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El sargazo en el Plan Estatal de Desarrollo 2023-2027

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Opinión / Wilberth Esquivel

Habrá recales masivos de sargazo éste año, el 2023 se espera tan devastador como aquel nefasto 2018, el peor año registrado desde que comenzó éste embate de la naturaleza sobre nuestras playas, producto de los cambios radicales en el Océano Atlántico y el Mar Caribe, por el calentamiento global, y que al fin comenzamos a reconocerlo como un desequilibrio ambiental irreversible.

Ya son 10 años de recales masivos, los dos gobiernos estatales anteriores han fracasado y resultaron incapaces de crear un protocolo serio de manejo integral para enfrentar el problema.

Millones de pesos se han desperdiciado en limpiezas ineficientes, en experimentos fallidos, en shows marinos y simulaciones, en notas periodísticas, foros sin profundidad, dimes, diretes, juntas estériles, comités interminables y una destrucción ecológica del sistema arrecifal y de nuestras playas, sin precedentes, que pagaremos caro y sobre la que se sustenta nuestra industria turística, por cierto.

Esa maldita selfie del turista con el fondo color mierda, contrastando con la belleza de nuestro mar turquesa, es en si misma indignante, debe golpear nuestro orgullo como políticos, funcionarios, empresarios, técnicos o científicos. ¿Cómo es posible que se lleven los visitantes, esa imagen de nuestra incapacidad de tenerles limpia la paya que vienen a visitar? Deberíamos morir de vergüenza ante el mundo que nos observa, al igual que pasa con los residuos sólidos. Vendemos sol y playa, pero nuestras playas ya no son blancas como en los folletos de las plataformas, son cafés como el excremento.

Es tan severo el problema y tan serio, que aparece por primera vez en el Plan Estatal de Desarrollo 2023-2027, el de la actual Gobernadora Mara Lezama, como un riesgo a nuestro desarrollo y de importancia relevante. Como prioritario de hecho, tanto como los residuos sólidos urbanos por repetir el ejemplo.

El primer acierto de la Gobernadora Mara Lezama, es que ya no se considera “probable” la llegada de sargazo, se acepta en forma contundente como “segura”, se considera recurrente, si bien se sabe que es estacional (primavera y verano), se rompe la mentira piadosa de la anterior administración: “que no es ni todos los días, ni en todas las playas” – díganselo así a los turistas para que no se asusten- decían.

Mara Lezama y su equipo ambiental fueron más allá, para dar paso a una aceptación del fenómeno, para poder enfrentarlo y mejorar su manejo integral, hay que hacerlo nuestro, como los huracanes, el arrecife, nuestro pasado maya o nuestro azul turquesa, somos tierra donde recala sargazo, lo sabemos y trabajaremos en mejorar su manejo integral, como debe ser, primero aceptaron que tenemos un problema.

La Gobernadora es clara y contundente en este sentido, y se refelejó en los Puntos siguientes del Plan Estatal de Desarrollo:

4.18.110. Fortalecer con los tres niveles de Gobierno le Gestión Integral de los Residuos.

4.18.112. Implementar estrategias para la regularización y capacitación de los sujetos obligados y gestores en el manejo de residuos de compi¡esencia estatal.

4.18.113. Impulsar normativas y permisos para la extracción y uso del sargazo, así como su monitoreo.

El Plan Estatal de Desarrollo se publicó en el Periódico Oficial del Estado de Quintana Roo el 23 de Enero del 2023. 

Ya no estamos en etapa de planeación, no es época del ¿qué haremos?, ya estamos en el “ver que se haga”. Ya esta así publicado, es un instrumento rector de las acciones a emprender.

Es momento de sumar esfuerzos, de innovar, de agregar lo aprendido, los errores reconocerlos y hacerlos a un lado, los aciertos reafirmarlos y mejorarlos, es momento de sumar para alcanzar estos tres objetivos, en éste caso enfocados al sargazo como un biorresiduo.

