Opinión
La tragedia en las marinas de Acapulco
“Humanosfera”
Por. Wilbeth Esquivel
Les llamaré los náuticos, tratando de definir a ese grupo de hombres que principalmente tienen vidas que están relacionadas con el mar.
Abarca mi definición tanto a los recreativos, turisteros y comerciales.
Estoy tratando de entender cómo es que más de 60 familias tienen pérdidas humanas en la marina Acapulco, Malecón y el club de Yates.
Amigos de Puerto Morelos que son guerrerenses me han mostrado testimonios y videos de muchos muertos en ese grupo.

Sean patrones dueños de una embarcación, capitanes encargados o marineros, incluso encargados de los muelles en las marinas o mecánicos, fibreros, carpinteros, electricistas o lo que sea, todos viven monitoreando el clima, todos.
Me incluí en los náuticos, pues muchos años he sido buzo y pescador deportivo, (consultar en YouTube al Pescador Vloggero) he tenido barco propio en varias etapas de mi vida y por eso trataré de sumar en este artículo desde mi experiencia, he sido feliz en los muelles. Es un estilo de vida.
Los náuticos vivimos pendientes del clima, con aplicaciones, checamos el NHC de NOAA, leemos y buscamos cualquier tema sobre el comportamiento del viento, la marea o el oleaje, los boletines de la “Capitanía de Puerto” son obligatorios, incluso rigen las vidas de muchos de los náuticos y sus familias.
Por eso cuando me preguntaron: ¿Cómo es que siendo gente experimentada de mar, en la marina Acapulco y el Club de Yates, se quedaron en las cabinas de los barcos a pasar el huracán Otis?
Mi respuesta fue: Por que no les avisaron y la autoridad falló en la alerta. Pensaron que sería Categoría 2.
Voy por partes, para darles una idea de este estilo de vida marino y para no inventar, les contaré que aquí en Cancún cuando viene una tormenta, conforme las categorías, el monitoreo va haciendo que la gente de mar tome desiciones.
Si es categoría 1, la mayoría podría arriesgarse y dirán: -Compadre, no sea culey, con amarras buenas la pasamos en el barco para cuidarlo-.
Van por víveres y a jugar cartas. Salen del barco a checar las amarras y saben que cuidando que el barco no se estropee contra el muelle ya la hicieron, quizá pongan boyas adicionales. ¿Hay riesgos? Si, siempre los hay. Podría volar un proyectil o soltarse el barco del vecino. Caer un poste cercano, cosas así.
En un Categoria 2, la mayoría optaría por alejarse del muelle, muchos cruzarían a la laguna Makax de Isla Mujeres o meterían sus barcos a la Laguna Nichupté de Cancún y se meterían a los manglares. Los primeros metros donde flota el barco no tendrán vientos fuertes, el manglar es una barrera impresionantemente resistente y eficiente. También hay botana, refrescos, un bacardi escondido en las
mochilas y seguro salen las cartas, alguien pondrá la bocina y durante la tormenta estarán pendientes de las amarras también. Siempre hay riesgos adicionales. Eso no cambia.
Pero en un Categoría 3 ninguno se quedaría en la cabina del barco, amarrarían en los manglares sus barcos y bajarían a tierra firme con sus familias.
Incluso muchos intentarían sacar sus barcos a marina seca. Comenzaría un frenesí por remolques y camionetas 4×4, la actividad en las rampas por el sacadero de lanchas del mar, sería notoria.
En las categorías 4 y 5, definitivamente hay que sacar el barco a marina seca, ni el manglar es confiable. Barcos gigantescos se pegan a la costa, incluso los encallan en la arena para evitar que la ola los reviente contra un muelle.
Habría incluso orden militar de evacuación y prohibición de quedarse en los barcos.
La misma marina cerraría el acceso a todos y quedaría prohibido permanecer en alguna cabina, si es que algún barco se hubiera quedado en el muelle.
Si el yate es grande y no se pudo sacar del agua, el Capitán llenaría sus tanques y se lanzaría a navegar a toda máquina, en una hora podría estar a 50 km del impacto y en 2 horas libre de riesgos. Es un gastaderi de dinero, pero el barco quedaría intacto.
