Fé & Religión
LA COSECHA ES ABUNDANTE, PERO LOS TRABAJADORES SON POCOS. RUEGUEN AL DUEÑO DE LOS SEMBRADOS QUE ENVÍE TRABAJADORES PARA LA COSECHA
Éxodo 19, 2-6a
Llegaron los hijos de Israel al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.
Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo:
«Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los hijos de Israel: “Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mi. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».
Salmo 99, 2. 3. 5
Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.
El Señor es bueno, su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.
Romanos 5, 6-11
Hermanos:
Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo! Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.
Mateo 9, 36 – 10, 8
Al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».
Todo comienza con un don. En el libro del Éxodo, Dios libera y elige a un pueblo sin méritos. En la Carta a los Romanos, ese amor llega al extremo y en el Evangelio lo recibido se convierte en misión: dar sin medida.
La fe no es una conquista, es una respuesta. Todo ha sido dado gratuitamente: la vida, la gracia y el perdón. Pero esos dones no nos dejan igual que estábamos, nos impulsan a vivir de otro modo.
Hoy existe la tentación de convertir la fe en cálculo, en mérito, en intercambio. El Evangelio rompe esa lógica: solo quien se sabe amado sin condiciones puede amar sin exigir.
Así que hagamos la siguiente pregunta: ¿vivo desde la gratuidad o sigo poniendo precio al amor?
La Alianza.
Esta es la introducción al famoso código de la Alianza (Ex 19-24). Nos presenta una teofanía (manifestación de Dios) a Moisés que le va a comunicar sus decisiones más importantes y cultuales sobre el pueblo. Podría dar la impresión que nos encontramos con una tradición de tipo sacerdotal, pero se dice que aquí están mezcladas varias tradiciones del AT (J, E, L). Se defiende, en concreto, que estamos ante una tradición sagrada de Sinaí, preisraelita; sin duda algo de esto debe haber. Estamos ante unos textos que pretenden mostrar una identidad y una relación: la identidad de un pueblo que llega a convertirse en el confidente de Dios, que debe ser distinto de los demás pueblos, aunque no necesariamente para alejarse de ellos, sino para ser intermediario del mismo Dios con la humanidad. Por eso, Dios ha escogido a Israel y ha hecho Alianza con él, como hacían en la antigüedad los reyes y emperadores. El concepto ALIANZA es el hilo dorado del AT y la clave de la teología y espiritualidad de la religión de Israel. Esto no lo entendió siempre así Israel, pero se vieron obligados los profetas a recordárselo para desmitificar y exigir muchas cosas a este pueblo y a esa religión. En realidad, la verdadera Alianza es una desmitificación de lo sagrado, de lo santo, de externo, que exige relaciones más profundas entre Dios y los suyos.
El texto tiene una forma de presentar a Dios muy especial, como dueño y señor del pueblo que lo ha liberado de la esclavitud de Egipto y, como un águila majestuosa (Dt 32,11), lo ha llevado por el desierto hacia El. Es como su presa, la que nadie le puede arrebatar. Se pone, como condición para no ser abandonado de nuevo en el desierto, el que escuchen su voz y cumplan su Alianza (las estipulaciones y preceptos).

La Alianza es la quintaesencia de la identidad del pueblo de Dios, por la que pasa a ser propiedad particular (segulah=posesión) de ese Dios, al que nadie podrá tocar. Todo eso se expresará con una fórmula que viene a ser proverbial: «Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo» y será una constante en la revelación bíblica (Ex 6, 7; Lev. 26, 12; Dt 26, 16-19, 29, 12; 2Sam 7, 24; Jr 7, 23). Pero, sin embargo, por muchas razones y por infidelidades manifiestas, en la historia religiosa israelita asistimos a la renovación de la alianza en los días mismos de Moisés (Ex 34,10-28); en tiempos de Josué (Jos 8,30-35; 24,1-28); en tiempos de David (2Sam 7, 8-16; 23, 5) y de Salomón (1 Re 8,14-29.52); sobre todo en el reinado del reformador Josías (2 Re 11, 17; 23, 1-33), y en los tiempos de la restauración posexílica (Neh 8, 1-18). Pero las repetidas infidelidades del pueblo y los consiguientes castigos (2 Re 17, 7-23; 23, 26-27; Jer 22, 9; Ez 16,15-52) hacen que los profetas anuncien una alianza nueva (Is 42,6; 55,3; 59,21; 61,8; Jr 31,31-34; 32,40; Ez 16,62; 36,24-28; 37,26-27; Mal 3,1). Esto es determinante, y por ello muchos profetas fueron rechazados. La Alianza, como la religión, no puede quedar petrificada, sino que debe ser algo vivo.
