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Opinión

Cuentas alegres; capricho para el pueblo bueno

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Opinión / Cicuta del Caribe II

Emplazan a huelga a Aeromar, que se convertiría en Aerobienestar
• 4T quiere entrar al mercado de aviación; capricho de ya saben quién
• La operara empresa de _genios de éxitos: como la compañía de gas
*• Empecinamiento de AMLO con Santa Lucía provocaría accidentes *
• Aún siguen cerrados 11 hoteles; nadie aclara si es para siempre

Por: Carlos Águila Arreola

En turismo, siempre ha habido un misterio, al menos en el Caribe mexicano: el destino siempre está bien pese a las rebajas en tarifas; basta un ejemplo: se reporta que el destino tuvo mayor movimiento aeroportuario “superando los niveles prepandemia”, pero el sector hotelero llena menos cuartos, lo que de inmediata se achaca a Airbnb, pese a que aquí está regulado.

Mientras Cancún registró un mayor movimiento aeroportuario —en septiembre reportó un incremento de 4.4 por ciento respecto al mismo periodo de 2019— superando los niveles de prepandemia impulsado por el turismo estadunidense durante la temporada vacacional de verano, el sector hotelero en general habla de que se llenan menos camas.

Apenas recientemente, el Grupo Aeroportuario del Sureste (Asur) reportó que su aeropuerto estrella, Cancún, recuperó el movimiento de pasajeros domésticos previos al impacto de la covid-19: entre enero y septiembre recibió seis millones 542 mil 411 viajeros nacionales, cifra que aún representa una caída del 2.4 por ciento en comparación con el mismo periodo de 2019.

No obstante, el tráfico internacional sigue debajo de los niveles prepandemia, pues en lo que va del año ha recibido 15 millones 604 mil 679 viajeros, 19.5 por ciento debajo de los niveles de hace dos años; empero, las buenas noticias son que en el comparativo para el mes de septiembre, tanto el movimiento doméstico como el extranjero ya los superaron.

El aeropuerto internacional de Cancún recibió un millón 661 mil 066 pasajeros en septiembre (933 mil 081 internacionales y 727 mil 985 domésticos), un crecimiento de 4.4 por ciento al comparar el mes con septiembre de 2019, y las cosas pintan mejor el cierre del año: el Caribe mexicano tiene asegurados 7.5 millones de asientos de avión para el segundo semestre del año.

El sustituto en la Sedetur, Andrés Gerardo Aguilar Becerril, ya empezó a futurear, asegura que para finales de año el estado cerrará con 12 millones de visitantes, con lo que alcanzarían una recuperación de 75 a 80 por ciento respecto a las estadísticas de hace dos años.

“Desde el cierre de 2020 se veía una recuperación al cerrar con una diferencia de 47 por ciento con respecto a 2019, y ahora vamos a estar en 20, luego de una caída en el mundo superior a 70 por ciento, lo cual habla (de) que el Caribe mexicano está bien preparado gracias al esfuerzo de la iniciativa privada, sus colaboradores y las autoridades”, espetó el novel funcionario.

Sin embargo, y pese a que este año la industria hotelera habla de “recuperación satisfactoria” respecto a las cifras de 2019, a inicios de septiembre el presidente de la Asociación de Hotels de Cancún, Isla Mujeres y Puerto Morelos, Roberto Cintrón Gómez, hablaba de qie las tarifas se habían reducido o abaratado, en promedio, 55 por ciento; es decir, más de la mitad.

Ahí es donde radica lo inexplicable; por ello, no han faltado señalamientos de lo que parecen ser “cuentas alegres” o “a modo”. Falta saber si son para satisfacer al gobernador, mantener el “liderazgo” en la región o, quizá, para no rendir cuentas al Servicio de Administración Tributaria (SAT); ya se vio que el dueño de Asur, Fernando Chico Pardo, apareció en los Papeles de Pandora.

