Opinión
Corrupción, autogol lopezobradorista
Opinión / Cicuta del Caribe LXVI
• En Mallorca hubo errores que México no ha hecho, acepta Trian Riu
• Aeropuerto de Puerto Vallarta destronó durante marzo al de Cancún
• La inflación ya preocupa a ocho de cada 10 mexicanos, dice Deloitte
• Covid-19 disparó 30% ventas de luces conectadas a internet: Signify
• En Santa Lucía duplicaría costos y sería ineficiente: Lufthansa Cargo
• Prevén revolución turística con el auge de los aviones supersónicos
Por: Carlos Águila Arreola
Cada mexicano que realizó algún tipo de trámite durante el año pasado y que por cualquier causa no siguió los lineamientos correspondientes, tuvo que pagar en promedio tres mil 44 pesos; en general, el costo de la corrupción —casi siempre vía soborno— en México al realizar pagos, trámites o solicitudes de servicios públicos asciende a nueve mil 500 millones de pesos.
La primera descripción es uno de los principales hallazgos de la edición 2021 de la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG por sus siglas) que realiza personal del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), también encontró que 86.3 por ciento de la población consideró “frecuentes” los actos de corrupción en instituciones de gobierno.
El Inegi también señala que 17.4 por ciento de la población que realizó trámites, pagos, solicitudes de servicios, o que tuvo contacto con algún servidor público experimentó corrupción durante el año 2021. El contacto con autoridades de seguridad pública fue el trámite con más corrupción, con 65 por ciento, seguido del contacto con el Ministerio Público, con 24.
En ese sentido, la encuesta encontró que solo uno de cada tres mexicanos (33.3 por ciento) confía en las policías, la segunda peor institución pública evaluada, solo por encima de los partidos políticos (27.9), mientras que el Ejército y la Marina comparten la tercera posición mejor evaluada, con la confianza de 71 por ciento de la población.
En cuanto a servicios básicos, la sociedad reportó estar más satisfecha con la recolección de basura y agua potable (en las ciudades), con grados de satisfacción de 70.5 y 53.7 por ciento, mientras que los peor calificados fueron calles (25.1) y avenidas (25.3), policía y alumbrado público (40.5 por ciento en ambos casos), revela la encuesta elaborada por personal del Inegi.
La oferta de combatir la corrupción definió el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador en 2018; hoy, en su cuarto año de gobierno, México sigue sin percibir avances, pero ha mantenido un discurso constante al asegurar que ese es el principal problema para el país. “Barrer las escaleras de arriba para abajo”, ofreció; sin embargo, los datos no muestran un avance significativo.
El Índice de Percepción de Corrupción es publicado de forma anual desde 1995 por Transparencia Internacional, oenegé con sede en Berlín, Alemania, en el que México, en manos de su “alteza pequeñísima”, se estancó en el sitio 124 de 180: en 2019 fue de 29 puntos, y en 2020 de 31, en una escala 0-100 en la que cero es el nivel más alto de corrupción, y 100 es igual al más bajo.
Inmoralidad
De acuerdo con Dante Preisser, experto en políticas anticorrupción, “no sorprende” el estancamiento cuando hay un abandono sistemático al Sistema Nacional Anticorrupción y a cualquier política “seria en la materia. Ojalá gobierno y sociedad civil reconstruyan o propongan iniciativas efectivas en la segunda mitad del sexenio”, señaló en su cuenta de Twitter.
Pero no; según la Transparencia Mexicana, encargada del capítulo México, el control de la corrupción es una prioridad de la sociedad mexicana en los últimos años, y uno de los factores que definió la elección federal en 2018 y que, cuatro años después, sigue siendo el talón de Aquiles de los gobiernos mexicanos.
“La lucha contra la corrupción ha sido el eje principal de la administración federal 2018-2024; sin embargo, los casos emblemáticos —Estafa maestra, Odebrecht, Agronitrogenados, ex presidentes, entre otros—, no han sido sancionados en materia penal, como ya lo hizo en materia mediática el señor López y el séquito de “comunicadores” que lo acompañan cada mañana.
Tampoco hay una recuperación de los activos desviados en estos y otros casos de gran corrupción, y la reparación del daño a las víctimas es “prácticamente inexistente”, y es que el mexicano sigue siendo víctima de la corrupción: seguimos yendo a un Ministerio Público y nos siguen pidiendo “mordida” para presentar una denuncia.
