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Viernes Santo la Pasión de nuestro Señor Jesucristo

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Isaías 52, 13 — 53, 12
Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho.
Como muchos se espantaron de él porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito.
¿Quién creyó nuestro anuncio?; ¿a quién se reveló el brazo del Señor?
Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza.
Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado.
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.
Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.
Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.
Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.
Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién se preocupará de su estirpe? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron.
Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano.
Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento.
Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.
Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre.
Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

Salmo 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25
Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo.
A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás.

Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle, y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto, me han desechado como a un cacharro inútil.

Pero yo confío en ti, Señor;
te digo: «Tú eres mi Dios».
En tu mano están mis azares:
líbrame de los enemigos que me persiguen.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor.

Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9
Hermanos:
Ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe.
No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno.
Cristo, en efecto, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 — 19, 42
C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:

  • «¿A quién buscáis?».
    C. Le contestaron:
    S. «A Jesús, el Nazareno».
    C. Les dijo Jesús:
  • «Yo soy».
    C. Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
  • «¿A quién buscáis?».
    C. Ellos dijeron:
    S. «A Jesús, el Nazareno».
    C. Jesús contestó:
  • «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos».
    C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».
    Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
  • «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».
    C. La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».
    Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:
    S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».
    C. Él dijo:
    S. «No lo soy».
    C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
    El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.
    Jesús le contestó:
  • «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».
    C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
    S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?».
    C. Jesús respondió:
  • «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
    C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.
    C. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
    S. «¿No eres tú también de sus discípulos?».
    C. Él lo negó, diciendo:
    S. «No lo soy».
    C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
    S. «¿No te he visto yo en el huerto con él?».
    C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.
    C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
    S. «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?».
    C. Le contestaron:
    S. «Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».
    C. Pilato les dijo:
    S. «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley».
    C. Los judíos le dijeron:
    S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».
    C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
    Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
    S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
    C. Jesús le contestó:
  • «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».
    C. Pilato replicó:
    S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
    C. Jesús le contestó:
  • «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
    C. Pilato le dijo:
    S. «Entonces, ¿tú eres rey?».
    C. Jesús le contestó:
  • «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
    C. Pilato le dijo:
    S. «Y, ¿qué es la verdad?».
    C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
    S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».
    C. Volvieron a gritar:
    S. «A ese no, a Barrabás».
    C. El tal Barrabás era un bandido.
    C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
    S. «Salve, rey de los judíos!».
    C. Y le daban bofetadas.
    Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
    S. «Mirad, os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».
    C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
    S. «He aquí al hombre».
    C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
    S. «Crucifícalo, crucifícalo!».
    C. Pilato les dijo:
    S. «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».
    C. Los judíos le contestaron:
    S. «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».
    C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús:
    S. «¿De dónde eres tú?».
    C. Pero Jesús no le dio respuesta.
    Y Pilato le dijo:
    S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».
    C. Jesús le contestó:
  • «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».
    C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
    S. «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».
    C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo “Gábbata”). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.
    Y dijo Pilato a los judíos:
    S. «He aquí a vuestro rey».
    C. Ellos gritaron:
    S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».
    C. Pilato les dijo:
    S. «¿A vuestro rey voy a crucificar?».
    C. Contestaron los sumos sacerdotes:
    S. «No tenemos más rey que al César».
    C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
    C. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, e! Nazareno, el rey de los judíos».
    Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
    Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
    S. «No escribas “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».
    C. Pilato les contestó:
    S. «Lo escrito, escrito está».
    C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
    S. «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».
    C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.
    C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
  • «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
    C. Luego, dijo al discípulo:
  • «Ahí tienes a tu madre».
    C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
    C. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
  • «Tengo sed».
    C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
  • «Está cumplido».
    C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
    C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura:
    «No le quebrarán un hueso»;
    y en otro lugar la Escritura dice:
    «Mirarán al que traspasaron».
    C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.
    Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Los acontecimientos en su marco histórico.
La crucifixión de Jesús es uno de los acontecimientos de la vida de Jesús más auténtico y menos discutido a lo largo de la historia.
¿Por qué la crucifixión? ¿Rebeldes contra Roma?
Sabemos que los judíos no tenían, en tiempo de Jesús, el poder de ejecutar ninguna sentencia de muerte. Podían dictar la sentencia pero no ejecutarla. Por eso Jesús fue crucificado y lapidado como correspondía a quien era acusado de blasfemia según las leyes veterotestamentarias. La crucifixión reservarse para los rebeldes contra Roma.
Pilato creyó que Jesús era un zelota o rebelde contra Roma ¿corresponde a la historia?
Así le fue presentada la sentencia del Sanedrín en la versión de Lucas 23,1ss.:”Hemos encontrado a éste alborotando a nuestra nación, impidiendo pagar tributo al César, y diciendo que él es el Mesías, el rey”. Ciertamente menudearon personajes que pretendieron ser el mesías y provocaron violencia y levantamientos contra Roma. Una lectura atenta del conjunto de los cuatro relatos evangélicos impiden concluir lo mismo en el caso de Jesús. Rechazó (tercera tentación) la oferta de un liderazgo político-militar. Sus palabras contra la violencia. Sus palabras en el episodio del impuesto al César. El relato actual de los evangelios nos prohíben pensar que Jesús fuera un revolucionario político-militar. Otra cosa es cómo pudiera interpretarse su total libertad de movimientos, comportamientos e interpretaciones de la ley y prácticas de los judíos.
Las motivaciones de la muerte violenta de Jesús.
Muchas y complicadas fueron las causas que se entretejieron para desembocar en la sentencia de muerte de Jesús. Luego nos referiremos a las causas teológicas. Jesús se comportó siempre con absoluta fidelidad y a la vez libertad frente a la ley de Moisés. Mantuvo una actitud crítica frente a las prácticas judías. Denunció la hipocresía en la conducta de los maestros de la ley y fariseos. Practicó la comensalía abierta mediante la cual rompía las fronteras de los estamentos sociales entre los judíos y las normas de los adecuados distanciamientos. Se le consideró amigo de los pecadores a quienes acogía y con quienes comía gustosamente. Todas estas causas y otras complementarias confluyeron en su muerte violenta.