Por eso, el mito de un “reino de sacerdotes y una nación santa” no es profético. Los sacerdotes eran los que estaban al servicio de la santo, y lo santo es lo intocable. Es, pues, una teología de lo sagrado, de lo alejado de los otros pueblos y naciones. Y así, con el tiempo, fueron alejando también cada vez más a Dios hasta hacerlo inaccesible e impenetrable. Dios es santo, separado, qadosh, y así querían los sacerdotes que fuera el pueblo en cuanto “propiedad de Yahvé” (segulah). Pero sin duda que el Dios de la liberación de Egipto tenía para el futuro un proyecto distinto, más humano, donde la santidad suya y la de su pueblo no implicara necesariamente “exilarse” de la humanidad.
Muerte salvadora y reconciliadora.
La IIª Lectura es uno de los textos más difíciles de esta carta de Pablo. Entre otras razones, porque los vv. 6-7 con que comienza la lectura de hoy plantea algunos problemas textuales que siempre han llamado la atención. Es verdad que no podemos discutir ahora si tienen el tono paulino de los versículos anteriores y posteriores. Algunos hablan de una glosa y eso se debe tener en cuenta. En todo caso intenta ser una explicación de por qué Cristo entrega su vida por los pecadores que somos nosotros. Lo normal, en todo caso, es morir por una persona de bien. Pero la humanidad se había apartado de Dios, estaba enferma, y Cristo ha querido dar su vida por nosotros. No ha esperado a que la humanidad se convirtiera a Dios o fuera santa e intachable.
En la línea de las lecturas de hoy se podría poner de manifiesto que el pueblo de Dios no ha podido lograr llegar a ser una nación sacerdotal y santa. Por el contrario, es el pecado el que se ha apoderado de este pueblo de Alianza. ¿Qué sucederá entonces? Según una cierta teología moral veterotestamentaria Dios debería haber destruido a este pueblo, eliminarlo de la faz del mundo y de la historia. Sin embargo, Dios no rompe su alianza y por ello, la muerte de Cristo viene a ser la prueba del amor de Dios por nosotros, por los judíos y los paganos, según la línea de pensamiento de San Pablo en la carta a los Romanos. La sangre de Cristo no debe interpretarse ya en la necesidad sacrificial del culto veterotestamentario, sino que su sentido es otro: Cristo ha dado su vida para la salvación y liberación de un nuevo pueblo.
En este contexto, pues, de Rom 5, se pone de manifiesto el amor de Dios como solución a la humanidad perdida. Cristo nos ha reconciliado. El tema de la reconciliación (katallagê o katallassô) es una de las vertientes de la teología paulina sobre la muerte redentora de Cristo, aunque no sea precisamente el más bíblico. Se reconcilian los pueblos o las ciudades enemigas. De hecho, Pablo entiende su misión de apóstol y enviado de Dios con la tarea de reconciliar (cf 2Cor 5,11-6,10). Lo más relevante es poner de manifiesto que en la reconciliación cristiana es Dios quien toma la iniciativa a todos los efectos. Por lo mismo, al hablar de enemigos, no es Dios enemigo de la humanidad, en todo caso sería la humanidad de Dios, aunque la expresión debe tener sus matices por el carácter simbólico que se ha querido dar. Si se habla de enemigos, pues, quiere decir que la reconciliación trae paz, justicia, fraternidad y comunión. Con ello se logra lo que la antigua Alianza no había conseguido, porque a Dios se le había alejado de la humanidad enferma. Y es Cristo quien ha acercado verdaderamente a Dios y a la humanidad.
Misión compasiva.
El evangelio nos ofrece el testimonio de la elección de los Doce y su misión, en la perspectiva de un nuevo pueblo de la Alianza. Debemos notar una diferencia con la teología de la Iª Lectura donde la fuerza de la Alianza se resolvía en la identidad de un pueblo de sacerdotes y apartado del mundo por la santidad. Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, ha venido a dar un nuevo rostro más humano a este pueblo. Ya no es la teología de lo sagrado lo que prevalece, sino la identidad de un pueblo sencillo, perdido, débil, sin pastores, sin santidad aparente. Para esto se instituye a los “Doce”, cuya misión no será apartarlo de los demás pueblos, sino curar sus heridas, sus miserias y atender a sus necesidades más perentorias.