Seguimos intentando ir a un hospital para que nos den una cama, y nos van a poner en lista de espera a menos que demos 500 pesos, esa es la corrupción a la que los ciudadanos estamos expuestos, y esa no ha cambiado… es la misma que criticó durante 18 años de campaña “Lopitos”, la misma que prometió erradicar y que no podrá desaparecer, como le gusta, por “decreto”.
Un aforismo latino que dice quod licet Iovi, non licet bovi (“lo que es lícito para Dios, no es lícito para todos”) retrata las inmorales normas de comportamiento que la élite de izquierda, encabezada por López Obrador, aplica a sí misma, y las normas más rígidas que exige a las masas, pero estoy seguro no imaginaba que quizá el golpe más duro a su sexenio, hasta ahora, se lo daría su estirpe.
La familia
Si hay un personaje en México que ha vivido, crecido y prosperado usando a los pobres, es Andrés Manuel López Obrador, y su familia ha gozado de esa prosperidad. El diálogo es exactamente el mismo de Juan Evo Morales Ayma, José Daniel Ortega Saavedra y Cristina Elisabet Fernández de Kirchner: la lucha clasista de los desposeídos contra los ricos.
Antes de “La mansión del bienestar’, en la que José Ramón López Beltrán fue el protagonista y quien habría caído en conflicto de interés por habitar una casa relacionada a un contratista de Petróleos Mexicanos (Pemex) —no fue el primer escándalo relacionado a los hijos del señor López—, otro de los vástagos se vio envuelto en una polémica por unos tenis de lujo.
El escenario no es nuevo, pero el principal problema de Tartufo es que le falta un tornillo: el de la ética. Hace 13 años, en 2009, mientras denunciaba frente al Senado que “la oligarquía se ha enriquecido en los últimos 20 años traficando influencias al amparo del poder público”, su hijo Andrés Manuel López Beltrán llegó para aplaudirlo calzando unas zapatillas deportivas Louis Vuitton.
Los tenis del segundo hijo del tabasqueño costaban 900 dólares, 12 mil 600 pesos, según la cotización peso-dólar de entonces, pero los hijos solo imitan a los padres: el 9 de mayo de 2005, al anunciar que su campaña presidencial sería “austera”, López Obrador lució un reloj Tiffany de platino y correa de piel de lagarto colección “Mark” de siete mil 800 dólares (85 mil pesos de entonces).
En agosto de 2020, Jesús Ernesto López Gutiérrez vacacionaba en Acapulco, en plena pandemia y sin cubrebocas, pero con unos tenis de nueve mil pesos (seis mil 609 más dos mil 366 de importación); dos escándalos, aunque en el primero, como jefe de Gobierno del ex Distrito Federal, demandaba austeridad y menos lujos al entonces presidente Felipe de Jesús Calderón Hinojosa.
Los gustos del Pejestorio y familia por las marcas caras no llamarían la atención si no fuera por el discurso político que maneja, basado en las máximas juaristas de “austeridad republicana”, sello que le quiso imponer a su administración, que sin embargo no se ha visto librada de actos corruptos en los primeros círculos de poder, e incluso hay nepotismo, otra forma de corrupción.
No hemos disminuido la experiencia en corrupción, no veo esos resultados que Lopitos imagina, lo que se explica por la falta de una estrategia articulada de integridad pública, parecería que el de Macuspana le ha apostado a un discurso moralista, que hasta ahora, 3.5 años después, ha mostrado ser muy ineficaz en términos concretos de política pública
Menudencia
Los hoteles de la cadena Riu en el Caribe mexicano fueron el “tanque de oxígeno” en los momentos más críticos de la pandemia”, afirmó Joan Trian Riu, director ejecutivo de la hotelera española, quien añadió que “México lo ha hecho bien. Soy de Mallorca, donde comenzamos a trabajar en el turismo mucho antes, y cometimos muchos errores que México no ha hecho (…) será difícil que alguien sobrepase al Caribe mexicano porque lo tiene todo”.