Los acontecimientos cristológicos.
Ante el Sanedrín.
Es necesario subrayar la presencia de Jesús ante el Sanedrín. Los tres relatos evangélicos (Juan lo es a su manera) son concordes en narrarnos esta escena que ciertamente está cargada de interpretación cristológica. Jesús se encuentra ante el sacrosanto tribunal de Israel compuesto, a partes iguales, entre estas tres categorías de personas: los sacerdotes, los maestros de la ley y los senadores o ancianos. Representan lo mejor de Israel. Se encuentran frente a frente los representantes de una esperanza multisecular y Jesús, el verdadero Mesías. Se trata, por tanto, de un asunto de trascendental importancia para la historia de la salvación y para la humanidad. ¿Dónde está la blasfemia de Jesús? En la perspectiva del tribunal la blasfemia consistió en que Jesús se arrogó las prerrogativas del Mesías, el enviado de Dios, cuando a todas luces no era encajaba en su imagen del Mesías. El proceder del tribunal era lógico desde su punto de partida.
Es importante subrayar lo que realmente estaba en juego. Toda la vida de ministerio de Jesús fue un continuado proceso del pueblo de Israel contra él. En este sentido es especialmente iluminador el relato joánico, sobre todo a partir del capítulo 7 hasta el 12. No fue un asunto aislado. Todo el comportamiento de Jesús colocó a Israel frente a una grave disyuntiva: o aceptaban su misión y tenían que cambiar ridículamente las estructuras religiosas o lo rechazaban por falso reformador. No les quedaba otra alternativa. En definitiva, la muerte de Jesús es el resultado de una comportamiento coherente.
Sería importante también insistir que hay que entrar un poco en la intimidad de Jesús para percatarnos de sus sentimientos profundos al ver cómo Israel, el pueblo de la esperanza mesiánica, le rechaza a él que era el verdadero Mesías. Israel se condena a las tinieblas al rechazar la última y definitiva revelación de Dios. Esto causaba a Jesús un sufrimiento profundo, sutil y muy superior al sufrimiento físico (limpio e importante). El rechazo de su persona y de su misión.
El proceso ante el Sanedrín es un modelo y un espejo para cuantos se sienten perseguidos, maltratados o incomprendidos por razones de justicia, de conciencia o de coherencia en los comportamientos. Es necesario que los creyentes asuman esta tarea, como Jesús, en medio de un mundo que busca poco la verdad que libera al hombre en profundidad. Los creyentes somos llamados a vivir en este mundo nuestro la prolongación de las actitudes de Jesús en su Pasión. De este modo rebasaremos los aspectos externos de estos días tan singulares, para entrar en el núcleo verdadero y en su contenido.