Y el verdadero modelo es el mismo Jesús que nos es presentado como el “pastor” que “se compadece” del pueblo. Se usa un verbo de una gran trascendencia bíblica (splagnízomai), que indica el estremecimiento del seno materno ante su hijo, actitud que nunca desaparece de una madre, incluso cuando ya su hijo se ha alejado de ella. Esto, pues, habla a las claras del amor gratuito, activo y generoso de quien se siente parte del otro y sufre con el otro. En Mateo, este verbo es utilizado varias veces (Mt 14,14; 15,32; 20,34; cf. 18,27) para hablar de la bondad y la misericordia de Jesús que lo lleva a actuar para aliviar las miserias del pueblo. Actúa como pastor, pero se quiere decir que actúa como una madre.
Por eso los “Doce”, que son el signo de un nuevo pueblo que Jesús ha querido congregar, deberán ser “pastores” que no hagan lo que los sacerdotes de la religión antigua hicieron: no se compadecieron del pueblo por tal de poner a salvo la “santidad” de Yahvé. El pueblo está enfermo y necesita a una madre que tenga entrañas de misericordia. Que cure las enfermedades, que ponga su seno materno donde crece la gratuidad y la cercanía del Dios salvador. Porque es Dios mismo quien quiere presentarse así, como una madre más que como un Dios que abusa de su santidad, de su lejanía, de su misterio.

Jesús se presenta como modelo para la misión, que Mateo proyecta extraordinariamente en el “discurso de la misión” (Mt 10). Es verdad que este evangelio de Mateo se ha fijado expresamente, todavía, en el pueblo de Israel (las ovejas perdidas de la casa de Israel). No obstante aquí ya están puestos los fundamentos de una misión menos nacionalista, para que los Doce puedan llegar a todos los hombres, ya que el nuevo pueblo de Dios no puede estar separado de los demás, sino que debe estar en comunión con todos los pueblos de la tierra. Desde luego, la compasión de Jesús destruye, sin duda, el nacionalismo endógeno del pueblo de la Alianza. Con Jesús, pues, más que del pueblo de la Alianza se debe hablar de la “humanidad compadecida”.
Mateo 9, 36 – 10, 8
«Al ver Jesús a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor»
El Evangelio nos dice que el Señor —viendo al pueblo— se sentía turbado, porque aquel pueblo iba desorientado y cansado, como ovejas sin pastor (Mt 9, 36). El pueblo de Israel sabía muy bien, mejor que nosotros —hombres de ciudad— qué era un pastor, y el alboroto que se formaba cuando las ovejas se encontraban solas sin pastor.
Si Jesús viniera hoy, yo creo que repetiría las mismas palabras: pues hay muchas personas desorientadas, buscando cuál es el sentido de la vida. —Señor, ¿qué solución das a este gran problema? Pues Jesús pide oración, escoge a doce apóstoles y los envía a predicar el Reino de Dios.
¡Escogió a doce Apóstoles! Envía a estos doce hombres a predicar: «‘El Reino de los Cielos está cerca’. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis» (Mt 10, 7-8). Lo que los Apóstoles hicieron, y nosotros hemos de hacer, es predicar a la persona adorable de Jesucristo y su mensaje de paz y de amor, y eso de una manera desinteresada.
Todos estamos convocados a ello: los sucesores de los Apóstoles —los obispos y los otros pastores— pero también, en unión con ellos, todos los fieles. Todos tenemos esta misión en el mundo: sanar a la humanidad de sus heridas, orientarla en sus búsquedas… No solamente los obispos y los sacerdotes, sino también los laicos: por ejemplo, en la familia —en su carácter de hogar y escuela de fe; en la universidad y en los colegios; en los medios de comunicación; en el mundo sanitario…, y cada cristiano en su ambiente de amistad y de trabajo.
Escuchemos a san Francisco de Sales, que escribe: «En la misma creación de las cosas, Dios, el Creador, mandó a las plantas que cada una diera el fruto según la especie. Igualmente, los cristianos —que son plantas vivas de la Iglesia— les mandó a cada uno de ellos que diera fruto de devoción según la calidad, el estado y la vocación que tuviera».