Puerto Vallarta fue el aeropuerto con mejor recuperación en marzo con 612 mil 900 pasajeros atendidos, 129.6 por ciento más que en el mismo mes de 2021. Las terminales aéreas en destinos de playa mostraron una mejor recuperación, de acuerdo con la Agencia Federal de Aviación Civil (AFAC). El segundo sitio fue para Cancún, con 73.3 más pasajeros movilizados, y en tercero el de San José del Cabo, Baja California Sur, con 69.5 más viajeros.
La inflación es una de las principales preocupaciones para los consumidores. Según el Global State of the Consumer Tracker elaborado por la empresa de consultoría Deloitte, 80 por ciento de los mexicanos reconoce estar altamente preocupado. Ante el aumento de precios y la pérdida de poder adquisitivo, las marcas propias, de retailers —comerciantes que compran grandes cantidades y los venden en pequeñas cantidades al cliente final—, incrementan su demanda.
El encierro por la pandemia del coronavirus provocó un alza de 30 por ciento en venta de focos y luces que se conectan a internet en México, ante la necesidad de hacer más amena la estancia en casa y complementar las opciones de esparcimiento, según Signify, compañía que factura 6.9 mil millones de euros a nivel mundial al año, que el año pasado tuvo un crecimiento de 6.1 por ciento, frente al resto del mercado, que registra una tasa promedio de 3 por ciento.
Lufthansa Cargo es la primera aerolínea que se opone a trasladar operaciones al aeropuerto Felipe Ángeles porque duplicaría costos, es ineficiente y aumenta el flujo vehicular, ya que tendría que utilizar camionetas para regresar la carga al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México; además, necesitaría un almacén más, lo que aumentaría gastos para el movimiento de mercancías, declaró Frank Nozinsky, director para México de la compañía, quien agregó que la aduana jamás permitirá despachar en diferentes lugares. “Tendría que regresar y juntar todos los paquetes para pasar y entregarlos al cliente”.
La carrera supersónica que lideran Estados Unidos, China y Rusia implica tensiones geopolíticas y el involucramiento de fuerzas armadas y grandes empresas aeroespaciales que invierten en el desarrollo de un avión para generar una revolución también turística, según el rotativo español ABC. “Los aviones que viajan a velocidades hipersónicas pueden ser indetectables, y aunque se les lance un misil no lo podrán alcanzar” porque superan la barrera del sonido, conocida como Match 1, en torno a los mil 235 kilómetros por hora.
EN LA OPINIÓN DE:
Navidad, consumo y salud mental: cuando el gasto se convierte en ansiedad
La Navidad debería intensificar el amor, en cambio es una puerta abierta para la ansiedad.
Conciencia Saludablemente
Por: Psicol. Alex Barrera
Cada año, al llegar estas fechas me resulta imposible no pensar en aquel famoso villancico que cuenta la historia de un pequeño niño, que recorre el camino tocando un tambor y en el que encuentro sin duda el mensaje más tierno de Navidad. Y es que este niño carece de todo bien material, pero aun posee algo, algo que es gratis, la música de su tambor que lo acompaña también en su recorrido al encuentro con el que será el Rey, así, ese pequeño en medio del incienso, el oro y la mirra, logra la gran proeza hacer sonreír al niño dios y es que poco es tanto, cuando no se necesita mucho.
Navidad es la época de dar, pero ¿qué es lo que hay que dar? Resulta mi estimado lector, que conforme adviene diciembre, se instala una doble realidad: por un lado, las calles se iluminan, las canciones navideñas inundan espacios y la promesa de alegría parece omnipresente; por el otro, muchas familias sienten una presión creciente por cumplir con expectativas de consumo que parecen ineludibles, porque sí, Navidad, significa dar y dar significa gastar. En México, esta tensión entre celebración y gasto ha adquirido dimensiones cuantificables: según la consultora de mercados Kantar, los mexicanos planean gastar en promedio 6 mil 359 pesos en regalos navideños en 2025, un incremento de 15 % respecto al año anterior.
Estos datos, por sí solos, revelan un fenómeno económico —que tiene implicaciones claras en la intensidad del consumo—, pero también encubren una relación compleja entre la temporada navideña y la salud mental. Porque la Navidad, más allá de regalos y cenas, es un momento donde la expectativa social de felicidad y consumo muchas veces se superpone con presiones financieras, emociones ambivalentes y comparaciones sociales que pueden erosionar la estabilidad emocional de las personas.