Veamos brevemente ésto, el sargazo es una alga pelágica que flota, nos llegan las especies natans y fluitans. Por la acidez del mar debida al calentamiento global sus poblaciones crecen y crecen, además las islas de sargazo son beneficiadas por eutrofización debida a la polución humana que se vierte al mar en todas las costas desde Africa, Brasil, Venezuela (los Ríos Amazonas y Orinoco), Panamá, Costa Rica, Honduras, Belice y nuestras mismas manchas urbanas del Caribe Mexicano. 

El sargazo flota en la corriente termohalina del Atlántico y ésta entra al Caribe, la corriente lleva el sargazo y fluye de sur a norte, debido a que nuestras costas están orientadas norte-sur, el sargazo corre paralelo a nuestras costas, pasa entre Cozumel y Playa, corre paralelo al Arrecife en Puerto Morelos, pasa por los lados de Isla Mujeres hasta que llega al Canal de Yucatán entre Isla Contoy y Cuba para hacer un remolino en el Golfo de México, alimentándose de los afluentes muy contaminados del Río Missisispi del Sur de Estados Unidos y luego cruzar el Canal de la Florida hasta el llamado “Mar de los Sargazos” frente a las Bahamas, luego se sube a la Gulf Stream y llega incluso hasta Inglaterra disparado, así fué descrito desde tiempos de Julio Verne, por el Capitán Nemo, en su libro: Veinte mil leguas de viaje submarino.

El sargazo no es nuevo, hay registros además del libro de Julio Verne de su existencia. Los que crecimos en la Península de Yucatán y conocimos el Caribe Mexicano en los 70s lo conocíamos, jugamos con el de niños. Pero la explosión brutal de las poblaciones de sargazo en toda la extensión planetaria del Océano Atlántico y la forma como golpea las playas desde las Antillas Menores, Centro América y el Caribe Mexicano son actuales, son una muestra de que el clima mundial ha cambiado y en éste caso en forma irreversible, son una muestra de que los últimos 10 años han sido distintos a los últimos 50 años.

Es momento de una política pública específica contra el sargazo. 

Así lo visualizó la Gobernadora, así se plasmó en las mesas del Eje Ambiental donde se juntaron académicos, científicos, técnicos, profesionistas, ciudadana y funcionarios. Esta vez además de las mesas típicas de Ordenamiento Urbano, de Residuos Sólidos, de Impacto Ambiental, de Areas Naturales Protegidas y las de siempre, hubo una nueva mesa: La mesa del sargazo.

En éste sentido la Gobernadora puso a la Ing. Huguette Hernández al mando de la Secretaría de Medio Ambiente, a elementos clave como el SubSecretario Oscar Rébora con experiencia Municipal y de espíritu ambientalista reconocido, rescataron a funcionarios y técnicos valiosos de administraciones pasadas como el Gabo Navarro y Jessica Nubia entre otros, se jalaron de Siresol a Gilberto Cañete conocedor de residuos ( no tanto como yo, pero bueno en su chamba jajajaja), sumaron a todas las voces técnicas en la materia, que no mencionaré por que corro el riesgo de omitir a alguna, estoy yo, por cierto ¡ jajajaja !.

Ya en serio.

La Secretaria asumió su papel, cosa que de inmediato encendió esperanza en los que hemos trabajado en los comités anteriores y me incluyo, llenos de positivismo nos sumamos a colaborar en el nuevo Gobierno, hay avances ya, principalmente por que no escuchamos la frase evasiva típica del anterior: No es del ámbito de mis competencias, por el contrario el Gobierno actual pretende precisamente lo contrario, asumir su responsabilidad constitucional en serio.

La secretaria siguiendo fielmente la intención de la Gobernadora – que dicen las malas lenguas que en lo privado es estricta y exigente con sus subalternos, como debe ser – reunió a todos los que habían participado en las mesas previas al PED y formó una Mesa de Trabajo del Sargazo, se han reunido comisiones, podemos decir que se continuaron los trabajos previos al PED avanzando a pasos agigantados en la materia, los esfuerzos están canalizándose bajo el coaching de la agencia alemana GIZ construyendo una estrategia, ya, rápido y bien.