Bueno, en la marina Acapulco les dijeron que sería Categoria 2, ahí no hay manglares ni lagunas como las nuestras que funcionen como puertos de abrigo, o se quedaban en los muelles o sacaban el barco, no había opción.
Ya en categoría 2 la desicion era riesgosa, decidieron quedarse, me imagino a los capitanes dando órdenes en el muelle y la actividad intensa a 6 horas antes del impacto:
-Compra hielo, trae la nevera grande, ahí en la cajuela del auto tengo una lámpara de mano, compras pilas-
-Checa amarras, traete la bocina y el dominó-
Se encerraron en las cabinas esperando un bamboleo y quizá una mareada, tal vez imaginaban un rato difícil de olas y viento. Un poco de golpeteo con el muelle -llénalo de boyas-.
Cuando se dieron cuenta de la intensidad del viento ya era tarde para salir de la cabina, el lugar más peligroso de Guerrero era precisamente ele muelle donde estaban amarrados.
Quedaron enmedio de un monstruo Categoría 5, devastador, en un infierno de agua que entraba por todas partes, de ruidos horrendos, de barcos apilados uno sobre otro, chocando y despedazándose entre sí con los muelles, todo volaba y lastimaba, los más duros hombres de mar quedaron quebrados ante el horror y de la ira de la naturaleza. Las olas superaron los 12 m de altura y todo pasó en una hora. Ya atrapados, no hay nada que hacer.
Cuando pasó la tempestad y llegó la calma, la frase fue descrita por uno de los sobrevivientes:
” Solo vi que se rompió su lancha y como se los llevó la ola “.
Más de 60 personas están declaradas desaparecidas de este grupo y marinas cercanas, son los que están en contacto con este blog, a través de amigos guerrerenses de Puerto Morelos y que nos están pidiendo ayuda para sus familiares, no se del resto de Acapulco, solo se dé este grupo y de sus testimonios.
No fallaron los hombres de mar, falló la autoridad que no alertó a tiempo y con certeza de la amenaza, por supuesto el cambio climático y la presencia del Niño en el Pacifico han creado reservas de calor en las masas de agua y le dan la energía a un huracán para pasar en menos de 12 horas de tormenta a Categoria 5, un huracán de “intensificación rápida” dijo el centro de huracanes de Florida 6 horas antes del impacto.
No se quien sea culpable o responsable de estas más de 60 familias en tragedia, lo que se es que ya murieron y conforme saquen cascos de barcos y muevan escombros irán apareciendo el esposo, el hijo, el cuñado, amigo, abuelo, hermano o amigo.
EN LA OPINIÓN DE:
Esclavas antes que mujeres: la realidad del rol femenino en la modernidad
Conciencia Saludablemente
La modernidad prometió igualdad, pero la carga mental y las responsabilidades siguen pesando de forma desigual.
Por: Pisc. Alex Barrera
Existe un tipo de cansancio que rara vez se reconoce. No aparece necesariamente en el cuerpo ni deja marcas visibles, pero se instala en la mente como una sensación constante de responsabilidad. Es el agotamiento de pensar, recordar, anticipar y resolver. Un desgaste silencioso que muchas mujeres experimentan a diario y que revela una paradoja incómoda de la modernidad: aunque el discurso social habla de igualdad, en la práctica muchas mujeres siguen viviendo bajo una lógica de obligación permanente. Antes que mujeres, terminan siendo gestoras invisibles de la vida cotidiana de quien las rodea.
Cuando se habla de carga mental, no se trata simplemente de “tener muchas cosas que hacer”. Es algo más profundo. Implica ser quien anticipa los pendientes, quien recuerda las fechas importantes, quien piensa en lo que falta en casa antes de que alguien más lo note. Es coordinar citas médicas, planear comidas, organizar horarios escolares, prever gastos y, además, sostener emocionalmente a quienes comparten el hogar.
Este trabajo casi nunca aparece en las listas formales de responsabilidades, pero mantiene funcionando la vida diaria. En muchas familias, la mujer no sólo realiza tareas domésticas, también administra mentalmente el sistema completo del hogar. Y ese esfuerzo, aunque constante, rara vez es reconocido como trabajo.