La Crucifixión: los personajes.
Es importante prestar atención a los personajes que se encuentran en el calvario. Cada uno de ellos representa una actitud especial. Presentando estos datos plásticamente se hace más comprensible el mensaje de lo que allí acontece. Nos atenemos a los relatos evangélicos y, por tanto, a la comprensión que de los hechos (siempre más sobrios) tuvo la Iglesia primitiva y recogieron los evangelistas. Sabemos que los relatos transmiten hechos y teología. Jesús, María, los dos ladrones, el pueblo, etc. contribuyen para encontrar el sentido de los hechos.
Conviene destacar, además de la persona de Jesús que es el centro, la figura de María. Es presentada en los relatos evangélicos como Madre de Jesús, como Madre de Dios y como una discípula de Jesús siempre en crecimiento en la fe. Toda la vida de María fue una búsqueda incansable y una profundización siempre más rica en la persona y en la obra de Jesús. El hecho de estar junto a Jesús en la Cruz revela que su discipulado ha llegado a la madurez, que ha superado el escándalo aparente de la Cruz, que su integración en la misión de su Hijo ha sido llevada hasta su término. En la versión de Juan este aspecto aparece con especial fuerza y hermosura: Jesús se la entrega como Madre al mejor de los discípulos (Juan), ella que es la mejor de las discípulas; es proclamada Madre de la Iglesia, comunidad de los discípulos de Jesús siempre en peregrinación.

Actitud de Jesús en la Cruz.
La actitud de Jesús se manifiesta en sus gestos y en sus palabras. La versión que los evangelistas nos han conservado en sus escritos nos recuerdan que Jesús debió pronunciar siete palabras. Todas ellas están relacionadas con su misión anterior. Todas ellas se pueden y se deben interpretar a la luz de su comportamiento. Los gestos y las palabras de Jesús corresponden con coherencia a su comportamiento durante los años de ministerio.

Significación teológica de este acontecimiento.
La Cruz expresión suprema del amor de Dios.
Esta es la raíz profunda que ilumina y da su sentido a lo que está ocurriendo en el Calvario. Así lo entendieron los evangelistas. Cristo en la Cruz es la suprema expresión del amor de Dios al mundo. Es el momento supremo de la revelación de la auténtica personalidad y misión de Jesús. La Cruz está al final de la carrera de Jesús en la visión de Marcos especialmente (aunque no exclusivamente). El poder de Dios misericordioso se revela especialmente en la Cruz. Los milagros realizados por Jesús eran sólo un pálido anticipo.
Pablo nos ofrece algunos textos muy importantes para la comprensión del misterio de la Cruz: 1Cor 1 y Flp 2.

La Cruz no es un fracaso sino una victoria.
Los evangelistas nos recuerdan, para interpretar el misterio de la Cruz, que la muerte de Jesús fue acompañada por la presencia de tinieblas. Estas tienen un sentido simbólico a partir de algunos textos profético. Las tinieblas acompañan en la descripción del Día de Yahvé. Ahora bien, el día de Yahvé es el día de la salvación definitiva. Por tanto, cuando los narradores nos recuerdan la presencia de tinieblas en el calvario nos enseñan que en la muerte de Jesús Dios está actuando definitivamente la salvación. Por los sufrimientos, Jesús aprendió a obedecer y encontrarse con la voluntad genuina de Dios. Y eso se produce en sus discípulos. El creyente es un testigo vivo, en medio del mundo, del amor de Dios desde y en la cruz dolorosa y gozosa. Sólo el creyente puede transmitir esta sabiduría y poder del amor de Dios. Y el mundo lo necesita.

Fuerza liberadora de la Cruz.
Para la comprensión global de esta acción liberadora de Cristo en la Cruz nada más adecuado e iluminador que una lectura conjunta de estos textos: Lc 14,25-33; Jn 8,31ss; 1Cor 1,17-31; Gl 6,14-17; 1Jn 4,7-21.
De la interacción de unas afirmaciones con otras resulta esta imagen:

  • Para ser discípulo de Cristo hay que renunciar a todo (incluso a sí mismo), tomar su Cruz y seguirle (Lucas);
  • para ser discípulos de Jesús es necesario permanecer fieles a su Palabra que es la verdad y que es la única que proporciona la libertad (Juan);
  • la Cruz de Cristo es el valor que tergiversa y subvierte todos los demás valores en los que el hombre cree encontrar su libertad y su felicidad como son el poder, el bienestar, el prestigio, la ciencia humana (1Corintios);
  • conseguida la liberación, el discípulo descubre que la Cruz es un motivo de gloria, es el único valor que merece realmente su atención (Gálatas);
  • finalmente, descubre que si es posible conseguir la libertad de los hijos de Dios es porque Cristo en la Cruz es la suprema expresión del amor del Padre en favor de la humanidad esclavizada por lo único que no la deja realizarse: el pecado (1Juan).