¿Por que Sema? Por que el sargazo cuando flota es una especie viva, un ecosistema y le presta servicios ambientales a otras especies, es decir, en el mar es Federal. Pero cuando recala, muere, se descompone y hay que limpiarlo, acopiarlo, cargarlo, tratarlo, transportarlo, trasferirlo, podría aprovecharse, hay que depositarlo en un sitio de destino final y trabajarlo. Es decir, al ser limpiado, se convierte en un residuo biológico, o como define la Ley de Residuos del Estado de Quintana Roo, se vuelve un “biorresiduo” y es de competencia estatal.

Por eso, los siguientes lineamientos van juntos, los reitero:

4.18.110. Fortalecer con los tres niveles de Gobierno le Gestión Integral de los Residuos. el 4.18.112. Implementar estrategias para la regularización y capacitación de los sujetos obligados y gestores en el manejo de residuos de competencia estatal y el 4.18.113. Impulsar normativas y permisos para la extracción y uso del sargazo, asnillo como su monitoreo.

Por que al recalar y ser limpiado, es un biorresiduo.

No es un Residuo Sólido Urbano y tampoco es un Residuo Peligroso como los hospitalarios por ejemplo, eso es claro.

Por ende, corresponde al Estado, a través de Sema su regulación desde la limpieza hasta la disposición final, a los Ayuntamientos por convenio con la Zona Federal la limpieza de playas públicas, a los concesionarios privados la protección de sus frentes de playa y a la Semar, Conapesca, Semarnat o a quien designe el Presidente, corresponde el mar.

Solo dando a cada nivel de Gobierno y Privados, su responsabilidad y que cada quien asuma su ámbito de acción, tendremos protocolos y coordinación, así se logrará el punto 4.18.110. Solo logrando una estrategia de manejo integral, que va en camino con la Agencia Alemana GIZ, que incluya las etapas y la logística necesarias desde la contención en el mar,

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Navidad, consumo y salud mental: cuando el gasto se convierte en ansiedad 

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La Navidad debería intensificar el amor, en cambio es una puerta abierta para la ansiedad.

Conciencia Saludablemente

Por: Psicol. Alex Barrera

Cada año, al llegar estas fechas me resulta imposible no pensar en aquel famoso villancico que cuenta la historia de un pequeño niño, que recorre el camino tocando un tambor y en el que encuentro sin duda el mensaje más tierno de Navidad. Y es que este niño carece de todo bien material, pero aun posee algo, algo que es gratis, la música de su tambor que lo acompaña también en su recorrido al encuentro con el que será el Rey, así, ese pequeño en medio del incienso, el oro y la mirra, logra la gran proeza hacer sonreír al niño dios y es que poco es tanto, cuando no se necesita mucho. 

Navidad es la época de dar, pero ¿qué es lo que hay que dar? Resulta mi estimado lector, que conforme adviene diciembre, se instala una doble realidad: por un lado, las calles se iluminan, las canciones navideñas inundan espacios y la promesa de alegría parece omnipresente; por el otro, muchas familias sienten una presión creciente por cumplir con expectativas de consumo que parecen ineludibles, porque sí, Navidad, significa dar y dar significa gastar. En México, esta tensión entre celebración y gasto ha adquirido dimensiones cuantificables: según la consultora de mercados Kantar, los mexicanos planean gastar en promedio 6 mil 359 pesos en regalos navideños en 2025, un incremento de 15 % respecto al año anterior.  

Estos datos, por sí solos, revelan un fenómeno económico —que tiene implicaciones claras en la intensidad del consumo—, pero también encubren una relación compleja entre la temporada navideña y la salud mental. Porque la Navidad, más allá de regalos y cenas, es un momento donde la expectativa social de felicidad y consumo muchas veces se superpone con presiones financieras, emociones ambivalentes y comparaciones sociales que pueden erosionar la estabilidad emocional de las personas. 

El aumento del consumo y sus presiones 

Las cifras de gasto proyectadas para esta temporada muestran que, incluso en medio de desaceleración económica, las familias mexicanas no sólo mantienen el consumo navideño, sino que lo intensifican. Kantar estima que el aumento en gasto promedio se acompaña de una mayor recurrencia a tarjetas de crédito y aprovechamiento de promociones como El Buen Fin o Black Friday para financiar compras que de otra manera serían difíciles de costear.  