La raíz de esta dinámica no es nueva. Durante miles de años, las sociedades humanas organizaron sus roles de forma relativamente clara: los hombres se encargaban de explorar, cazar o buscar recursos, mientras las mujeres gestionaban el cuidado de la tribu, y es que la naturaleza misma cargo en la mujer la importante labor de “preservar la especie” una especie de programación que se generó con el inicio de la vida porque hasta la naturaleza es “ella”.
La sociedad lo normaliza pues según la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo del INEGI (2023) muestra que las mujeres dedican considerablemente más horas al trabajo no remunerado que los hombres. Sin embargo, el problema no se limita al tiempo invertido. Existe un trabajo mental difícil de medir: el esfuerzo constante de pensar en función del bienestar de todos.
Desde la psicología sabemos que la mente tiene recursos limitados. Cuando una persona mantiene múltiples pendientes activos de forma simultánea, el cerebro permanece en un estado de alerta constante. Esto incrementa el estrés y reduce la capacidad de descanso mental. No se trata de una cuestión de debilidad personal, sino de un funcionamiento natural del sistema cognitivo bajo presión continua.
Por eso muchas mujeres describen una sensación curiosa: sentirse agotadas incluso cuando no han realizado un gran esfuerzo físico. La fatiga proviene del procesamiento mental constante. La mente sigue organizando, planificando y anticipando incluso en momentos que deberían ser de descanso.
A esta carga se suma un elemento cultural que ha reforzado el problema durante generaciones. A las mujeres se les ha asignado socialmente el papel de cuidadoras principales. No siempre se dice de forma directa, pero aparece en frases cotidianas: “ella es más organizada”, “ella sabe cómo se hacen las cosas en casa”, “ella es mejor para cuidar”. Estas ideas, aparentemente inofensivas, terminan consolidando una distribución desigual de la responsabilidad. Estas creencias muchas veces han echado raíz en el sistema social marcando estereotipos por ejemplo en el ámbito laboral en donde se cree que la mujer tendrá un mejor desempeño en ciertos puestos de trabajo asociados al cuidado o la organización (como educación, enfermería, asistencia administrativa, trabajo doméstico o las relacionadas a la belleza) que se han feminizado históricamente, reforzando la expectativa colectiva de que las mujeres deben encargarse del bienestar de los demás.
La carga mental también incluye un componente emocional importante. En muchos hogares, las mujeres terminan regulando el clima afectivo: mediando conflictos, anticipando tensiones o suavizando discusiones. Este esfuerzo por mantener el equilibrio emocional del entorno también genera desgaste psicológico.
Quiero explicarte algo importante: este cansancio invisible es real. El cerebro necesita pausas para recuperarse. Cuando la mente permanece en vigilancia constante, el organismo responde activando los sistemas de estrés. La neurociencia ha demostrado que el estrés prolongado mantiene elevados los niveles de cortisol, lo que puede afectar el estado de ánimo, el sueño y la salud física.
A este fenómeno se suma otro factor silencioso: la culpa. Muchas mujeres han aprendido a creer que “deberían poder con todo”. Cuando aparece el cansancio o surge la necesidad de pedir ayuda, emerge una autocrítica inmediata. Para compensar esa sensación de insuficiencia, asumen todavía más responsabilidades, reforzando así el ciclo de sobrecarga.
Por eso es fundamental hacer una distinción clara entre capacidad y obligación. Que alguien tenga facilidad para organizar no significa que deba hacerlo siempre. Una distribución justa de responsabilidades no consiste únicamente en dividir tareas visibles, sino en compartir también la responsabilidad de planearlas.
No es lo mismo “ayudar” que corresponsabilizarse, en este tema somos las mismas mujeres las que haciendo uso de nuestra capacidad de auto cuidarnos debemos delegar actividades y aceptar que no todo se va a realizar en precisión a nuestras expectativas pues es aquí en donde posiblemente nos convertimos en ejecutoras de nuestra propia esclavitud psicológica.
En terapia psicológica, este tema aparece con frecuencia. Muchas mujeres llegan describiendo una sensación difusa de agotamiento con el argumento: “siento que si yo no lo hago, nadie lo hará”. El espacio terapéutico permite identificar la carga mental, cuestionar creencias aprendidas y desarrollar herramientas para establecer límites más saludables.