«La esperanza cristiana nos sostiene para comprometernos a fondo en la nueva evangelización y en la misión universal. Nos empuja a orar como Jesús nos lo ha enseñado: ‘Que venga a nosotros tu reino’» (San Juan Pablo II)
«La indiferencia: ¡cuánto mal hace a los necesitados la indiferencia humana! Y peor, ¡la indiferencia de los cristianos!» (Francisco)
«La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos; ‘es, por su propia naturaleza, misionera’ (Concilio Vaticano II)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 868)
EL SEÑOR LES DA LA PAZ
Fuente: Jorge Giron Sosa

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Fé & Religión
SEÑOR QUE NO SEAMOS SORDOS A TU VOZ
Ezequiel 33, 7-9
Esto dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida».
Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».
Romanos 13, 8-10
A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.
Mateo 18, 15-20
Dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
El profeta centinela de la palabra de Dios.
La primera lectura forma parte de un texto que se enmarca en el recuerdo del asedio de Jerusalén por los babilonios y posteriormente, ya Jerusalén destruida, el profeta promete un futuro mejor. No podía ser de otra manera para una comunidad que analiza su situación y considera su responsabilidad. Pero es el mismo profeta quien se convierte en centinela de esta situación y de esta llamada a la responsabilidad personal, con todas sus consecuencias. Ezequiel es un profeta que goza de esta notoriedad teológica cuando defiende en su obra el sentido de que ya no es todo el mundo responsable y todo el mundo culpable, sino que cada uno responde según sus obras y su actitud.
Un centinela, que guarda la ciudad, es la imagen hermosa de la lectura. Los demás pueden descansar, trabajar, pero cuando escuchen la voz del centinela, todos deben acudir para salvar la ciudad, y si alguien no lo hace está perdido; perdido personalmente. Dios es el guardián de Israel (según el salmo 121), pero necesita a los profetas como centinelas para llamar y alertar. Y el pueblo mismo necesita a los centinelas, a los profetas, para que su vida tenga sentido. La religión también los necesita. Por eso, una religión sin profetas está llamada a enquistarse en el pasado y a morir. Este es el sentido profundo del texto de hoy.
En el texto se perfila, pues, la misión del profeta, de un profeta verdadero: es el centinela de la fidelidad del pueblo de la alianza. Debe cumplir con firmeza y fe la misión de comunicar la palabra de Dios en su integridad; sea una palabra de esperanza o una palabra de juicio. Y el profeta, como cada uno de nosotros, es responsable de no haber anunciado a todos la palabra de Dios, de haber callado. Por eso es tan difícil que un verdadero profeta guarde silencio. Efectivamente se pone el acento en la responsabilidad de los que escuchan la palabra del profeta.
La felicidad de todos se resuelve en el amor.
Seguimos con la parte exhortativa de la carta a los Romanos, es decir, no es un texto doctrinal, sino parenético (perteneciente o relativo a la parénesis, es decir, un discurso o escrito que tiene como fin exhortar, aconsejar o animar a una persona a seguir una conducta moral o religiosa correcta). Pero no se trata de cualquier norma práctica, sino de lo que puede considerarse como la “quintaesencia” de toda la moral, de todo compromiso, de todos los mandamientos, de la ley y de los preceptos. El deber más importante que tiene todo cristiano es amar a Dios y al prójimo; en esto consiste la ley y los profetas; en esto se resuelven todos los mandamientos. Y esto se toma de uno de los decálogos del AT, concretamente de Dt 15, 17-21. Y todos estos mandamientos se resumen en uno (reductio in unum), citando Lv 19, 18b: amarás a tu prójimo, como te amas a ti mismo. Es muy posible que aquí se esté pensando en lo complicado de todos los preceptos de la ley mosaica, unos 613; por tanto, mejor tirar por la calle del medio: todo se reduce a amar a los otros, tal como nosotros queremos ser amados.
Pero también es muy importante tener en cuenta que el prójimo, en el ámbito de la Nueva Alianza, no son los que tienen la misma religión o piensan como nosotros, sino todos los hombres. El amor es la única virtud que integra a los enemigos. Dios no los tiene, porque ama a todos los hombres. Esta es la norma de vida que Pablo propone para todo cristiano y que debía ser la de todos los hombres. En esta síntesis breve, Pablo nos presenta toda la praxis de los que han aprendido a ser cristianos en razón de aceptar la gracia salvadora de Dios.
la comunidad como experiencia de perdón y oración.
