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Opinión

Los desechables

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Opinión / Cicuta del Caribe

Niñas, niños y adolescentes, a merced del crimen organizado

·        Hace 15 años, en Cancún no se hablaba de casas de seguridad

·        El país está atascado de menores entrenándose con armas

Por: Carlos Águila Arreola

Vivo un déjà vu o paramnesia, acaso fue una premonición, quizá son ambas cosas: hace tres lustros, cuando recién llegué a Cancún, Hernán Cordero Galindo, entonces presidente en Cancún de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) y de siempre activista por medio ambiente, se convirtió en mi “fuente” de cabecera porque siempre “daba nota”.

Por las mismas fechas, viendo el tipo de gente que empezaba a llegar a éste, otrora paraíso, decía a mis primeros compañeros de futuras coberturas periodísticas que el escenario me recordaba a Tijuana, de donde venía huyendo; hoy me doy cuenta que por desgracia no me equivoqué y esta noble ciudad es presa del narcotráfico.

A 15 años de distancia, más que nunca vienen a colación sus señalamientos: “La delincuencia está creciendo en forma alarmante en las regiones, y esos chicos de hoy son el caldo de cultivo, la carne de cañón para la delincuencia organizada”, se trata de los actuales adolescentes de Cancún, Playa del Carmen y Tulum, y es que son inimputables por ser menores de edad.

También desde esas fechas, primero el ´sicólogo Soilo Salazar García, y de unos años a la fecha Lilliam Negrete Estrella, ambos presidentes del Centro de Integración Juvenil (CIJ) en Cancún, advertían sobre el consumo temprano de mariguana entre los adolescentes, e incluso niños, y su incursión con las llamadas drogas “duras”, como la cocaína y su derivado la piedra o crack.

Hace tres lustros difícilmente se hablaba de casas de seguridad y cárteles, y no es que no los hubiera, sino que eran, si se me permite el término, más discretos… actualmente el escenario es brutal; los ajusticiamientos rayan en lo demente: decapitaciones, descuartizados, testículos en la boca (adulterio con la mujer de un mafioso), sin faltar el ejecutado nuestro de cada día.

Sin cifras
La asociación civil Reinserta alertó hace días del reclutamiento de más de 30 mil niños mexicanos por parte del crimen organizado —460 mil hasta 2019, según la oenegé Centro Estratégico en Justicia y Derecho para las Américas (Cenejyd)—, que reciben un pago de hasta 35 mil pesos mensuales, de acuerdo con el estudio Reclutamiento y utilización de niñas, niños y adolescentes por la delincuencia organizada, presentado por la cofundadora de la oenegé, Saskia Niño de Rivera Cover.

La sicóloga y activista mexicana, una de las 100 mujeres más poderosas del país, de acuerdo con Forbes México, refirió que hasta el primer trimestre del año hay más de 20 mil casos de homicidio doloso y siete mil desapariciones de menores en los últimos 20 años, según una estimación hecha por la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim).

La activista advirtió de la falta de cifras oficiales porque no hay registros en las cárceles mexicanas de menores detenidos por delincuencia organizada; están presos de forma oficial por delitos contra la salud, y cuando preguntamos “¿cuántos niños tienen (detenidos) por crimen organizado? Todos los estados contestaron cero. Eso fue una sorpresa”.

En la exposición de los resultados del estudio de Reinserta, que trabaja por la reinserción social de reclusos, entrevistó a 89 jóvenes presos, de los que 67 se asumían como miembros del crimen organizado, de siete estados: Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas (zona norte); Estado de México y Guerrero (zona centro), y Oaxaca y Quintana Roo (zona sur).

La investigación detectó que “el país está atascado de niños y niñas que están entrenándose con armas, que son la presa perfecta para la delincuencia organizada, nada más que no los hemos logrado ver todavía”, y se detectó mayor precariedad en el centro y sur, mientras que en el norte los cárteles pagan los sueldos más altos: van de los 25 mil a los 35 mil pesos al mes.