El aumento del consumo y sus presiones
Las cifras de gasto proyectadas para esta temporada muestran que, incluso en medio de desaceleración económica, las familias mexicanas no sólo mantienen el consumo navideño, sino que lo intensifican. Kantar estima que el aumento en gasto promedio se acompaña de una mayor recurrencia a tarjetas de crédito y aprovechamiento de promociones como El Buen Fin o Black Friday para financiar compras que de otra manera serían difíciles de costear.
Adicionalmente, estudios como el de Ipsos señalan que hasta 54 % de los mexicanos aumentó su presupuesto para las celebraciones, con más del 50 % utilizando su aguinaldo para financiar estos gastos. Lo anterior no significa que su economía haya mejorado, sino que están dispuestos a gastar más. La combinación del costo de regalos, cenas, decoración, viajes y eventos sociales puede empujar a las familias a tensar sus recursos es aquí donde el asunto toma relevancia pues si bien en esta temporada se recibe dinero extra por aguinaldos, cajas de ahorro o incentivos navideños, los gastos se extienden pues las convivencias sociales aumentan, los gastos se elevan y casi siempre los gastos superan la entrada de dinero por lo que en muchos casos se recurre a endeudamiento innecesario y peor muchos establecimientos promueven el famoso pago tardío que impacta a los consumidores en meses como febrero, mes en el que ya no se cuenta con los incentivos extra, lo cual intensifica el desbalance económico.
Pero el impacto no se limita a las cifras del bolsillo: esas cifras repercuten en el bienestar emocional, generando ansiedad, estrés financiero, sentimientos de insuficiencia y, en algunos casos, crisis profundas de angustia.
¿Por qué el consumo navideño provoca ansiedad?
Desde una perspectiva psicológica, la relación entre consumo y emociones es compleja. Las festividades decembrinas suelen combinar:
- Expectativas sociales elevadas, que inducen comparaciones constantes (¿tengo que dar más y mejores regalos?).
- Presión económica, al intentar cumplir con roles tradicionales de dar y compartir, aun cuando los recursos son limitados.
- Cogniciones de autoevaluación negativa, al comparar lo que se tiene con lo que otros parecen ofrecer o recibir.
- Carga emocional acumulada, que se mezcla con recuerdos familiares, duelos no resueltos o expectativas no cumplidas.
La investigación en psicología del consumo y bienestar indica que la ansiedad financiera está asociada con síntomas de depresión, irritabilidad y conflicto familiar. Un estudio de la Journal of Consumer Psychology encontró que las decisiones de gasto impulsadas por presión social y no por necesidad pueden generar emociones negativas, mayor estrés y sentimientos de arrepentimiento posteriores. (Ver Jones et al., 2016, Journal of Consumer Psychology).
En el contexto navideño, donde la cultura del “mejor regalo”, la celebración perfecta y la constante comparación mediada por redes sociales es omnipresente, las emociones autoevaluativas pueden amplificarse, llevando a un círculo vicioso de sobreconsumo y malestar psicológico.
Deuda, culpa y arrepentimiento
El estrés financiero no es un concepto abstracto: se traduce en síntomas concretos de ansiedad somática (insomnio, tensión muscular), temor anticipatorio (preocupación constante por dinero) y emociones displacenteras persistentes. En muchos casos, las deudas contraídas en diciembre se convierten en cargas que persisten durante todo el año siguiente, alimentando sentimientos de culpa, resentimiento y desasosiego.
Además, existe evidencia de que las personas con historia de ansiedad o estrés crónico presentan respuestas más intensas a presiones económicas estacionales. Por ejemplo, investigaciones sobre estrés financiero y Salud mental han encontrado correlaciones significativas entre preocupación por dinero y aumento de ansiedad y síntomas depresivos (véase American Psychological Association, Stress in America Report).
En otras palabras, más allá de la simple emoción de gastar, hay un impacto emocional profundo asociado a la presión de cumplir con estándares culturales y expectativas consumistas.
Hacia una navidad más saludable emocionalmente
Este panorama no implica demonizar el consumo ni negar la importancia de las celebraciones, sino reconocer que el consumo excesivo y la ansiedad financiera pueden afectar seriamente la salud mental. Si bien recomendamos planear el gasto con anticipación —como lo hacen muchos mexicanos que ya utilizan su aguinaldo de manera estratégica— también es necesario integrar prácticas conscientes que prioricen bienestar sobre presión social.