Sólo se puede amar al otro de verdad en la dimensión de la Cruz, es decir, cuando se descubre y se experimenta el amor que el Padre nos tiene a todos los hombres. Por eso podemos comprender la fuerza liberadora de la Cruz.
Cristo en la cruz nos libera de la Ley
¿Cómo se realiza esta liberación? Descubriendo el verdadero sentido de la ley como expresión de la voluntad de Dios y el verdadero sentido de la obediencia. Cristo en la Cruz es el hombre más libre y más obediente a la vez. Vive y nos revela el verdadero origen y fuente de la libertad genuinamente humana: el encuentro con la voluntad luminosa y amorosa del Padre que engendra libertad.
Cristo en la Cruz nos libera del pecado
Según el relato histórico-salvífico, el pecado es extraño a los planes de Dios. El pecado no forma parte (en esta visión histórico-salvífica) del proyecto de Dios sobre el hombre. El pecado destruye al hombre, en modo alguno contribuye a su humanización. Por eso Cristo se hizo semejante a nosotros en todo menos en el pecado (Hb 4,15). Jesús nos libera del pecado al restituirnos al verdadero proyecto de Dios sobre el hombre para su realización y su felicidad.Cristo en la Cruz nos libera de la muerte.
Nos revela definitivamente que Dios es un Dios de vivos y para la vida y no un Dios de muertos ni para la muerte. Así nos lo había dicho Jesús en su ministerio (Mc 12). Dios nos hizo para la vida. Este texto de la Carta a los Hebreos es iluminador: “Pues como los hijos participan en la sangre y en la carne, de igual manera él participó en las mismas, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo, y librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre (Hb 2,14-18). Cristo en la Cruz nos libera de un mal incrustado en la profundidad de la conciencia humana: el temor a la muerte y a los anticipos de la muerte como son el sufrimiento, la soledad y la incapacidad humana.
Gloriarse en la Cruz
“Los que quieren gloriarse en la carne, ésos os fuerzan a circuncidaros sólo para no ser perseguidos por motivo de la cruz de Cristo… Cuanto a mí jamás me gloriaré a no ser en la Cruz de Cristo nuestro Señor por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gl 6,11-14). Gloriarse es considerar el objeto en que nos gloriamos como el más preciado trofeo. En la entrada triunfal de los generales romanos cuando vuelven victoriosos de alguna campaña militar lo hacen acompañados de sus trofeos de victoria. ¡Para Pablo y para todo fiel discípulo de Jesús no hay otro trofeo de victoria, de gloria, de triunfo que la Cruz de Cristo!. He ahí la novedad radical del cristianismo. He ahí nuestro programa más ambicioso.

Juan 18, 1 — 19, 42
«Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza entregó el espíritu».
Es el día de la Cruz victoriosa, desde donde Jesús nos dejó lo mejor de Él mismo: María como madre, el perdón —también de sus verdugos— y la confianza total en Dios Padre.

Lo hemos escuchado en la lectura de la Pasión que nos transmite el testimonio de san Juan, presente en el Calvario con María, la Madre del Señor y las mujeres. Es un relato rico en simbología, donde cada pequeño detalle tiene sentido. Pero también el silencio y la austeridad de la Iglesia, hoy, nos ayudan a vivir en un clima de oración, bien atentos al don que celebramos.

Ante este gran misterio, somos llamados —primero de todo— a ver. La fe cristiana no es la relación reverencial hacia un Dios lejano y abstracto que desconocemos, sino la adhesión a una Persona, verdadero hombre como nosotros y, a la vez, verdadero Dios. El “Invisible” se ha hecho carne de nuestra carne, y ha asumido el ser hombre hasta la muerte y una muerte de cruz. Pero fue una muerte aceptada como rescate por todos, muerte redentora, muerte que nos da vida. Aquellos que estaban ahí y lo vieron nos transmitieron los hechos y, al mismo tiempo, nos descubren el sentido de aquella muerte.