Marina Flores Camargo, líder del estudio y directora de Monitoreo y Evaluación de Reinserta, indicó que la forma más común de reclutamiento es por medio de conocidos, como amigos y familiares, y que hay lazos afectivos muy fuertes con las figuras de autoridad de la delincuencia organizada, y niños y niñas fungen como reclutadores de otros menores y adolescentes, sostuvo.

Mercedes Castañeda Gómez-Mont, también cofundadora de Reinserta, dijo que el consumo de drogas, el entorno de violencia y la llamada “narcocultura” son factores: “¿Las series y películas de narcos guapísimos y llenos de mujeres tienen un efecto en nuestros niños y niñas? La respuesta es sí, la apología que se hace de la cultura de los narcos tiene efectos en la ideología”.

Asentamientos
La problemática se exacerbó con la pandemia por la deserción escolar de cinco millones de menores y el hecho de que 90 por ciento de crímenes contra niños ocurren en internet, comentó por su parte la senadora Josefina Vázquez Mota, presidenta de la Comisión de Derechos de la Niñez y la Adolescencia, quienes son, “lo digo con terror y dolor, los desechables del crimen organizado”.

Y es que espanta la exposición a las dimensiones de violencia que viven los menores y adolescentes en las ciudades: mortalidad violenta; percepción y experiencias con la violencia; mala concepción de la ley y la justicia, y la relación con la policía, factores que han llegado a ser determinantes en materia de violencia juvenil, sobre todo en las grandes urbes.

El Observatorio Nacional Ciudadano asegura que, en el país, hay tres millones 977 mil niñas, niños y adolescentes vulnerables de ser sumados a las filas de la delincuencia organizada; de estos, dos millones 444 mil 859 no asisten a la escuela; 794 mil 018 no estudian y, además, trabajan; 69 mil 744 no toman clases, trabajan y tienen pareja, y 211 mil 326 no asisten a la escuela y su estado civil es distinto a la soltería.

Actualmente, alrededor de uno de cada cinco está en situación de amenaza en 2020, y a partir de los cálculos sobresale que siete entidades concentran alrededor de 55 por ciento de la población en riesgo: Estado de México (9.7 por ciento), Jalisco (8.6), Chiapas (8.1), Puebla (7.8), Guanajuato (7.3), Veracruz de Ignacio de la Llave (7.2) y Michoacán de Ocampo (6.5%).

En San Luis Potosí, las niñas, niños y adolescentes en riesgo ascienden a 87 mil 820; en Sinaloa hay 76 mil 880; se estima que en Querétaro hay 71 mil 463: en Durango habría 59 mil 628, y en Aguascalientes 44 mil 293: en Quintana Roo habría ocho mil 167¸ apenas 2.6 por ciento de lo que se calcula que hay a nivel nacional; es decir, aún no se encienden las alarmas.

Los asentamientos precarios (regiones de la periferia, zonas irregulares y de invasión) son muestra de concentración de conductas violentas, y del proceso de segregación y altas tasas de desempleo, bajos ingresos, inseguridad, falta de servicios básicos, alta incidencia de pobreza y escasas oportunidades de participación o ser escuchados equitativamente por las autoridades.

En esas zonas el crimen organizado reúne a jóvenes en con educación de mala calidad y pocos estímulos para mantenerse en la escuela, y propicia numerosas formas de asociación violenta: bandas, pandillas, circulación de mercancías ilegales, drogas y armas, trabajo en actividades criminales, socialización contradictoria a las costumbres de esos asentamientos.

“Hoy les pregunta uno a los niños, oye ¿qué quieres ser de grande? «Yo quiero ser narco», dicen despatarrados cuando expresan ese tipo de cosas, sin mayor escrúpulo. «¡Yo quiero ser narco, traer mi camionetón!, y a mi mamá comprarle una buena casa, darle su dinerito». ¿Y qué tal si te matan? «Si me matan, ojalá no antes de que yo le dé todo eso que mi mamá necesita»”, señala el estudio.