Entre las acciones que pueden ayudar a mitigar este estrés están:
- Presupuestar con anticipación y apegarse a límites reales, evitando endeudamientos innecesarios.
- Promover celebraciones significativas, centradas en experiencias y relaciones más que en el valor material de los regalos.
- Establecer conversaciones abiertas sobre expectativas económicas en familia, reduciendo la carga emocional asociada al cumplimiento de roles.
Y, sobre todo, debemos recordar que la asistencia terapéutica puede marcar una diferencia sustancial. Un profesional de la salud mental no sólo acompaña en la gestión del estrés financiero, también ayuda a abordar las emociones subyacentes que intensifican la ansiedad navideña: comparaciones sociales, deseos de aprobación, perfeccionismo, recuerdos dolorosos o patrones de consumo impulsivo.
La Navidad puede ser una época de profundas emociones que van desde la alegría hasta la ansiedad. Cuando el consumo se convierte en una fuente de estrés crónico, no solo afecta la economía de las familias, sino también su bienestar emocional y la calidad de sus relaciones.
Integrar prácticas más conscientes, planear con realismo y buscar apoyo cuando las presiones se vuelven abrumadoras, no es renunciar a la celebración, sino construir un enfoque más saludable y sostenible que nos permita disfrutar de estas fechas sin sacrificar nuestra salud mental.
Así entonces sería prudente entender que tomar la filosofía de aquel niño del tambor es el camino más real y saludable para llegar a la navidad, pues en conciencia de lo que se tiene no podemos dar más y sin embargo no por ello deja de ser valioso, Porque la lección más grande de ese villancico es que ese niño ofreció el bello cantico de amor, pero nunca regaló el tambor.
**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial de manera privada.
Si le interesa también puede consultar en:
- Kantar: estudio sobre gasto promedio navideño en México (2025) El Imparcial
- Ipsos: incremento de presupuesto navideño y financiamiento Entre Veredas
- La Jornada: aumento del gasto navideño y uso de crédito La Jornada
- Journal of Consumer Psychology sobre consumo y emociones (Jones et al., 20
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EN LA OPINIÓN DE:
Cuando el estrés se vuelve hogar
En una mente estresada por años, el silencio se vuelve territorios peligrosos ocultando el verdadero mal
Conciencia Saludablemente
Por. Psicol. Alex Barrera
Hubo un tiempo en el que el estrés era una señal de alarma: algo no estaba bien y el cuerpo pedía pausa. Hoy, para muchas personas, el estrés dejó de ser un estado pasajero y se convirtió en una forma de vida. Muchas personas sin darse cuenta aprendieron a vivir aceleradas, hiperconectadas y con la sensación constante de que, si no estamos ocupados o tensos, estamos fallando en algo. El problema no es solo vivir con estrés, sino volverse incapaz de vivir sin él.
Durante años hemos aprendido a vivir con el estrés como si fuera una condición natural de la adultez. “Así es la vida”, decimos, mientras normalizamos el cansancio crónico, la ansiedad constante y la sensación de que, si no estamos ocupados, algo anda mal. Poco a poco, sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si el estrés es inevitable y comenzamos a organizarnos alrededor de él. El problema no es sólo que vivamos estresados, sino que a de que sabemos que existe, no sabemos ni como reconocerlo, es decir, sabemos que existe el estrés, pero no sabemos cómo se siente el estrés, y mucho menos como detenerlo, aunque suene duro muchos hemos desarrollado una incapacidad real para vivir sin estrés.
Y es que cuando el estrés se normaliza, el silencio incomoda. Los espacios de calma generan culpa y la tranquilidad se interpreta como pérdida de tiempo incluso hay quien al intentar detenerlo se encuentra con la respuesta automática del cerebro una rotunda negativa, como si el propio cuerpo se negara a abandonar ese estado. Y lo grave es que aunque el cerebro lo haya normalizado, el generar estrés mantiene los mecanismos del naturales del cuerpo provocando daños clínicos en la salud de las personas.
