construya desde el miedo, sino desde el sentido y la confianza.

Por ello hay que recordar que un joven cuyo acompañamiento se centra en el apoyo y comprensión y no en la exigencia, guarda el mensaje interno de valía personal independiente del logro. Esto favorece adultos con mayor seguridad emocional, capaces de establecer relaciones más sanas, empáticas y colaborativas. En lugar de buscar aprobación constante o temer al error, quienes crecieron con acompañamiento suelen desarrollar confianza para aprender, adaptarse y vincularse desde el respeto mutuo. La exigencia, en cambio, tiende a reproducirse en relaciones adultas marcadas por la autoevaluación constante y la dificultad para sentirse suficiente. Acompañar no elimina los retos ni las metas, pero los sitúa en un marco de apoyo que enseña que el crecimiento es un proceso compartido, no una prueba de valor personal.

En un contexto educativo cada vez más demandante, cuidar la salud mental de estudiantes y familias no es un lujo, sino una necesidad. Cambiar la narrativa parental —de la presión al apoyo— no sólo reduce el estrés, sino que prepara a los jóvenes para enfrentar la vida con mayor equilibrio emocional. Al final, educar no es formar expedientes perfectos, y la escuela no debe ser una competencia exhaustiva por satisfacer las demandas externas, es el lugar donde se debe formar personas capaces de sostenerse a sí mismas más allá de cualquier calificación.

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial.

Si deseas contactar al especialista o necesitas ayuda terapéutica puedes comunicarte vía Whats App


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La cuesta de enero: finanzas, consumo y estrés emocional

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El peso psicológico del dinero: enero, cobra la factura de diciembre con estrés emocional

Conciencia Saludablemente
Psicol. Alex Barrera**

Enero suele llegar con una resaca silenciosa. No sólo termina el periodo festivo; también aparecen los estados de cuenta, las deudas acumuladas y una sensación difusa de preocupación que muchos describen como “nervios”, pero que en realidad es ansiedad financiera.  

Como profesional de la salud mental, he visto cómo este mes concentra un malestar particular: el cuerpo vuelve a la rutina, pero la mente queda atrapada entre obligaciones económicas y una percepción de escasez que no siempre se nombra, pero se siente. 

El estrés financiero se define como la respuesta emocional y cognitiva ante la percepción de no contar con recursos suficientes para cubrir las demandas económicas actuales o futuras. No se trata solo de falta real de dinero, sino de la interpretación que hacemos de nuestra situación financiera. Esta percepción activa en el cerebro los mismos circuitos que otras amenazas: el sistema de alerta se enciende, aumenta el cortisol y se reduce la capacidad para planear, concentrarse y tomar decisiones con calma. 

Diversos estudios han documentado que los problemas económicos se asocian de forma consistente con síntomas de ansiedad, depresión, irritabilidad e insomnio. Una revisión publicada en The Lancet Psychiatry señala que la inseguridad financiera incrementa significativamente el riesgo de trastorno mentales comunes, incluso en personas sin antecedentes previos. En enero, este fenómeno se intensifica porque coincide con pagos diferidos, créditos adquiridos en diciembre y el regreso a exigencias laborales y familiares. Que en contraste con el descanso que se tuvo por las fiestas, resulta especialmente avasallador debido al súbito cambio. 

Desde la neurociencia, el fenómeno es comprensible. La preocupación constante por el dinero mantiene al cerebro en un estado de hipervigilancia. Investigaciones en psicología cognitiva muestran que la escasez —real o percibida— consume recursos mentales, reduciendo la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva (Mullainathan & Shafir, 2013). En otras palabras, cuando la mente está ocupada “sobreviviendo”, le queda poco espacio para pensar con claridad, lo que a su vez puede llevar a decisiones financieras impulsivas que perpetúan el problema. 

Este círculo vicioso tiene un impacto emocional profundo. Las personas suelen experimentar culpa por “no haber previsto”, vergüenza por endeudarse o miedo constante al futuro. Estos afectos no son triviales: la evidencia sugiere que la vergüenza financiera se asocia con evitación, aislamiento social y menor búsqueda de ayuda, tanto económica como psicológica. Así, el estrés financiero no solo afecta al individuo, sino que deteriora relaciones familiares, dinámicas de pareja y el clima emocional del hogar. 