Ante este hecho, nos sentimos agradecidos y admirados. Conocemos el precio del amor: «Nadie tiene mayor amor que el de dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). La oración cristiana no es solamente pedir, sino —antes de nada— admirar agradecidos.

Jesús, para nosotros, es modelo que hay que imitar, es decir, reproducir en nosotros sus actitudes. Hemos de ser personas que aman hasta llegar a ser un don para los demás, que confiamos en el Padre en toda adversidad.

Esto contrasta con la atmósfera indiferente de nuestra sociedad; por eso, nuestro testimonio tiene que ser más valiente que nunca, ya que la donación de Cristo es para todos. Como dice Melitón de Sardes, «Este es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. Él es la Pascua de nuestra salvación».

«La cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre» (San Juan Pablo II)

«El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona. Dios sólo pudo superar la culpa y el sufrimiento de los hombres interviniendo personalmente, sufriendo Él mismo en su Hijo, que ha llevado esa carga y la ha superado mediante la entrega de sí mismo» (Benedicto XVI)

«Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: ‘¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!’ (Jn 12, 27). ‘El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?’ (Jn 18,11). Y todavía en la cruz antes de que ‘todo esté cumplido’ (Jn 19,30), dice: ‘Tengo sed’ (Jn 19,28)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 607)

EL SEÑOR LES DA LA PAZ

Fuente: Jorge Armando Girón Sosa

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LA TRANSFIGURACION DEL SEÑOR

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Génesis 12, 1-4a
El Señor dijo a Abrán:
«Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.
Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».
Abrán marchó, como le había dicho el Señor.

Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme, en los que esperan su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

2 Timoteo 1, 8b-10
Querido hermano:
Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.

Mateo 17, 1-9
Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

La confianza en Dios, base de la religión.
El relato de la vocación de Abrahán abre las lecturas de este segundo domingo de cuaresma. Es un relato que viene a manifestar la promesa de Dios que nunca abandonará a la humanidad. En Gn 1-11 se ha repasado, sucintamente, con alardes literarios y casi míticos, el misterio de la humanidad en general, que poco a poco ha querido emprender un camino independiente del Creador. Si debemos reconocer que lo allí descrito no puede ser “historia pura”, la verdad de todo está en llegar a la situación en la que es necesaria de nuevo la mano de Dios para poner su obra creadora en armonía con su proyecto de salvación. Es por eso que Gn 12 es tan importante desde el punto de vista de la “historia de la salvación”. Dios siempre encuentra hombres o grupos para que su obra pueda seguir teniendo esa categoría creacional buena.

Ya en esos capítulos anteriores se ponía de manifiesto, puntualmente, el proyecto salvífico de Dios, que nunca podía guardar silencio ante las acciones de los hombres; pero quizás las cosas se presentan allí con una cierta mentalidad pesimista. Ahora ese proyecto salvífico del Creador se va a hacer muy concreto con el “padre de los creyentes”, con Abrahán. Este personaje, al que se hace originario de la cuenca de los dos ríos de Mesopotamia, de Caldea, donde existía una cultura muy antigua, se le pide abandonar la tierra, los lazos de siempre, porque Dios quiere comenzar algo nuevo en un sitio menos deslumbrante ¡no olvidemos este detalle!. De entre aquellos nombres oscuros y sin grandeza enumerados en las páginas precedentes del Génesis, surge Abrahán y con él se pone de manifiesto la virtud del creyente que se fía rotundamente de Dios y que busca una luz nueva.

La carta a los Hebreos (11, 8-10) describe profundamente ese momento: se fue a una tierra extraña, sin saber adónde iba. Pero Dios no falla nunca; pide, pero siempre responde. Abrahán debe dejar detrás la cultura de los ziggurat, la grandiosidad de los dioses mesopotámicos que no han llenado, a pesar de todo, la vida de los hombres. Atrás queda Babel, los intereses de los pueblos y ciudades, sus confusiones y orgullos…, porque Dios, un Dios con corazón, le quiere brindar a él, y con él a la humanidad, una vida con más sentido. Babilonia es la encarnación de todas las potencias políticas que han hecho derramar sangre y lágrimas a la humanidad. Dios, el Dios creador, no quiere eso para la humanidad… y Abrahán emprenderá, según nuestro relato, el camino de la fe, de la confianza (emunah) absoluta en Dios. Comienza así, idílicamente si queremos, una nueva manera de entender la religión como experiencia de confianza en Dios creador y salvador. Esta es la clave de la fe de Israel. Los dioses babilónicos serían “muy cultos”, pero nunca quisieron la confianza de los hombres, sino el someterlos.