El trabajo terapéutico no se limita a manejar el estrés. También implica revisar los mandatos culturales que se han interiorizado durante años. Preguntas como: ¿de dónde aprendí que debo anticiparlo todo? o ¿qué pasaría si comparto esta responsabilidad? abren la puerta a reorganizar dinámicas familiares y de pareja.
Además, la terapia permite desarrollar estrategias prácticas: establecer acuerdos claros, delegar tareas completas —no solo partes— y aceptar que las cosas no siempre se harán exactamente como uno las haría. Soltar el control absoluto puede resultar incómodo, pero es un paso necesario para recuperar el equilibrio mental.
También es importante crear espacios personales libres de función. Momentos donde una mujer no esté cumpliendo ningún rol específico —ni profesional, ni materno, ni de pareja— sino simplemente existiendo. El descanso real no consiste solo en detener el cuerpo, sino en permitir que la mente deje de estar en vigilancia permanente.
La carga mental femenina no es únicamente un problema individual; es un fenómeno social con raíces culturales profundas. Sin embargo, reconocerlo es el primer paso para transformarlo.
Porque el agotamiento que no se ve también cuenta. Y cuidar la salud mental implica reconocer que pensar por todos, todo el tiempo, tiene un costo. Redistribuir la carga no es un acto de egoísmo; es una condición necesaria para relaciones más justas y vidas más equilibradas. La fortaleza femenina no reside en sostener más, sino en reconocernos como parte de sistemas en los que damos, pero también recibimos, esto es una condición necesaria para construir relaciones más justas, hogares más equilibrados y una vida donde las mujeres puedan ser algo más que preservadoras naturales de la especie.
**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo humano.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque biopsicosocial.
Si deseas contactar al especialista o necesitas ayuda terapéutica puedes comunicarte vía Whats App
Te interesan los temas de desarrollo humano y bienestar intégrate a https://bit.ly/Kumaneko-SaludyBienestar es Gratis.
EN LA OPINIÓN DE:
Más allá de la piel humana: una mirada psicológica al fenómeno therian
Conexión animal, la evolución de una identidad invisible más allá del cuerpo y lo humano.
Conciencia Saludablemente
Por: Psicol Alex Barrera**
En los últimos días ha crecido la visibilidad de personas que se identifican como therians, es decir, individuos que sienten una conexión profunda con un animal y que integran esa vivencia como parte importante de quiénes son. Este tema ha generado reacciones muy opuestas: desde la burla inmediata hasta la aceptación sin cuestionamientos. Como especialilsta en desarrollo y conducta humana, considero que ninguno de estos extremos ayuda a entender lo que realmente está pasando.
Empecemos por aclarar el termino, therianthropy proviene del griego y fue usado en el ámbito académico desde 1901 para describir transformaciones mitológicas humano-animal, Este uso del término aparece documentado desde principios del siglo XX en publicaciones como The Religious Systems of China de J.J.M. De Groot (1901). Su uso moderno como identidad surgió en comunidades en línea entre 1992 y 1994, fue en diciembre de 1994 cuando se propuso usar therianthropy como término general para describir esa identidad moderna. Popularizandose con mas fuerza en los ultimos años su versión corta “therian” para describir una identificación interna con animales.
Ahora es importante aclarar algo; en la mayoría de los casos, las personas que se identifican como therians no creen que su cuerpo sea literalmente el de un animal. Lo que describen es una experiencia interna: sienten que ciertos rasgos de un animal representan algo esencial de su personalidad o de su mundo emocional. Desde la psicología del desarrollo sabemos que, especialmente en la adolescencia, la identidad está en construcción. Es una etapa donde las personas prueban formas de definirse, buscan pertenecer y utilizan símbolos para explicarse a sí mismas.
Identificarse con un lobo, un gato o un perro puede ser una manera de expresar características propias —como independencia, sensibilidad o fortaleza— o incluso una forma de afrontar momentos difíciles. A veces, cuando alguien ha vivido rechazo, presión social o experiencias dolorosas, puede encontrar en una figura simbólica una sensación de protección o pertenencia. No toda forma de identificación simbólica es un problema de salud mental.