No hablo del estrés como respuesta adaptativa —ese mecanismo biológico que nos permite reaccionar ante una amenaza real—, sino de un estado permanente de activación que se vuelve identidad. Hay personas que no saben qué hacer cuando no hay pendientes, conflictos o urgencias. El silencio les incomoda. El descanso les genera culpa. La calma se percibe como improductiva, sospechosa, incluso peligrosa. En ese punto, el estrés deja de ser una reacción y se convierte en una forma de vida.
Desde la psicología sabemos que el cuerpo no distingue entre una amenaza real y una simbólica. El sistema nervioso responde igual a un león que a un correo electrónico. Cuando vivimos en estado de alerta constante, el organismo se adapta a esa intensidad. El cortisol y la adrenalina se mantienen elevados y, con el tiempo, el cuerpo aprende a funcionar así. Entonces ocurre algo paradójico: la calma empieza a sentirse extraña, y el estrés se vuelve familiar. Incluso necesario.
Esto explica por qué algunas personas, al tener un fin de semana libre, se enferman, se angustian o buscan inconscientemente un conflicto. No es mala suerte: es un sistema nervioso que no sabe bajar la guardia. La mente, acostumbrada al ruido, interpreta la quietud como vacío. Y el vacío, para muchos, resulta insoportable.
La cultura contemporánea ha hecho del estrés una medalla de honor. Estar ocupados es sinónimo de éxito. Dormir poco es señal de compromiso. Decir “no tengo tiempo” nos valida socialmente. Hemos romantizado el agotamiento al punto de sospechar de quien vive con calma. ¿Qué estará haciendo mal? ¿Por qué no corre como los demás? Así, el estrés deja de ser un problema y se vuelve un valor cultural.
Pero el cuerpo no negocia con las narrativas sociales. El estrés sostenido tiene consecuencias claras: trastornos del sueño, problemas digestivos, enfermedades cardiovasculares, irritabilidad, dificultades de concentración, distanciamiento social, ansiedad y depresión. Lo más grave es que muchas de estas señales se ignoran porque se consideran “normales”. Vivir cansados se vuelve la norma. Sentirse mal, el precio a pagar.
Hay otro aspecto menos visible pero igual de dañino: el estrés constante empobrece la vida emocional. Cuando estamos siempre en modo supervivencia, no hay espacio para el placer, la creatividad ni la introspección. Todo se vuelve funcional. Incluso las relaciones. Escuchamos a medias, convivimos con prisa, respondemos desde la reactividad. Vivir así no sólo desgasta el cuerpo; también nos desconecta de nosotros mismos.
Con frecuencia escucho frases como: “Si me relajo, pierdo el control”, “Si descanso, me atraso”, “Si bajo el ritmo, todo se desmorona”” Hay que seguir” y la más atros “Puedo con eso y más”, todas ellas de personas que puedo ver están a punto de desmoronarse. Detrás de ellas hay una creencia profunda: la idea de que sólo somos valiosos cuando estamos produciendo o resolviendo problemas. El estrés, entonces, se convierte en una forma de sostener la autoestima. Mientras estoy ocupado, existo. Cuando paro, me enfrento al vacío de no saber quién soy sin la urgencia.
En ese sentido, la incapacidad de vivir sin estrés no es sólo fisiológica; es también psicológica. El estrés funciona como anestesia. Mantiene la mente ocupada y evita preguntas incómodas: ¿estoy donde quiero estar?, ¿esto me hace sentido?, ¿qué estoy evitando sentir? Cuando bajamos el ritmo, esas preguntas aparecen. Y no siempre estamos preparados para escucharlas.
La ironía es que muchas personas buscan “manejar mejor el estrés” sin cuestionar por qué viven en un estado que lo genera de manera permanente han olvidado siquiera como se sentían, y casi puedo asegurar que ya ni siquiera lo distinguen. Hacemos yoga, meditamos cinco minutos, tomamos suplementos… pero regresamos a la misma lógica de exigencia. No se trata de eliminar el estrés —eso sería imposible—, sino de dejar de necesitarlo para sentirnos vivos.
Incluso el cerebro puede interpretar como amenazantes los ejercicios orientados a la calma y la relajación cuando ha pasado demasiado tiempo funcionando en modo de alerta. Desde la neurociencia sabemos que el sistema nervioso se adapta a los estados que se repiten con mayor frecuencia; si una persona vive bajo estrés crónico, su cerebro aprende que la activación constante es sinónimo de seguridad.