Adicionalmente, estudios como el de Ipsos señalan que hasta 54 % de los mexicanos aumentó su presupuesto para las celebraciones, con más del 50 % utilizando su aguinaldo para financiar estos gastos. Lo anterior no significa que su economía haya mejorado, sino que están dispuestos a gastar más. La combinación del costo de regalos, cenas, decoración, viajes y eventos sociales puede empujar a las familias a tensar sus recursos es aquí donde el asunto toma relevancia pues si bien en esta temporada se recibe dinero extra por aguinaldos, cajas de ahorro o incentivos navideños, los gastos se extienden pues las convivencias sociales aumentan, los gastos se elevan y casi siempre los gastos superan la entrada de dinero por lo que en muchos casos se recurre a endeudamiento innecesario y peor muchos establecimientos promueven el famoso pago tardío que impacta a los consumidores en meses como febrero, mes en el que ya no se cuenta con los incentivos extra, lo cual intensifica el desbalance económico.  

Pero el impacto no se limita a las cifras del bolsillo: esas cifras repercuten en el bienestar emocional, generando ansiedad, estrés financiero, sentimientos de insuficiencia y, en algunos casos, crisis profundas de angustia. 

¿Por qué el consumo navideño provoca ansiedad? 

Desde una perspectiva psicológica, la relación entre consumo y emociones es compleja. Las festividades decembrinas suelen combinar: 

  1. Expectativas sociales elevadas, que inducen comparaciones constantes (¿tengo que dar más y mejores regalos?). 
  1. Presión económica, al intentar cumplir con roles tradicionales de dar y compartir, aun cuando los recursos son limitados. 
  1. Cogniciones de autoevaluación negativa, al comparar lo que se tiene con lo que otros parecen ofrecer o recibir. 
  1. Carga emocional acumulada, que se mezcla con recuerdos familiares, duelos no resueltos o expectativas no cumplidas. 

La investigación en psicología del consumo y bienestar indica que la ansiedad financiera está asociada con síntomas de depresión, irritabilidad y conflicto familiar. Un estudio de la Journal of Consumer Psychology encontró que las decisiones de gasto impulsadas por presión social y no por necesidad pueden generar emociones negativas, mayor estrés y sentimientos de arrepentimiento posteriores. (Ver Jones et al., 2016, Journal of Consumer Psychology). 

En el contexto navideño, donde la cultura del “mejor regalo”, la celebración perfecta y la constante comparación mediada por redes sociales es omnipresente, las emociones autoevaluativas pueden amplificarse, llevando a un círculo vicioso de sobreconsumo y malestar psicológico. 

Deuda, culpa y arrepentimiento 

El estrés financiero no es un concepto abstracto: se traduce en síntomas concretos de ansiedad somática (insomnio, tensión muscular), temor anticipatorio (preocupación constante por dinero) y emociones displacenteras persistentes. En muchos casos, las deudas contraídas en diciembre se convierten en cargas que persisten durante todo el año siguiente, alimentando sentimientos de culpa, resentimiento y desasosiego. 

Además, existe evidencia de que las personas con historia de ansiedad o estrés crónico presentan respuestas más intensas a presiones económicas estacionales. Por ejemplo, investigaciones sobre estrés financiero y Salud mental han encontrado correlaciones significativas entre preocupación por dinero y aumento de ansiedad y síntomas depresivos (véase American Psychological Association, Stress in America Report). 

En otras palabras, más allá de la simple emoción de gastar, hay un impacto emocional profundo asociado a la presión de cumplir con estándares culturales y expectativas consumistas. 

Hacia una navidad más saludable emocionalmente 

Este panorama no implica demonizar el consumo ni negar la importancia de las celebraciones, sino reconocer que el consumo excesivo y la ansiedad financiera pueden afectar seriamente la salud mental. Si bien recomendamos planear el gasto con anticipación —como lo hacen muchos mexicanos que ya utilizan su aguinaldo de manera estratégica— también es necesario integrar prácticas conscientes que prioricen bienestar sobre presión social. 

Entre las acciones que pueden ayudar a mitigar este estrés están: 

  • Presupuestar con anticipación y apegarse a límites reales, evitando endeudamientos innecesarios. 
  • Promover celebraciones significativas, centradas en experiencias y relaciones más que en el valor material de los regalos. 
  • Establecer conversaciones abiertas sobre expectativas económicas en familia, reduciendo la carga emocional asociada al cumplimiento de roles. 