Dicho lo anterior, algunos seguidores de esta corriente han declarado, sentir una cola u otra parte animal como parte de su experiencia como “Therian”, refiriendose a ello como el síndrome del miembro fantasma, término clínico que se refiere a la experiencia en la que una persona que ha perdido una extremidad (por amputación o ausencia congénita) siente que esa parte del cuerpo todavía está presente. Puede percibir sensaciones como hormigueo, presión, movimiento e incluso dolor intenso en el miembro que ya no existe físicamente.Sin embargo, este fenómeno es una reacción neurológica que solo puede darse cuando el miembro pertenece a la figura humana y no a estructuras no humanas, pues en ese caso se estaría hablando de algún otro fenómeno disociativo.
Este tipo de declaraciones difundidas por medios de comunicacion y redes sociales ha hecho que muchas personas confundan o tergiversen el termino ¨Therian” llevando el simbolismo a la práctica de manera activa, es decir tomando actitudes del animal en cuestion domo es caminar en cuatro patas.
Es aquí donde se hace necesario hablar de los límites. Vivimos en sociedad y la convivencia funciona gracias a acuerdos compartidos sobre reglas y hechos concretos. Cuando una vivencia personal intenta trasladarse de manera literal al espacio público (por ejemplo, esperar ser tratado como un animal en contextos formales) surge una tensión comprensible. La vida social no puede organizarse únicamente en función de cómo cada persona se siente internamente.
Un aspecto clave de la madurez emocional es poder distinguir entre lo simbólico y lo literal. Puedo sentirme identificado con la fuerza de un león sin creer que biológicamente lo soy. Desde la psicología, lo que nos preocupa no es la originalidad de una identidad, sino si esta genera sufrimiento importante, aislamiento, conflictos constantes o dificultades para funcionar en la escuela, el trabajo o la vida diaria.
La pregunta no debería ser si alguien “está bien” o “está mal” por identificarse como therian. La pregunta relevante es: ¿esta identidad le ayuda a vivir mejor o le está causando problemas? ¿Puede diferenciar claramente entre su experiencia interna y la realidad compartida con los demás? Si la persona mantiene esa claridad y su vida cotidiana no se ve afectada de manera significativa, no necesariamente estamos ante un trastorno mental.
Al mismo tiempo, respetar a alguien no significa que toda vivencia deba convertirse en una obligación para los demás. La empatía implica escuchar y comprender, pero también mantener límites saludables que permitan la convivencia. Validar no es confirmar literalmente cada percepción; es reconocer que la experiencia tiene un significado para quien la vive.
En un espacio terapéutico, el trabajo no consistiría en ridiculizar ni en reforzar sin cuestionar la identidad, sino en explorar qué representa. ¿Qué está expresando esa conexión con un animal? ¿Qué necesidad emocional está intentando cubrir? ¿Hay algo que la persona esté tratando de proteger? Acompañar significa ayudar a ampliar la comprensión de uno mismo, fortalecer la autoestima y desarrollar herramientas para relacionarse mejor con el entorno.
También es importante considerar que las redes sociales pueden influir en la forma en que estas identidades se consolidan. Encontrar comunidades con intereses similares puede brindar apoyo y pertenencia, pero también puede reforzar ideas de manera rígida si no existe reflexión crítica. Por eso, el acompañamiento profesional puede ofrecer un espacio seguro para pensar, cuestionar y ordenar la experiencia.
Tratar de modificar violentamente un comportamiento sin ofrecer el acompañamiento adecuado, bajo la idea de que no tiene lógica, es esconder el síntoma sin preocuparse por el verdadero problema, que no va a desaparecer, sino que verá la luz de otra manera, y esa otra forma puede ser mucho más severa.
En conclusión, el fenómeno therian no debe abordarse ni con burla ni con aceptación automática. Desde una mirada psicológica responsable, el camino está en el equilibrio: respetar la vivencia personal, evaluar si existe malestar o dificultad en la vida diaria y mantener clara la diferencia entre identidad simbólica y realidad compartida. La tarea no es etiquetar ni juzgar, sino promover bienestar, claridad y una forma de identidad que permita vivir en armonía tanto con uno mismo como con los demás.
****Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo humano.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque biopsicosocial.
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