La pasión del evangelio como salvación.
El autor de este texto epistolar, presuntamente Pablo, recomienda a su discípulo Timoteo que se haga cargo de la misión y vocación que ha recibido de parte de Dios: anunciar el evangelio. Es un texto hermoso, de un buen discípulo de Pablo si es que aceptamos, como máxima probabilidad, que Pablo no lo escribiera. La mímesis o adaptación al pensamiento paulino es encomiable. Conceptos como testimonio (martyrion), fuerza de Dios (dynamis theou), el verbo salvar y llamar (sôsantos… kai kalésatos), obras frente a gracia (erga-charis). Todo esto tiene como objetivo final destruir la muerte (thánatos) y ofrecernos la inmortalidad (aphtharsía) por medio del evangelio. Muchas cosas son de Pablo, otras suponen una evolución de su pensamiento. Pero las afirmaciones, todas, son un buen ejemplo del kerygma cristiano, de aquello que se debe proclamar al mundo.

Es la tarea más arriesgada de un hombre comprometido con una comunidad. Por ello, anunciar el evangelio no es relatar cosas o doctrinas carentes de sentido. Al contrario, como buena noticia que es, y como los hombres necesitan estas buenas noticias para vivir, se debe poner de manifiesto que Dios nos ha salvado. Eso, independientemente de nosotros; porque el plan de Dios, como se expresa el autor de Timoteo, es un proyecto de gracia. Y ese plan tiene un nombre concreto, una historia que puede conocer toda la humanidad; se trata de Jesús de Nazaret, el Mesías cristiano, quien ha venido para destruir la muerte, el pecado, el odio… y para darnos una esperanza nueva. El cristianismo se fundamenta en esto, y como Abrahán debemos poner en ello toda nuestra “confianza”, porque tenemos, además, la garantía de Cristo.

La Transfiguración, la transformación de lo divino en lo humano.
Todos los años, en el segundo domingo de cuaresma, leemos el relato de la transfiguración. Corresponde, pues, en este domingo leer el texto de Mateo. Los pormenores del este relato mateano no nos alejaría mucho de su fuente, que es Marcos (9, 2ss). Lucas (9, 28ss) sí se ha permitido una autonomía más personal (como la oración, por dos veces, que es tan importante en el tercer evangelista y otros pormenores, como cuando Moisés y Elías hablan de su “éxodo”). Para el evangelista Marcos es el momento de emprender el viaje a Jerusalén y este es el punto de partida; Lucas ha querido adelantar la Transfiguración antes de emprender de una forma decisiva el “viaje” (9, 51ss). Por tanto, Mateo es el más dependiente de Marcos a todos los efectos literarios. Deberíamos pensar que una experiencia muy intensa vivida por Jesús con algunos de sus discípulos, ha marcado la tradición de esta narración.

El hecho de que esté en este momento, tras la predicación de Jesús en Galilea y ya a las puertas de emprender el viaje definitivo a Jerusalén, resulta elocuente. No podemos negar que esta narración está concebida con el tono apocalíptico y con el lenguaje veterotestamentario pertinentes. Las dos columnas del AT, Moisés y Elías son testigos privilegiados de esta “experiencia”, en el monte (que nosotros lo conocemos como el Tabor, pero que no está identificado en el texto, y no es necesario). Porque el “monte” en cuestión es un símbolo, un lugar sagrado, un templo, el cielo… Precisamente esos dos personajes del AT tuvieron con Dios su experiencia en el monte, el Sinaí o el Horeb que es lo mismo. Por tanto, ya podemos llegar a percibir unas claves concretas de lectura a partir de estas semejanzas con los personajes mencionados. Por una parte están esos personajes para ser testigos de la “intimidad” de Jesús, el Hijo de Dios, pero en su necesidad más humana… Jesús, no es un impostor que habla del Reino a los hombres sin autoridad. Moisés y Elías testifican que no es así… si “conversan” con él es porque ellos le conceden a Jesús el “testigo” definitivo de la revelación. Pero este no es solamente un nuevo Moisés o un nuevo Elías… es el Hijo, como hace notar la voz celeste: escuchadlo!