Capricho
Resulta que Aeromar cambiaría de nombre por el de Aerobienestar… sí, el nuevo capricho de Andrés Manuel López Obrador para que “el pueblo bueno” pueda tener acceso a volar, y es que los trabajadores de la primera creen que así se matarían dos pájaros de un tiro, pues hace años que la aerolínea tiene una situación económica muy endeble, desatendida por los inversionistas.

La aerolínea de López Obrador —nuevo capricho, ahora para que el “pueblo bueno” pueda volar— saldrá más cara de lo planeado; inicialmente, se proyectó una inversión de 155 millones de dólares (tres mil 186 millones 319 mil 500 pesos), ahora serán 160 millones o tres mil 289 millones 752 mil pesos… una bicoca a como se las gasta el tabasqueño.

Así, la 4T busca entrar de lleno al mercado de la aviación, pero si no han podido con el avión presidencial ¿a poco podrán manejar 60 aeronaves?, la meta para los primeros cinco años de operación de Morena Airlines, Pejicana de Aviación o como sea que se vaya a llamar la nueva ocurrencia de su Serenísima Majestad Andrés Manuel López Obrador.

Aeromar cambiaría nombre por el de Aerobienestar… de acuerdo con trabajadores que creen que así se matarían dos pájaros de un tiro: que el nuevo juguete del tabasqueño se consolide, así como la aerolínea,, que hace años tiene una situación económica muy endeble, resultado de que fue desatendida por los inversionistas.

Como si sus cartas no fueran suficientes en el pasado reciente, la empresa de genios que crearon éxitos como la empresa de gas del gobierno, el banco oficial, la compañía de fertilizantes gubernamental y la de internet, llega ¡la aerolínea del bienestar!, que pretende contratar a trabajadores de Mexicana para dar forma al aeropuerto internacional Felipe Ángeles de Santa Lucía

Quién sabe qué oportunidad vio López Obrador, pero antes reacio a apoyar a las aerolíneas —que suplicaron la ayuda federal cuando estalló la pandemia y se decretó el aislamiento social para prevenir la propagación de la covid-19—, informó que está en pláticas con personas del sector aeronáutico para procurar que sigan volando aerolíneas que están en riesgo de cierre.

Menudencia*
Aún permanecen cerrados 11 hoteles, que implican mil 254 habitaciones fuera de servicio en Cancún, Isla Mujeres y Puerto Morelos, de acuerdo con la propia asociación en su comunicado diario, pese a la buena recuperación de la que tanto se habla, y nadie es capaz de salir a decir en qué municipios se ubican y si volverán a abrir o deben tomarse ya como “víctimas colaterales” de la pandemia.

Emplazan a huelga pilotos y sobrecargos de Aeromar para el próximo 20 de noviembre por falta de pago de salarios y prestaciones. A inicios de octubre, personal de la aerolínea recomendó a la Asamblea General de la Asociación Sindical de Pilotos Aviadores de México (ASPA) la medida; también tiene deudas con acreedores como el AICM, y el director comercial, Juan Ignacio Roselló, dijo que ya firmaron convenios para pagar, y aceptó que nunca se tuvo comunicación para convertirse en la Aerolínea del Bienestar.

El capricho de López Obrador de tener aeropuerto nuevo en Santa Lucía podría provocar accidentes en la Ciudad de México por la operación simultánea con el AIC, A seis meses de haber entrado en operación el rediseño del espacio aéreo, expertos opinan que habrá que regresar a los parámetros de seguridad anteriores, porque no se podrán intercalar 200 operaciones máximo por hora, además de que con cualquier cosa se desorganizará todo el tráfico (mal tiempo, pistas inundadas, desfiles militares).

Con la mira en el Caribe mexicano nace Sarpa, nueva aerolínea de bajo costo de Colombia, con 150 mil asientos para su primer año de operación y con base en el aeropuerto de Rionegro; la compañía volará con aeronaves tipo Embraer ERJ 145 con capacidad para 50 pasajeros. Ya vuela las rutas Rionegro- Aruba, Rionegro-Curazao y Barranquilla Aruba, y espera recibir autorización para 21 frecuencias nacionales e internacionales en los próximos días, incluida al menos una a Cancún, para abrir la venta de boletos en noviembre e iniciar operaciones en diciembre, justo en la temporada vacacional de fin de año.