Y, sobre todo, debemos recordar que la asistencia terapéutica puede marcar una diferencia sustancial. Un profesional de la salud mental no sólo acompaña en la gestión del estrés financiero, también ayuda a abordar las emociones subyacentes que intensifican la ansiedad navideña: comparaciones sociales, deseos de aprobación, perfeccionismo, recuerdos dolorosos o patrones de consumo impulsivo. 

La Navidad puede ser una época de profundas emociones que van desde la alegría hasta la ansiedad. Cuando el consumo se convierte en una fuente de estrés crónico, no solo afecta la economía de las familias, sino también su bienestar emocional y la calidad de sus relaciones.  

Integrar prácticas más conscientes, planear con realismo y buscar apoyo cuando las presiones se vuelven abrumadoras, no es renunciar a la celebración, sino construir un enfoque más saludable y sostenible que nos permita disfrutar de estas fechas sin sacrificar nuestra salud mental. 

Así entonces sería prudente entender que tomar la filosofía de aquel niño del tambor es el camino más real y saludable para llegar a la navidad, pues en conciencia de lo que se tiene no podemos dar más y sin embargo no por ello deja de ser valioso, Porque la lección más grande de ese villancico es que ese niño ofreció el bello cantico de amor, pero nunca regaló el tambor. 

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial de manera privada.

Si le interesa también puede consultar en: 

  • Kantar: estudio sobre gasto promedio navideño en México (2025) El Imparcial 
  • Ipsos: incremento de presupuesto navideño y financiamiento Entre Veredas 
  • La Jornada: aumento del gasto navideño y uso de crédito La Jornada 
  • Journal of Consumer Psychology sobre consumo y emociones (Jones et al., 20 

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Cuando el estrés se vuelve hogar

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En una mente estresada por años, el silencio se vuelve territorios peligrosos ocultando el verdadero mal

Conciencia Saludablemente

Por. Psicol. Alex Barrera

Hubo un tiempo en el que el estrés era una señal de alarma: algo no estaba bien y el cuerpo pedía pausa. Hoy, para muchas personas, el estrés dejó de ser un estado pasajero y se convirtió en una forma de vida. Muchas personas sin darse cuenta aprendieron a vivir aceleradas, hiperconectadas y con la sensación constante de que, si no estamos ocupados o tensos, estamos fallando en algo. El problema no es solo vivir con estrés, sino volverse incapaz de vivir sin él.

Durante años hemos aprendido a vivir con el estrés como si fuera una condición natural de la adultez. “Así es la vida”, decimos, mientras normalizamos el cansancio crónico, la ansiedad constante y la sensación de que, si no estamos ocupados, algo anda mal. Poco a poco, sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si el estrés es inevitable y comenzamos a organizarnos alrededor de él. El problema no es sólo que vivamos estresados, sino que a de que sabemos que existe, no sabemos ni como reconocerlo, es decir, sabemos que existe el estrés, pero no sabemos cómo se siente el estrés, y mucho menos como detenerlo, aunque suene duro muchos hemos desarrollado una incapacidad real para vivir sin estrés.

Y es que cuando el estrés se normaliza, el silencio incomoda. Los espacios de calma generan culpa y la tranquilidad se interpreta como pérdida de tiempo incluso hay quien al intentar detenerlo se encuentra con la respuesta automática del cerebro una rotunda negativa, como si el propio cuerpo se negara a abandonar ese estado. Y lo grave es que aunque el cerebro lo haya normalizado, el generar estrés mantiene los mecanismos del naturales del cuerpo provocando daños clínicos en la salud de las personas.

No hablo del estrés como respuesta adaptativa —ese mecanismo biológico que nos permite reaccionar ante una amenaza real—, sino de un estado permanente de activación que se vuelve identidad. Hay personas que no saben qué hacer cuando no hay pendientes, conflictos o urgencias. El silencio les incomoda. El descanso les genera culpa. La calma se percibe como improductiva, sospechosa, incluso peligrosa. En ese punto, el estrés deja de ser una reacción y se convierte en una forma de vida.