Independientemente de la fisonomía literaria y teológica del relato, con las cartas marcadas por la cristología que respira la narración, nos preguntamos: ¿Qué significa la transfiguración? La transformación luminosa de Jesús delante de sus discípulos, ya camino de Jerusalén y de la pasión, es como un respiro que se concede Jesús para ponerse en comunicación con lo más profundo de su ser y de su obediencia a Dios. Jesús lee, digamos, su propia historia a la luz de su obediencia a Dios con objeto de llevar adelante ese plan de salvación para todos los hombres. Jesús no sube al monte de la transfiguración siendo el Hijo de Dios de la alta cristología, sino el hombre-profeta de Galilea que pregunta a Dios si el camino que ha emprendido se cumplirá. Por eso Lucas pone tanto interés en la oración, porque estas cosas se preguntan y se viven en la oración. Y las respuestas de Dios se escuchan también en la experiencia de la oración. De esa manera, los dos personajes que se presentan acompañando a la nube divina, Moisés y Elías, representantes cualificados del Antiguo Testamento, indican que ahora es Jesús quien revela a Dios y a su mundo. Los discípulos le acompañan, pero no pueden percibir más que una especie de sosiego que les lleva a pedir y desear “plantarse” allí, construir tiendas en lo alto del monte.

Pero los hombres están abajo, en la tierra, en la historia, y se les invita a bajar, como una especie de vocación; deben acompañar a Jesús, recorrer con él el camino de Jerusalén, porque un día ellos deben anunciar la salvación a todos los hombres. Jesús decide bajar de ese monte y pide a los suyos que le acompañen. Viene de “arriba” con la confianza absoluta de que su Dios lo ama… y ama a los hombres. Pero en Jerusalén no le otorgarán la autoridad que ahora le han concedido Moisés y Elías. También un día Moisés tuvo que bajar del Sinaí y se encontró con la realidad de un pueblo que se había fabricado un becerro de oro (Ex 32, 1-35); Elías también descendió del Horeb (1Re 19), sabiendo que lo perseguirían las huestes de Jezabel que querían imponer a los dioses cananeos. Jesús tuvo que aclarar en el “monte” si su mensaje y su vida eran la voluntad de Dios. La voz celeste, por muy apocalíptica que suene, lo deja claro.

¿Se debe o no se debe subir al monte de la transfiguración? Desde luego que sí. Y este es un relato que nos habla de la búsqueda de Dios y de su voluntad en la “contemplación” y en la “oración”. Esta es una de las razones por las que el relato de la transfiguración figura en la liturgia de la Cuaresma. No obstante, la enseñanza es palmaria: lo contemplado debe ser llevado a la vida de cada día, de cada hombre. Como Abrahán tuvo que dejar su tierra, los discípulos deben dejar la “altura infinita” del monte para abajarse, porque ese evangelio que ellos han vivido, deben anunciarlo a todos los hombres cuando Jesús resucite de entre los muertos. Probablemente Jesús vivió e hizo vivir a los suyos experiencias profundas que se describen como aquí, simbólicamente, pero siempre estuvo muy cerca de las realidades más cotidianas. No obstante, ello le valió para ir vislumbrando, como profeta, que tenía que llegar hasta dar la vida por el Reino. Se debe subir, pues, al monte de la transfiguración, para bajar a iluminar la vida.

Mateo 17, 1-9
«Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle»
Iniciada la Cuaresma, la liturgia de la Palabra nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración del Señor: «Jesús los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos» (Mt 17, 1-2), una experiencia que ellos no olvidarán (por ejemplo, 2Pe 1, 16-19). Que Cristo nos transforma la vida, es una experiencia de la que, poco o mucho, todos podemos dar testimonio. Tantas veces el Señor nos da vida haciendo que pequeños gestos de nuestra existencia ordinaria se transformen en hechos extraordinarios.

Tantas veces nuestras oraciones y peticiones se hacen realidad y nos sorprenden, como la presencia resplandeciente de Jesús, que hoy deja boquiabiertos a Pedro, Santiago y Juan. Porque Jesús es la revelación del amor del Padre en nosotros. Y, entonces, podemos hacer nuestras las palabras de Simón Pedro: «Señor, bueno es estarnos aquí» (Mt 17, 4).