El involucramiento de niñas, niños y adolescentes es una “excelente inversión” para los grupos delictivos: la constante necesidad de pertenecer a un grupo que les brinde protección, el sustituto o equivalente a una familia, la disposición al peligro al sentir la adrenalina y el poder, las drogas, armas, autos y otros lujos hacen que quieran permanecer en esos grupos delincuenciales.

Además, el Sistema de Justicia Penal para Adolescentes tiene ciertas ventajas explotadas por los grupos delictivos: la utilización y reclutamiento de menores resulta particularmente benéfico y redituable debido a que, en caso de ser detenidos se les dota de asesoría jurídica gratuita especializada, los delitos prescriben pronto, las sentencias tienen una duración máxima de cinco años.

Y, como beneficio derivado no hay vinculación entre el Sistema de Justicia para Adolescentes y el de adultos, por lo que quienes entre los 12 y 18 años cometen un ilícito son sentenciados por un mínimo de tiempo, y durante los últimos años se ha observado una persistencia de esa práctica por parte de los grupos delictivos.

La estimación presentada en este capítulo debe alertar que en México existe un gran número de niñas, niños y adolescentes cuyas realidades les impiden ejercer sus derechos y desarrollarse de manera adecuada. Los indicadores de vulnerabilidad, amenaza y riesgo muestran que un número importante de este grupo etario puede ver incrementada la probabilidad de ser reclutados o utilizados por grupos delictivos.

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Esclavas antes que mujeres: la realidad del rol femenino en la modernidad

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Conciencia Saludablemente

La modernidad prometió igualdad, pero la carga mental y las responsabilidades siguen pesando de forma desigual.

Por: Pisc. Alex Barrera

Existe un tipo de cansancio que rara vez se reconoce. No aparece necesariamente en el cuerpo ni deja marcas visibles, pero se instala en la mente como una sensación constante de responsabilidad. Es el agotamiento de pensar, recordar, anticipar y resolver. Un desgaste silencioso que muchas mujeres experimentan a diario y que revela una paradoja incómoda de la modernidad: aunque el discurso social habla de igualdad, en la práctica muchas mujeres siguen viviendo bajo una lógica de obligación permanente. Antes que mujeres, terminan siendo gestoras invisibles de la vida cotidiana de quien las rodea.

Cuando se habla de carga mental, no se trata simplemente de “tener muchas cosas que hacer”. Es algo más profundo. Implica ser quien anticipa los pendientes, quien recuerda las fechas importantes, quien piensa en lo que falta en casa antes de que alguien más lo note. Es coordinar citas médicas, planear comidas, organizar horarios escolares, prever gastos y, además, sostener emocionalmente a quienes comparten el hogar.

Este trabajo casi nunca aparece en las listas formales de responsabilidades, pero mantiene funcionando la vida diaria. En muchas familias, la mujer no sólo realiza tareas domésticas, también administra mentalmente el sistema completo del hogar. Y ese esfuerzo, aunque constante, rara vez es reconocido como trabajo.

La raíz de esta dinámica no es nueva. Durante miles de años, las sociedades humanas organizaron sus roles de forma relativamente clara: los hombres se encargaban de explorar, cazar o buscar recursos, mientras las mujeres gestionaban el cuidado de la tribu, y es que la naturaleza misma cargo en la mujer la importante labor de “preservar la especie” una especie de programación que se generó con el inicio de la vida porque hasta la naturaleza es “ella”.

La sociedad lo normaliza pues según la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo del INEGI (2023) muestra que las mujeres dedican considerablemente más horas al trabajo no remunerado que los hombres. Sin embargo, el problema no se limita al tiempo invertido. Existe un trabajo mental difícil de medir: el esfuerzo constante de pensar en función del bienestar de todos.