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Navidad, consumo y salud mental: cuando el gasto se convierte en ansiedad 

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La Navidad debería intensificar el amor, en cambio es una puerta abierta para la ansiedad.

Conciencia Saludablemente

Por: Psicol. Alex Barrera

Cada año, al llegar estas fechas me resulta imposible no pensar en aquel famoso villancico que cuenta la historia de un pequeño niño, que recorre el camino tocando un tambor y en el que encuentro sin duda el mensaje más tierno de Navidad. Y es que este niño carece de todo bien material, pero aun posee algo, algo que es gratis, la música de su tambor que lo acompaña también en su recorrido al encuentro con el que será el Rey, así, ese pequeño en medio del incienso, el oro y la mirra, logra la gran proeza hacer sonreír al niño dios y es que poco es tanto, cuando no se necesita mucho. 

Navidad es la época de dar, pero ¿qué es lo que hay que dar? Resulta mi estimado lector, que conforme adviene diciembre, se instala una doble realidad: por un lado, las calles se iluminan, las canciones navideñas inundan espacios y la promesa de alegría parece omnipresente; por el otro, muchas familias sienten una presión creciente por cumplir con expectativas de consumo que parecen ineludibles, porque sí, Navidad, significa dar y dar significa gastar. En México, esta tensión entre celebración y gasto ha adquirido dimensiones cuantificables: según la consultora de mercados Kantar, los mexicanos planean gastar en promedio 6 mil 359 pesos en regalos navideños en 2025, un incremento de 15 % respecto al año anterior.  

Estos datos, por sí solos, revelan un fenómeno económico —que tiene implicaciones claras en la intensidad del consumo—, pero también encubren una relación compleja entre la temporada navideña y la salud mental. Porque la Navidad, más allá de regalos y cenas, es un momento donde la expectativa social de felicidad y consumo muchas veces se superpone con presiones financieras, emociones ambivalentes y comparaciones sociales que pueden erosionar la estabilidad emocional de las personas. 

El aumento del consumo y sus presiones 

Las cifras de gasto proyectadas para esta temporada muestran que, incluso en medio de desaceleración económica, las familias mexicanas no sólo mantienen el consumo navideño, sino que lo intensifican. Kantar estima que el aumento en gasto promedio se acompaña de una mayor recurrencia a tarjetas de crédito y aprovechamiento de promociones como El Buen Fin o Black Friday para financiar compras que de otra manera serían difíciles de costear.  

Adicionalmente, estudios como el de Ipsos señalan que hasta 54 % de los mexicanos aumentó su presupuesto para las celebraciones, con más del 50 % utilizando su aguinaldo para financiar estos gastos. Lo anterior no significa que su economía haya mejorado, sino que están dispuestos a gastar más. La combinación del costo de regalos, cenas, decoración, viajes y eventos sociales puede empujar a las familias a tensar sus recursos es aquí donde el asunto toma relevancia pues si bien en esta temporada se recibe dinero extra por aguinaldos, cajas de ahorro o incentivos navideños, los gastos se extienden pues las convivencias sociales aumentan, los gastos se elevan y casi siempre los gastos superan la entrada de dinero por lo que en muchos casos se recurre a endeudamiento innecesario y peor muchos establecimientos promueven el famoso pago tardío que impacta a los consumidores en meses como febrero, mes en el que ya no se cuenta con los incentivos extra, lo cual intensifica el desbalance económico.  

Pero el impacto no se limita a las cifras del bolsillo: esas cifras repercuten en el bienestar emocional, generando ansiedad, estrés financiero, sentimientos de insuficiencia y, en algunos casos, crisis profundas de angustia. 