Enero también pone en evidencia una narrativa cultural dañina: la idea de que los problemas económicos son exclusivamente resultado de fallas personales. Desde la psicología social sabemos que esta creencia incrementa el malestar, porque internaliza un problema estructural y lo convierte en una identidad: “soy irresponsable”, “no sirvo para administrar”. Estudios sobre estigmatización económica muestran que esta autoatribución negativa se asocia con mayores niveles de depresión y menor autoestima . 

No es casual que el estrés financiero esté relacionado con conductas de riesgo para la salud. Investigaciones han encontrado asociaciones entre presión económica y aumento en consumo de alcohol, trastornos del sueño y síntomas psicosomáticos. El cuerpo, una vez más, expresa lo que la mente intenta contener. 

Cuando los pensamientos negativos constantes invaden nuestra vida es imposible no caer en conductas poco favorables ya que disminuye la serotonina por lo que el cerebro busca una compensación, además dejamos de dormir por ejemplo lo cual nubla nuestra claridad y nos deja a la deriva para adoptar comportamientos que no parecen alineados a las dificultades, por ejemplo, comer de más, realizar compras innecesarias, episodios de ansiedad o psicóticos, así como cuadros de estrés crónico. Físicamente pueden presentarse, dolores de cabeza, migrañas, dolores de espalda entre otros. 

En algunos casos incluso hay una mayor irritabilidad por lo que algunas personas se tornan especialmente violentas o suelen tener mal humor, lo cual afecta sus relaciones personales, o provoca situaciones que empeoran la situación como la pérdida del empleo o el aislamiento social.  

Frente a este panorama, es importante decir algo con claridad: sentirse ansioso en enero es una respuesta humana ante la incertidumbre. Sin embargo, cuando esta ansiedad se vuelve constante, paralizante o empieza a interferir con la vida diaria, es una señal de que necesita atención. La psicología ofrece herramientas para intervenir en este punto crítico. 

La terapia psicológica ayuda, en primer lugar, a diferenciar entre el problema real y la catástrofe anticipada. A través de enfoques como la terapia cognitivo-conductual, se trabaja la identificación de pensamientos automáticos asociados al dinero: “nunca saldré de esto”, “todo va a empeorar”, y se desarrollan estrategias para regular la ansiedad y recuperar una sensación de control . Además, el espacio terapéutico permite abordar emociones como la culpa y la vergüenza, que suelen ser el núcleo más doloroso del estrés financiero. 

En muchos casos el acompañamiento profesional reduce significativamente los síntomas de ansiedad y depresión asociados a problemas económicos, incluso cuando la situación financiera objetiva no cambia de inmediato, mejorar la salud mental no requiere primero “arreglar” el dinero; muchas veces, es al revés 

Enero, entonces, puede convertirse en algo más que un mes difícil. Puede ser un punto de inflexión para revisar la relación que tenemos con el dinero y con nosotros mismos. Entender que el estrés financiero es un fenómeno psicológico y social, no un fracaso individual, abre la puerta al autocuidado y a la búsqueda de ayuda. Porque cuidar la salud mental también es una forma de ordenar la vida económica: con mayor claridad, menos miedo y decisiones más conscientes. 

Documentos de interés:

Frasquilho, D., Matos, M. G., Salonna, F., Guerreiro, D., Storti, C. C., Gaspar, T., & Caldas-de-Almeida, J. M. (2016). Mental health outcomes in times of economic recession: A systematic literature review. The Lancet Psychiatry, 3(7), 666–676. https://doi.org/10.1016/S2215-0366(16)30059-1 

Fitch, C., Hamilton, S., Bassett, P., & Davey, R. (2011). The relationship between personal debt and mental health: A systematic review. Mental Health Review Journal, 16(4), 153–166. https://doi.org/10.1108/13619321111202313 

Hofmann, S. G., Asnaani, A., Vonk, I. J., Sawyer, A. T., & Fang, A. (2012). The efficacy of cognitive behavioral therapy: A review of meta-analyses. Cognitive Therapy and Research, 36(5), 427–440. https://doi.org/10.1007/s10608-012-9476-1 

Mullainathan, S., & Shafir, E. (2013). Scarcity: Why having too little means so much. Times Books. 

Richardson, T., Elliott, P., & Roberts, R. (2013). The relationship between personal unsecured debt and mental and physical health: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 33(8), 1148–1162. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2013.08.009 

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial.

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