Desde la psicología sabemos que la mente tiene recursos limitados. Cuando una persona mantiene múltiples pendientes activos de forma simultánea, el cerebro permanece en un estado de alerta constante. Esto incrementa el estrés y reduce la capacidad de descanso mental. No se trata de una cuestión de debilidad personal, sino de un funcionamiento natural del sistema cognitivo bajo presión continua.

Por eso muchas mujeres describen una sensación curiosa: sentirse agotadas incluso cuando no han realizado un gran esfuerzo físico. La fatiga proviene del procesamiento mental constante. La mente sigue organizando, planificando y anticipando incluso en momentos que deberían ser de descanso.

A esta carga se suma un elemento cultural que ha reforzado el problema durante generaciones. A las mujeres se les ha asignado socialmente el papel de cuidadoras principales. No siempre se dice de forma directa, pero aparece en frases cotidianas: “ella es más organizada”, “ella sabe cómo se hacen las cosas en casa”, “ella es mejor para cuidar”. Estas ideas, aparentemente inofensivas, terminan consolidando una distribución desigual de la responsabilidad. Estas creencias muchas veces han echado raíz en el sistema social marcando estereotipos por ejemplo en el ámbito laboral en donde se cree que la mujer tendrá un mejor desempeño en ciertos puestos de trabajo asociados al cuidado o la organización (como educación, enfermería, asistencia administrativa, trabajo doméstico o las relacionadas a la belleza) que se han feminizado históricamente, reforzando la expectativa colectiva de que las mujeres deben encargarse del bienestar de los demás.

La carga mental también incluye un componente emocional importante. En muchos hogares, las mujeres terminan regulando el clima afectivo: mediando conflictos, anticipando tensiones o suavizando discusiones. Este esfuerzo por mantener el equilibrio emocional del entorno también genera desgaste psicológico.

Quiero explicarte algo importante: este cansancio invisible es real. El cerebro necesita pausas para recuperarse. Cuando la mente permanece en vigilancia constante, el organismo responde activando los sistemas de estrés. La neurociencia ha demostrado que el estrés prolongado mantiene elevados los niveles de cortisol, lo que puede afectar el estado de ánimo, el sueño y la salud física.

A este fenómeno se suma otro factor silencioso: la culpa. Muchas mujeres han aprendido a creer que “deberían poder con todo”. Cuando aparece el cansancio o surge la necesidad de pedir ayuda, emerge una autocrítica inmediata. Para compensar esa sensación de insuficiencia, asumen todavía más responsabilidades, reforzando así el ciclo de sobrecarga.

Por eso es fundamental hacer una distinción clara entre capacidad y obligación. Que alguien tenga facilidad para organizar no significa que deba hacerlo siempre. Una distribución justa de responsabilidades no consiste únicamente en dividir tareas visibles, sino en compartir también la responsabilidad de planearlas.

No es lo mismo “ayudar” que corresponsabilizarse, en este tema somos las mismas mujeres las que haciendo uso de nuestra capacidad de auto cuidarnos debemos delegar actividades y aceptar que no todo se va a realizar en precisión a nuestras expectativas pues es aquí en donde posiblemente nos convertimos en ejecutoras de nuestra propia esclavitud psicológica.

En terapia psicológica, este tema aparece con frecuencia. Muchas mujeres llegan describiendo una sensación difusa de agotamiento con el argumento: “siento que si yo no lo hago, nadie lo hará”. El espacio terapéutico permite identificar la carga mental, cuestionar creencias aprendidas y desarrollar herramientas para establecer límites más saludables.

El trabajo terapéutico no se limita a manejar el estrés. También implica revisar los mandatos culturales que se han interiorizado durante años. Preguntas como: ¿de dónde aprendí que debo anticiparlo todo? o ¿qué pasaría si comparto esta responsabilidad? abren la puerta a reorganizar dinámicas familiares y de pareja.