¿Por qué el consumo navideño provoca ansiedad? 

Desde una perspectiva psicológica, la relación entre consumo y emociones es compleja. Las festividades decembrinas suelen combinar: 

  1. Expectativas sociales elevadas, que inducen comparaciones constantes (¿tengo que dar más y mejores regalos?). 
  1. Presión económica, al intentar cumplir con roles tradicionales de dar y compartir, aun cuando los recursos son limitados. 
  1. Cogniciones de autoevaluación negativa, al comparar lo que se tiene con lo que otros parecen ofrecer o recibir. 
  1. Carga emocional acumulada, que se mezcla con recuerdos familiares, duelos no resueltos o expectativas no cumplidas. 

La investigación en psicología del consumo y bienestar indica que la ansiedad financiera está asociada con síntomas de depresión, irritabilidad y conflicto familiar. Un estudio de la Journal of Consumer Psychology encontró que las decisiones de gasto impulsadas por presión social y no por necesidad pueden generar emociones negativas, mayor estrés y sentimientos de arrepentimiento posteriores. (Ver Jones et al., 2016, Journal of Consumer Psychology). 

En el contexto navideño, donde la cultura del “mejor regalo”, la celebración perfecta y la constante comparación mediada por redes sociales es omnipresente, las emociones autoevaluativas pueden amplificarse, llevando a un círculo vicioso de sobreconsumo y malestar psicológico. 

Deuda, culpa y arrepentimiento 

El estrés financiero no es un concepto abstracto: se traduce en síntomas concretos de ansiedad somática (insomnio, tensión muscular), temor anticipatorio (preocupación constante por dinero) y emociones displacenteras persistentes. En muchos casos, las deudas contraídas en diciembre se convierten en cargas que persisten durante todo el año siguiente, alimentando sentimientos de culpa, resentimiento y desasosiego. 

Además, existe evidencia de que las personas con historia de ansiedad o estrés crónico presentan respuestas más intensas a presiones económicas estacionales. Por ejemplo, investigaciones sobre estrés financiero y Salud mental han encontrado correlaciones significativas entre preocupación por dinero y aumento de ansiedad y síntomas depresivos (véase American Psychological Association, Stress in America Report). 

En otras palabras, más allá de la simple emoción de gastar, hay un impacto emocional profundo asociado a la presión de cumplir con estándares culturales y expectativas consumistas. 

Hacia una navidad más saludable emocionalmente 

Este panorama no implica demonizar el consumo ni negar la importancia de las celebraciones, sino reconocer que el consumo excesivo y la ansiedad financiera pueden afectar seriamente la salud mental. Si bien recomendamos planear el gasto con anticipación —como lo hacen muchos mexicanos que ya utilizan su aguinaldo de manera estratégica— también es necesario integrar prácticas conscientes que prioricen bienestar sobre presión social. 

Entre las acciones que pueden ayudar a mitigar este estrés están: 

  • Presupuestar con anticipación y apegarse a límites reales, evitando endeudamientos innecesarios. 
  • Promover celebraciones significativas, centradas en experiencias y relaciones más que en el valor material de los regalos. 
  • Establecer conversaciones abiertas sobre expectativas económicas en familia, reduciendo la carga emocional asociada al cumplimiento de roles. 

Y, sobre todo, debemos recordar que la asistencia terapéutica puede marcar una diferencia sustancial. Un profesional de la salud mental no sólo acompaña en la gestión del estrés financiero, también ayuda a abordar las emociones subyacentes que intensifican la ansiedad navideña: comparaciones sociales, deseos de aprobación, perfeccionismo, recuerdos dolorosos o patrones de consumo impulsivo. 

La Navidad puede ser una época de profundas emociones que van desde la alegría hasta la ansiedad. Cuando el consumo se convierte en una fuente de estrés crónico, no solo afecta la economía de las familias, sino también su bienestar emocional y la calidad de sus relaciones.  