En ese contexto, prácticas como la respiración profunda, la meditación o el silencio corporal pueden generar incomodidad, ansiedad o inquietud, porque implican “bajar la guardia”. Al disminuir la estimulación externa, emergen sensaciones internas, emociones reprimidas o pensamientos evitados, lo que el cerebro interpreta como pérdida de control.
La amígdala, encargada de detectar amenazas, puede activarse ante esta quietud desconocida, enviando señales de alarma que se manifiestan como nerviosismo, tensión muscular o necesidad urgente de interrumpir el ejercicio. No es que la calma sea peligrosa, sino que resulta extraña para un sistema acostumbrado a sobrevivir desde la urgencia. Por ello, aprender a relajarse no siempre es placentero al inicio; es un proceso de reaprendizaje en el que el cerebro necesita tiempo y acompañamiento para reconocer que el descanso también es un estado seguro.
Aprender a vivir sin estrés no significa abandonar responsabilidades ni aspiraciones. Significa recuperar la capacidad de alternar entre acción y reposo reconociendo conscientemente cual es cual. Dejar que el sistema nervioso recuerde que la calma también es segura. Que no todo es amenaza. Que no todo es urgente. Que el descanso no es un premio, sino una necesidad biológica y emocional y de usar herramientas que me permitan disminuir el estrés en momentos precisos de la vida.
Este reaprendizaje no es sencillo. Para alguien acostumbrado a la hiperactividad, el descanso puede generar ansiedad, irritabilidad o incluso tristeza. Es como quitarle una muleta al cuerpo: al principio duele. Por eso, muchas personas fracasan en sus intentos de bajar el ritmo y concluyen que “no pueden”. No es que no puedan; es que están deshabituándose de un estado que se volvió adictivo.
Aquí es donde la terapia psicológica cobra un papel fundamental. No sólo para enseñar técnicas de relajación, sino para explorar qué función cumple el estrés en la vida de la persona. ¿Qué evita? ¿Qué sostiene? ¿Qué identidad refuerza? Acompañar este proceso permite construir una relación más sana con el tiempo, el cuerpo y las emociones.
Vivir sin estrés constante no es una utopía, pero sí un acto contracultural. Implica cuestionar mandatos, tolerar la incomodidad del silencio y redefinir el valor personal más allá del rendimiento. Implica, en muchos casos, aceptar que hemos estado sobreviviendo cuando podríamos estar viviendo.
Tal vez la pregunta no sea cómo eliminar el estrés, sino algo más incómodo y honesto: ¿qué parte de mí no sabe existir sin él? Mientras no nos atrevamos a responderla, seguiremos corriendo, no porque sea necesario, sino porque detenernos nos confronta con una calma que aún no sabemos habitar.
**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial de manera privada.
Si le interesa el tema puede profundizar en los siguientes textos:
American Psychological Association. (2020). Stress effects on the body.
https://www.apa.org/topics/stress/body
Describe cómo el estrés crónico mantiene al sistema nervioso en estado de alerta y dificulta la activación de respuestas de relajación.
Porges, S. W. (2011). The polyvagal theory: Neurophysiological foundations of emotions, attachment, communication, and self-regulation. W. W. Norton & Company.
https://wwnorton.com/books/9780393707007
Explica cómo el sistema nervioso autónomo puede interpretar estados de calma como inseguros cuando el organismo está habituado a la hiperactivación.
Van der Kolk, B. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. Viking.
https://www.penguinrandomhouse.com/books/215391/the-body-keeps-the-score-by-bessel-van-der-kolk-md/
Aborda cómo personas con estrés prolongado o trauma pueden experimentar ansiedad al intentar relajarse o meditar.
Thayer, J. F., & Lane, R. D. (2000). A model of neurovisceral integration in emotion regulation and dysregulation. Journal of Affective Disorders, 61(3), 201–216.
https://doi.org/10.1016/S0165-0327(00)00338-4
Expone cómo la regulación emocional deficiente hace que el sistema nervioso perciba la calma como una pérdida de control.
Treleaven, D. A. (2018). Trauma-sensitive mindfulness: Practices for safe and transformative healing. W. W. Norton & Company.
https://wwnorton.com/books/9780393709780
Analiza por qué prácticas de mindfulness pueden activar ansiedad en personas con sistemas nerviosos hipervigilantes.
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