Desde la psicología sabemos que el cuerpo no distingue entre una amenaza real y una simbólica. El sistema nervioso responde igual a un león que a un correo electrónico. Cuando vivimos en estado de alerta constante, el organismo se adapta a esa intensidad. El cortisol y la adrenalina se mantienen elevados y, con el tiempo, el cuerpo aprende a funcionar así. Entonces ocurre algo paradójico: la calma empieza a sentirse extraña, y el estrés se vuelve familiar. Incluso necesario.

Esto explica por qué algunas personas, al tener un fin de semana libre, se enferman, se angustian o buscan inconscientemente un conflicto. No es mala suerte: es un sistema nervioso que no sabe bajar la guardia. La mente, acostumbrada al ruido, interpreta la quietud como vacío. Y el vacío, para muchos, resulta insoportable.

La cultura contemporánea ha hecho del estrés una medalla de honor. Estar ocupados es sinónimo de éxito. Dormir poco es señal de compromiso. Decir “no tengo tiempo” nos valida socialmente. Hemos romantizado el agotamiento al punto de sospechar de quien vive con calma. ¿Qué estará haciendo mal? ¿Por qué no corre como los demás? Así, el estrés deja de ser un problema y se vuelve un valor cultural.

Pero el cuerpo no negocia con las narrativas sociales. El estrés sostenido tiene consecuencias claras: trastornos del sueño, problemas digestivos, enfermedades cardiovasculares, irritabilidad, dificultades de concentración, distanciamiento social, ansiedad y depresión. Lo más grave es que muchas de estas señales se ignoran porque se consideran “normales”. Vivir cansados se vuelve la norma. Sentirse mal, el precio a pagar.

Hay otro aspecto menos visible pero igual de dañino: el estrés constante empobrece la vida emocional. Cuando estamos siempre en modo supervivencia, no hay espacio para el placer, la creatividad ni la introspección. Todo se vuelve funcional. Incluso las relaciones. Escuchamos a medias, convivimos con prisa, respondemos desde la reactividad. Vivir así no sólo desgasta el cuerpo; también nos desconecta de nosotros mismos.

Con frecuencia escucho frases como: “Si me relajo, pierdo el control”, “Si descanso, me atraso”, “Si bajo el ritmo, todo se desmorona”” Hay que seguir” y la más atros “Puedo con eso y más”, todas ellas de personas que puedo ver están a punto de desmoronarse. Detrás de ellas hay una creencia profunda: la idea de que sólo somos valiosos cuando estamos produciendo o resolviendo problemas. El estrés, entonces, se convierte en una forma de sostener la autoestima. Mientras estoy ocupado, existo. Cuando paro, me enfrento al vacío de no saber quién soy sin la urgencia.

En ese sentido, la incapacidad de vivir sin estrés no es sólo fisiológica; es también psicológica. El estrés funciona como anestesia. Mantiene la mente ocupada y evita preguntas incómodas: ¿estoy donde quiero estar?, ¿esto me hace sentido?, ¿qué estoy evitando sentir? Cuando bajamos el ritmo, esas preguntas aparecen. Y no siempre estamos preparados para escucharlas.

La ironía es que muchas personas buscan “manejar mejor el estrés” sin cuestionar por qué viven en un estado que lo genera de manera permanente han olvidado siquiera como se sentían, y casi puedo asegurar que ya ni siquiera lo distinguen. Hacemos yoga, meditamos cinco minutos, tomamos suplementos… pero regresamos a la misma lógica de exigencia. No se trata de eliminar el estrés —eso sería imposible—, sino de dejar de necesitarlo para sentirnos vivos.

Incluso el cerebro puede interpretar como amenazantes los ejercicios orientados a la calma y la relajación cuando ha pasado demasiado tiempo funcionando en modo de alerta. Desde la neurociencia sabemos que el sistema nervioso se adapta a los estados que se repiten con mayor frecuencia; si una persona vive bajo estrés crónico, su cerebro aprende que la activación constante es sinónimo de seguridad.