Además, la terapia permite desarrollar estrategias prácticas: establecer acuerdos claros, delegar tareas completas —no solo partes— y aceptar que las cosas no siempre se harán exactamente como uno las haría. Soltar el control absoluto puede resultar incómodo, pero es un paso necesario para recuperar el equilibrio mental.

También es importante crear espacios personales libres de función. Momentos donde una mujer no esté cumpliendo ningún rol específico —ni profesional, ni materno, ni de pareja— sino simplemente existiendo. El descanso real no consiste solo en detener el cuerpo, sino en permitir que la mente deje de estar en vigilancia permanente.

La carga mental femenina no es únicamente un problema individual; es un fenómeno social con raíces culturales profundas. Sin embargo, reconocerlo es el primer paso para transformarlo.

Porque el agotamiento que no se ve también cuenta. Y cuidar la salud mental implica reconocer que pensar por todos, todo el tiempo, tiene un costo. Redistribuir la carga no es un acto de egoísmo; es una condición necesaria para relaciones más justas y vidas más equilibradas. La fortaleza femenina no reside en sostener más, sino en reconocernos como parte de sistemas en los que damos, pero también recibimos, esto es una condición necesaria para construir relaciones más justas, hogares más equilibrados y una vida donde las mujeres puedan ser algo más que preservadoras naturales de la especie.

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo humano.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque biopsicosocial.

Si deseas contactar al especialista o necesitas ayuda terapéutica puedes comunicarte vía Whats App

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Más allá de la piel humana: una mirada psicológica al fenómeno therian

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Conexión animal, la evolución de una identidad invisible más allá del cuerpo y lo humano.

Conciencia Saludablemente

Por: Psicol Alex Barrera**

En los últimos días ha crecido la visibilidad de personas que se identifican como therians, es decir, individuos que sienten una conexión profunda con un animal y que integran esa vivencia como parte importante de quiénes son. Este tema ha generado reacciones muy opuestas: desde la burla inmediata hasta la aceptación sin cuestionamientos. Como especialilsta en desarrollo y conducta humana, considero que ninguno de estos extremos ayuda a entender lo que realmente está pasando.

Empecemos por aclarar el termino, therianthropy proviene del griego y fue usado en el ámbito académico desde 1901 para describir transformaciones mitológicas humano-animal, Este uso del término aparece documentado desde principios del siglo XX en publicaciones como The Religious Systems of China de J.J.M. De Groot (1901). Su uso moderno como identidad surgió en comunidades en línea entre 1992 y 1994, fue en diciembre de 1994 cuando se propuso usar therianthropy como término general para describir esa identidad moderna. Popularizandose con mas fuerza en los ultimos años su versión corta “therian” para describir una identificación interna con animales.

Ahora es importante aclarar algo; en la mayoría de los casos, las personas que se identifican como therians no creen que su cuerpo sea literalmente el de un animal. Lo que describen es una experiencia interna: sienten que ciertos rasgos de un animal representan algo esencial de su personalidad o de su mundo emocional. Desde la psicología del desarrollo sabemos que, especialmente en la adolescencia, la identidad está en construcción. Es una etapa donde las personas prueban formas de definirse, buscan pertenecer y utilizan símbolos para explicarse a sí mismas.

Identificarse con un lobo, un gato o un perro puede ser una manera de expresar características propias —como independencia, sensibilidad o fortaleza— o incluso una forma de afrontar momentos difíciles. A veces, cuando alguien ha vivido rechazo, presión social o experiencias dolorosas, puede encontrar en una figura simbólica una sensación de protección o pertenencia. No toda forma de identificación simbólica es un problema de salud mental.