Integrar prácticas más conscientes, planear con realismo y buscar apoyo cuando las presiones se vuelven abrumadoras, no es renunciar a la celebración, sino construir un enfoque más saludable y sostenible que nos permita disfrutar de estas fechas sin sacrificar nuestra salud mental. 

Así entonces sería prudente entender que tomar la filosofía de aquel niño del tambor es el camino más real y saludable para llegar a la navidad, pues en conciencia de lo que se tiene no podemos dar más y sin embargo no por ello deja de ser valioso, Porque la lección más grande de ese villancico es que ese niño ofreció el bello cantico de amor, pero nunca regaló el tambor. 

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial de manera privada.

Si le interesa también puede consultar en: 

  • Kantar: estudio sobre gasto promedio navideño en México (2025) El Imparcial 
  • Ipsos: incremento de presupuesto navideño y financiamiento Entre Veredas 
  • La Jornada: aumento del gasto navideño y uso de crédito La Jornada 
  • Journal of Consumer Psychology sobre consumo y emociones (Jones et al., 20 

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Cuando el estrés se vuelve hogar

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En una mente estresada por años, el silencio se vuelve territorios peligrosos ocultando el verdadero mal

Conciencia Saludablemente

Por. Psicol. Alex Barrera

Hubo un tiempo en el que el estrés era una señal de alarma: algo no estaba bien y el cuerpo pedía pausa. Hoy, para muchas personas, el estrés dejó de ser un estado pasajero y se convirtió en una forma de vida. Muchas personas sin darse cuenta aprendieron a vivir aceleradas, hiperconectadas y con la sensación constante de que, si no estamos ocupados o tensos, estamos fallando en algo. El problema no es solo vivir con estrés, sino volverse incapaz de vivir sin él.

Durante años hemos aprendido a vivir con el estrés como si fuera una condición natural de la adultez. “Así es la vida”, decimos, mientras normalizamos el cansancio crónico, la ansiedad constante y la sensación de que, si no estamos ocupados, algo anda mal. Poco a poco, sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si el estrés es inevitable y comenzamos a organizarnos alrededor de él. El problema no es sólo que vivamos estresados, sino que a de que sabemos que existe, no sabemos ni como reconocerlo, es decir, sabemos que existe el estrés, pero no sabemos cómo se siente el estrés, y mucho menos como detenerlo, aunque suene duro muchos hemos desarrollado una incapacidad real para vivir sin estrés.

Y es que cuando el estrés se normaliza, el silencio incomoda. Los espacios de calma generan culpa y la tranquilidad se interpreta como pérdida de tiempo incluso hay quien al intentar detenerlo se encuentra con la respuesta automática del cerebro una rotunda negativa, como si el propio cuerpo se negara a abandonar ese estado. Y lo grave es que aunque el cerebro lo haya normalizado, el generar estrés mantiene los mecanismos del naturales del cuerpo provocando daños clínicos en la salud de las personas.

No hablo del estrés como respuesta adaptativa —ese mecanismo biológico que nos permite reaccionar ante una amenaza real—, sino de un estado permanente de activación que se vuelve identidad. Hay personas que no saben qué hacer cuando no hay pendientes, conflictos o urgencias. El silencio les incomoda. El descanso les genera culpa. La calma se percibe como improductiva, sospechosa, incluso peligrosa. En ese punto, el estrés deja de ser una reacción y se convierte en una forma de vida.

Desde la psicología sabemos que el cuerpo no distingue entre una amenaza real y una simbólica. El sistema nervioso responde igual a un león que a un correo electrónico. Cuando vivimos en estado de alerta constante, el organismo se adapta a esa intensidad. El cortisol y la adrenalina se mantienen elevados y, con el tiempo, el cuerpo aprende a funcionar así. Entonces ocurre algo paradójico: la calma empieza a sentirse extraña, y el estrés se vuelve familiar. Incluso necesario.