En ese contexto, prácticas como la respiración profunda, la meditación o el silencio corporal pueden generar incomodidad, ansiedad o inquietud, porque implican “bajar la guardia”. Al disminuir la estimulación externa, emergen sensaciones internas, emociones reprimidas o pensamientos evitados, lo que el cerebro interpreta como pérdida de control.

La amígdala, encargada de detectar amenazas, puede activarse ante esta quietud desconocida, enviando señales de alarma que se manifiestan como nerviosismo, tensión muscular o necesidad urgente de interrumpir el ejercicio. No es que la calma sea peligrosa, sino que resulta extraña para un sistema acostumbrado a sobrevivir desde la urgencia. Por ello, aprender a relajarse no siempre es placentero al inicio; es un proceso de reaprendizaje en el que el cerebro necesita tiempo y acompañamiento para reconocer que el descanso también es un estado seguro.

Aprender a vivir sin estrés no significa abandonar responsabilidades ni aspiraciones. Significa recuperar la capacidad de alternar entre acción y reposo reconociendo conscientemente cual es cual. Dejar que el sistema nervioso recuerde que la calma también es segura. Que no todo es amenaza. Que no todo es urgente. Que el descanso no es un premio, sino una necesidad biológica y emocional y de usar herramientas que me permitan disminuir el estrés en momentos precisos de la vida.

Este reaprendizaje no es sencillo. Para alguien acostumbrado a la hiperactividad, el descanso puede generar ansiedad, irritabilidad o incluso tristeza. Es como quitarle una muleta al cuerpo: al principio duele. Por eso, muchas personas fracasan en sus intentos de bajar el ritmo y concluyen que “no pueden”. No es que no puedan; es que están deshabituándose de un estado que se volvió adictivo.

Aquí es donde la terapia psicológica cobra un papel fundamental. No sólo para enseñar técnicas de relajación, sino para explorar qué función cumple el estrés en la vida de la persona. ¿Qué evita? ¿Qué sostiene? ¿Qué identidad refuerza? Acompañar este proceso permite construir una relación más sana con el tiempo, el cuerpo y las emociones.

Vivir sin estrés constante no es una utopía, pero sí un acto contracultural. Implica cuestionar mandatos, tolerar la incomodidad del silencio y redefinir el valor personal más allá del rendimiento. Implica, en muchos casos, aceptar que hemos estado sobreviviendo cuando podríamos estar viviendo.

Tal vez la pregunta no sea cómo eliminar el estrés, sino algo más incómodo y honesto: ¿qué parte de mí no sabe existir sin él? Mientras no nos atrevamos a responderla, seguiremos corriendo, no porque sea necesario, sino porque detenernos nos confronta con una calma que aún no sabemos habitar.

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial de manera privada.


Si le interesa el tema puede profundizar en los siguientes textos:
American Psychological Association. (2020). Stress effects on the body.
https://www.apa.org/topics/stress/body

Describe cómo el estrés crónico mantiene al sistema nervioso en estado de alerta y dificulta la activación de respuestas de relajación.

Porges, S. W. (2011). The polyvagal theory: Neurophysiological foundations of emotions, attachment, communication, and self-regulation. W. W. Norton & Company.
https://wwnorton.com/books/9780393707007

Explica cómo el sistema nervioso autónomo puede interpretar estados de calma como inseguros cuando el organismo está habituado a la hiperactivación.

Van der Kolk, B. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. Viking.
https://www.penguinrandomhouse.com/books/215391/the-body-keeps-the-score-by-bessel-van-der-kolk-md/

Aborda cómo personas con estrés prolongado o trauma pueden experimentar ansiedad al intentar relajarse o meditar.

Thayer, J. F., & Lane, R. D. (2000). A model of neurovisceral integration in emotion regulation and dysregulation. Journal of Affective Disorders, 61(3), 201–216.
https://doi.org/10.1016/S0165-0327(00)00338-4

Expone cómo la regulación emocional deficiente hace que el sistema nervioso perciba la calma como una pérdida de control.

Treleaven, D. A. (2018). Trauma-sensitive mindfulness: Practices for safe and transformative healing. W. W. Norton & Company.
https://wwnorton.com/books/9780393709780

Analiza por qué prácticas de mindfulness pueden activar ansiedad en personas con sistemas nerviosos hipervigilantes.

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