Pero, acto seguido, el Padre nos invita a tomar una actitud que tanto nos cuesta poner en práctica: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (Mt 17, 5). En varias ocasiones el Papa León XIV nos ha hecho la reflexión de que «Cristo transforma la vida y nos llama a escucharlo». Esta es la clave de la Transfiguración: escuchar al Hijo de Dios. Escuchar a la Palabra… significa también prestar atención a nuestros pastores, escuchar al hijo o la hija con inquietudes, o a aquella persona que vive en soledad o desesperación, o al enfermo… y, sobre todo, escuchar a nuestro corazón en oración, desde donde el Señor nos habla.

«Levantaos, no tengáis miedo» (Mt 17, 7), les dice Jesucristo inmediatamente. La Transfiguración es también un anticipo de la Resurrección. Nos recuerda que, tras la cruz, está la Gloria. En los momentos de oscuridad, enfermedad o sufrimiento, esta escena nos da esperanza: la última palabra no la tiene el dolor, sino la luz. Ojalá que esta actitud de sorpresa, esperanza y escucha nos acompañe especialmente en esta segunda semana de Cuaresma.

«En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara su fe» (San León Magno)

«‘Escúchenlo’. Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, los discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras» (Francisco)

«Los Evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su ‘Hijo amado’. Jesús se designa a sí mismo como ‘el Hijo Único de Dios’ (Jn 3,16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en ‘el Nombre del Hijo Único de Dios’ (Jn 3,18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 444)

EL SEÑOR LES DA LA PAZ

Fuente: Jorge Girón Sosa

presbítero

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Fé & Religión

FALLECE MONS. PEDRO PABLO ELIZONDO CÁRDENAS, PRIMER OBISPO DE LA DIÓCESIS DE CANCÚN‑CHETUMAL

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La comunidad católica de Quintana Roo y de todo el país se encuentra de luto tras el fallecimiento de Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, obispo emérito de Cancún‑Chetumal, quien murió este jueves a los 76 años. Su partida deja un profundo vacío en la vida pastoral de la región, donde durante dos décadas ejerció un liderazgo cercano, firme y profundamente humano.

Nacido en San José de Gracia, Michoacán, en 1949, ingresó al noviciado de los Legionarios de Cristo a los 17 años y fue ordenado sacerdote en 1982. Su formación en Roma, en instituciones como la Universidad Pontificia Gregoriana y la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino, marcó su visión pastoral y su estilo de servicio, siempre orientado a la evangelización y al acompañamiento espiritual.

En 2004 fue nombrado Obispo Prelado de Cancún‑Chetumal, y en 2020 se convirtió en el primer obispo de la recién erigida diócesis. Durante su ministerio impulsó la formación de agentes pastorales, la participación de laicos, la atención a comunidades vulnerables y la consolidación de parroquias en una región en constante crecimiento. Su carácter afable, su capacidad de escucha y su entrega total al servicio lo convirtieron en una figura muy querida por sacerdotes, familias y jóvenes.

Quienes trabajaron con él destacan su disciplina, su claridad doctrinal y su sensibilidad humana. Mons. Elizondo fue un pastor que caminó con su pueblo, que acompañó procesos comunitarios y que mantuvo siempre un profundo amor por la misión evangelizadora. En diciembre de 2025 presentó su renuncia por edad, asumiendo el título de obispo emérito.

Su fallecimiento ha generado numerosas expresiones de condolencia dentro y fuera de la Iglesia, donde se reconoce su legado como constructor de comunidad y guía espiritual.

La Iglesia en México despide hoy a un pastor entregado, un hombre de fe y un servidor incansable. Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas deja una huella imborrable en la vida de miles de fieles que encontraron en él orientación, consuelo y esperanza. Que su memoria permanezca viva en cada obra que impulsó y en cada corazón que tocó. Que descanse en la paz del Señor.

5to Poder Periodismo ConSentido y su equipo de colaboradores se une en oración por Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, que con su gran enseñanza amor y buenas obras nos enseño a amar Jesús, amar a dios, a nuestro prójimo y le damos nuestro mas sentido pésame a su familia, tuvimos muchas veces la bendición de estar cercano a el y reconocemos que fue un gran ser humano, su forma de ser, la paz que transmitía, su sencillez, su alegría que contagiaba a la gente, siempre con un mensaje de paz y amor, lamentamos su fallecimiento pero sabemos que ya esta en la gloria disfrutando en la casa del Padre.

Dos grandes hombres amigos y sacerdotes que ya están juntos en la casa del padre.

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