Esto explica por qué algunas personas, al tener un fin de semana libre, se enferman, se angustian o buscan inconscientemente un conflicto. No es mala suerte: es un sistema nervioso que no sabe bajar la guardia. La mente, acostumbrada al ruido, interpreta la quietud como vacío. Y el vacío, para muchos, resulta insoportable.

La cultura contemporánea ha hecho del estrés una medalla de honor. Estar ocupados es sinónimo de éxito. Dormir poco es señal de compromiso. Decir “no tengo tiempo” nos valida socialmente. Hemos romantizado el agotamiento al punto de sospechar de quien vive con calma. ¿Qué estará haciendo mal? ¿Por qué no corre como los demás? Así, el estrés deja de ser un problema y se vuelve un valor cultural.

Pero el cuerpo no negocia con las narrativas sociales. El estrés sostenido tiene consecuencias claras: trastornos del sueño, problemas digestivos, enfermedades cardiovasculares, irritabilidad, dificultades de concentración, distanciamiento social, ansiedad y depresión. Lo más grave es que muchas de estas señales se ignoran porque se consideran “normales”. Vivir cansados se vuelve la norma. Sentirse mal, el precio a pagar.

Hay otro aspecto menos visible pero igual de dañino: el estrés constante empobrece la vida emocional. Cuando estamos siempre en modo supervivencia, no hay espacio para el placer, la creatividad ni la introspección. Todo se vuelve funcional. Incluso las relaciones. Escuchamos a medias, convivimos con prisa, respondemos desde la reactividad. Vivir así no sólo desgasta el cuerpo; también nos desconecta de nosotros mismos.

Con frecuencia escucho frases como: “Si me relajo, pierdo el control”, “Si descanso, me atraso”, “Si bajo el ritmo, todo se desmorona”” Hay que seguir” y la más atros “Puedo con eso y más”, todas ellas de personas que puedo ver están a punto de desmoronarse. Detrás de ellas hay una creencia profunda: la idea de que sólo somos valiosos cuando estamos produciendo o resolviendo problemas. El estrés, entonces, se convierte en una forma de sostener la autoestima. Mientras estoy ocupado, existo. Cuando paro, me enfrento al vacío de no saber quién soy sin la urgencia.

En ese sentido, la incapacidad de vivir sin estrés no es sólo fisiológica; es también psicológica. El estrés funciona como anestesia. Mantiene la mente ocupada y evita preguntas incómodas: ¿estoy donde quiero estar?, ¿esto me hace sentido?, ¿qué estoy evitando sentir? Cuando bajamos el ritmo, esas preguntas aparecen. Y no siempre estamos preparados para escucharlas.

La ironía es que muchas personas buscan “manejar mejor el estrés” sin cuestionar por qué viven en un estado que lo genera de manera permanente han olvidado siquiera como se sentían, y casi puedo asegurar que ya ni siquiera lo distinguen. Hacemos yoga, meditamos cinco minutos, tomamos suplementos… pero regresamos a la misma lógica de exigencia. No se trata de eliminar el estrés —eso sería imposible—, sino de dejar de necesitarlo para sentirnos vivos.

Incluso el cerebro puede interpretar como amenazantes los ejercicios orientados a la calma y la relajación cuando ha pasado demasiado tiempo funcionando en modo de alerta. Desde la neurociencia sabemos que el sistema nervioso se adapta a los estados que se repiten con mayor frecuencia; si una persona vive bajo estrés crónico, su cerebro aprende que la activación constante es sinónimo de seguridad.

En ese contexto, prácticas como la respiración profunda, la meditación o el silencio corporal pueden generar incomodidad, ansiedad o inquietud, porque implican “bajar la guardia”. Al disminuir la estimulación externa, emergen sensaciones internas, emociones reprimidas o pensamientos evitados, lo que el cerebro interpreta como pérdida de control.