Dicho lo anterior, algunos seguidores de esta corriente han declarado, sentir una cola u otra parte animal como parte de su experiencia como “Therian”, refiriendose a ello como el síndrome del miembro fantasma, término clínico que se refiere a la experiencia en la que una persona que ha perdido una extremidad (por amputación o ausencia congénita) siente que esa parte del cuerpo todavía está presente. Puede percibir sensaciones como hormigueo, presión, movimiento e incluso dolor intenso en el miembro que ya no existe físicamente.Sin embargo, este fenómeno es una reacción neurológica que solo puede darse cuando el miembro pertenece a la figura humana y no a estructuras no humanas, pues en ese caso se estaría hablando de algún otro fenómeno disociativo.

Este tipo de declaraciones difundidas por medios de comunicacion y redes sociales ha hecho que muchas personas confundan o tergiversen el termino ¨Therian” llevando el simbolismo a la práctica de manera activa, es decir tomando actitudes del animal en cuestion domo es caminar en cuatro patas.

Es aquí donde se hace necesario hablar de los límites. Vivimos en sociedad y la convivencia funciona gracias a acuerdos compartidos sobre reglas y hechos concretos. Cuando una vivencia personal intenta trasladarse de manera literal al espacio público (por ejemplo, esperar ser tratado como un animal en contextos formales) surge una tensión comprensible. La vida social no puede organizarse únicamente en función de cómo cada persona se siente internamente.

Un aspecto clave de la madurez emocional es poder distinguir entre lo simbólico y lo literal. Puedo sentirme identificado con la fuerza de un león sin creer que biológicamente lo soy. Desde la psicología, lo que nos preocupa no es la originalidad de una identidad, sino si esta genera sufrimiento importante, aislamiento, conflictos constantes o dificultades para funcionar en la escuela, el trabajo o la vida diaria.

La pregunta no debería ser si alguien “está bien” o “está mal” por identificarse como therian. La pregunta relevante es: ¿esta identidad le ayuda a vivir mejor o le está causando problemas? ¿Puede diferenciar claramente entre su experiencia interna y la realidad compartida con los demás? Si la persona mantiene esa claridad y su vida cotidiana no se ve afectada de manera significativa, no necesariamente estamos ante un trastorno mental.

Al mismo tiempo, respetar a alguien no significa que toda vivencia deba convertirse en una obligación para los demás. La empatía implica escuchar y comprender, pero también mantener límites saludables que permitan la convivencia. Validar no es confirmar literalmente cada percepción; es reconocer que la experiencia tiene un significado para quien la vive.

En un espacio terapéutico, el trabajo no consistiría en ridiculizar ni en reforzar sin cuestionar la identidad, sino en explorar qué representa. ¿Qué está expresando esa conexión con un animal? ¿Qué necesidad emocional está intentando cubrir? ¿Hay algo que la persona esté tratando de proteger? Acompañar significa ayudar a ampliar la comprensión de uno mismo, fortalecer la autoestima y desarrollar herramientas para relacionarse mejor con el entorno.

También es importante considerar que las redes sociales pueden influir en la forma en que estas identidades se consolidan. Encontrar comunidades con intereses similares puede brindar apoyo y pertenencia, pero también puede reforzar ideas de manera rígida si no existe reflexión crítica. Por eso, el acompañamiento profesional puede ofrecer un espacio seguro para pensar, cuestionar y ordenar la experiencia.

Tratar de modificar violentamente un comportamiento sin ofrecer el acompañamiento adecuado, bajo la idea de que no tiene lógica, es esconder el síntoma sin preocuparse por el verdadero problema, que no va a desaparecer, sino que verá la luz de otra manera, y esa otra forma puede ser mucho más severa.

En conclusión, el fenómeno therian no debe abordarse ni con burla ni con aceptación automática. Desde una mirada psicológica responsable, el camino está en el equilibrio: respetar la vivencia personal, evaluar si existe malestar o dificultad en la vida diaria y mantener clara la diferencia entre identidad simbólica y realidad compartida. La tarea no es etiquetar ni juzgar, sino promover bienestar, claridad y una forma de identidad que permita vivir en armonía tanto con uno mismo como con los demás.

****Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo humano.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque biopsicosocial.

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