La amígdala, encargada de detectar amenazas, puede activarse ante esta quietud desconocida, enviando señales de alarma que se manifiestan como nerviosismo, tensión muscular o necesidad urgente de interrumpir el ejercicio. No es que la calma sea peligrosa, sino que resulta extraña para un sistema acostumbrado a sobrevivir desde la urgencia. Por ello, aprender a relajarse no siempre es placentero al inicio; es un proceso de reaprendizaje en el que el cerebro necesita tiempo y acompañamiento para reconocer que el descanso también es un estado seguro.

Aprender a vivir sin estrés no significa abandonar responsabilidades ni aspiraciones. Significa recuperar la capacidad de alternar entre acción y reposo reconociendo conscientemente cual es cual. Dejar que el sistema nervioso recuerde que la calma también es segura. Que no todo es amenaza. Que no todo es urgente. Que el descanso no es un premio, sino una necesidad biológica y emocional y de usar herramientas que me permitan disminuir el estrés en momentos precisos de la vida.

Este reaprendizaje no es sencillo. Para alguien acostumbrado a la hiperactividad, el descanso puede generar ansiedad, irritabilidad o incluso tristeza. Es como quitarle una muleta al cuerpo: al principio duele. Por eso, muchas personas fracasan en sus intentos de bajar el ritmo y concluyen que “no pueden”. No es que no puedan; es que están deshabituándose de un estado que se volvió adictivo.

Aquí es donde la terapia psicológica cobra un papel fundamental. No sólo para enseñar técnicas de relajación, sino para explorar qué función cumple el estrés en la vida de la persona. ¿Qué evita? ¿Qué sostiene? ¿Qué identidad refuerza? Acompañar este proceso permite construir una relación más sana con el tiempo, el cuerpo y las emociones.

Vivir sin estrés constante no es una utopía, pero sí un acto contracultural. Implica cuestionar mandatos, tolerar la incomodidad del silencio y redefinir el valor personal más allá del rendimiento. Implica, en muchos casos, aceptar que hemos estado sobreviviendo cuando podríamos estar viviendo.

Tal vez la pregunta no sea cómo eliminar el estrés, sino algo más incómodo y honesto: ¿qué parte de mí no sabe existir sin él? Mientras no nos atrevamos a responderla, seguiremos corriendo, no porque sea necesario, sino porque detenernos nos confronta con una calma que aún no sabemos habitar.

**Además de 10 años de experiencia como comunicólogo, ejerciendo el periodismo. Alex Barrera es también psicólogo por la UNAM con profundización en desarrollo.
Actualmente brinda terapia clínica con enfoque Biopsicosocial de manera privada.


Si le interesa el tema puede profundizar en los siguientes textos:
American Psychological Association. (2020). Stress effects on the body.
https://www.apa.org/topics/stress/body

Describe cómo el estrés crónico mantiene al sistema nervioso en estado de alerta y dificulta la activación de respuestas de relajación.

Porges, S. W. (2011). The polyvagal theory: Neurophysiological foundations of emotions, attachment, communication, and self-regulation. W. W. Norton & Company.
https://wwnorton.com/books/9780393707007

Explica cómo el sistema nervioso autónomo puede interpretar estados de calma como inseguros cuando el organismo está habituado a la hiperactivación.

Van der Kolk, B. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. Viking.
https://www.penguinrandomhouse.com/books/215391/the-body-keeps-the-score-by-bessel-van-der-kolk-md/

Aborda cómo personas con estrés prolongado o trauma pueden experimentar ansiedad al intentar relajarse o meditar.

Thayer, J. F., & Lane, R. D. (2000). A model of neurovisceral integration in emotion regulation and dysregulation. Journal of Affective Disorders, 61(3), 201–216.
https://doi.org/10.1016/S0165-0327(00)00338-4

Expone cómo la regulación emocional deficiente hace que el sistema nervioso perciba la calma como una pérdida de control.

Treleaven, D. A. (2018). Trauma-sensitive mindfulness: Practices for safe and transformative healing. W. W. Norton & Company.
https://wwnorton.com/books/9780393709780

Analiza por qué prácticas de mindfulness pueden activar ansiedad en personas con sistemas nerviosos hipervigilantes.

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