El evangelio de hoy forma parte de uno de los discursos más significativos del primer evangelio. Mateo se caracteriza por una narración de la actuación de Jesús que viene alentada por una serie de discursos. En este caso, nos encontramos con el llamado «discurso eclesiológico» porque se contemplan en él las normas de comportamiento básicas de una comunidad cristiana: perdón, comprensión, solidaridad. Hoy aparece lo que se ha llamado la corrección fraterna, el tema del perdón de los pecados en el seno de la comunidad, y el valor de la oración común.
La corrección fraterna es muy importante, porque todos somos pecadores, y tenemos un cierto derecho a nuestra intimidad. Pero se trata de pecados graves que afectan a la comunión, y para ello se debe seguir una praxis de admonición, con necesidad de testigos, para que nadie sea expulsado de la comunidad sin una verdadera pedagogía de caridad y de comprensión. El poder de «atar y desatar», que en Mt 16 (hace dos domingos) se confería a Pedro, completa lo que allí se dijo: es en la comunidad donde tiene todo sentido el perdón de los pecados. Eso exige dar oportunidades, para que no sea el puritanismo lo específico de una comunidad, como muchas lo han pretendido a lo largo de la historia de la Iglesia. ¡No! No es el puritanismo lo esencial, aunque nuestro texto se resiente de ello, sino ofrecer a los que se han equivocado e incluso ofendido a la comunidad, la oportunidad nueva de integrarse solidaria y fraternalmente en ella. Si leemos el texto en clave disciplinar y jurídica, entonces habremos rebajado mucho el valor evangélico de la comunidad.
De la misma manera, la oración común enriquece sobremanera nuestra oración personal. Eso no excluye la necesidad de que tengamos experiencias de perdón y de oración personales, pero hay más sentido cuando todo ello se integra en la comunidad. La religión enriquece la dimensión social de la persona humana. Sin duda que estos aspectos tienen otros matices e interpretaciones, pero la dimensión comunitaria es la más rica en consecuencias.
Mateo 18, 15-20
«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él»
El Evangelio propone que consideremos algunas recomendaciones de Jesús a sus discípulos de entonces y de siempre. También en la comunidad de los primeros cristianos había faltas y comportamientos contrarios a la voluntad de Dios.
El versículo final nos ofrece el marco para resolver los problemas que se presenten dentro de la Iglesia durante la historia: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Jesús está presente en todos los períodos de la vida de su Iglesia, su “Cuerpo místico” animado por la acción incesante del Espíritu Santo. Somos siempre hermanos, tanto si la comunidad es grande como si es pequeña.
«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15). ¡Qué bonita y leal es la relación de fraternidad que Jesús nos enseña! Ante una falta contra mí o hacia otro, he de pedir al Señor su gracia para perdonar, para comprender y, finalmente, para tratar de corregir a mi hermano.
Hoy no es tan fácil como cuando la Iglesia era menos numerosa. Pero, si pensamos las cosas en diálogo con nuestro Padre Dios, Él nos iluminará para encontrar el tiempo, el lugar y las palabras oportunas para cumplir con nuestro deber de ayudar. Es importante purificar nuestro corazón. San Pablo nos anima a corregir al prójimo con intención recta: «Cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Gal 6, 1).
El afecto profundo y la humildad nos harán buscar la suavidad. «Obrad con mano maternal, con la delicadeza infinita de nuestras madres, mientras nos curaban las heridas grandes o pequeñas de nuestros juegos y tropiezos infantiles» (San Josemaría). Así nos corrige la Madre de Jesús y Madre nuestra, con inspiraciones para amar más a Dios y a los hermanos.
«En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables» (San Juan Bosco)
«Es necesario ante todo evitar el clamor de la crónica y los chismes en la comunidad. Esto es lo primero que hay que evitar, evitando las palabras que puedan herir y asesinar al hermano» (Francisco)
«Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.445)
EL SEÑOR LES DA LA PAZ
Fuente: Jorge Giron Sosa

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INVITAN A JORNADA RELIGIOSA EN HONOR A LA VIRGEN DE GUADALUPE EN CANCÚN
Cancún, Quintana Roo, agosto de 2026.– La Parroquia Virgen de San Juan convocó a la comunidad católica a participar en dos actividades especiales como parte de la Jornada en honor a la Virgen de Guadalupe, que se realiza del 10 al 15 de agosto. Las celebraciones buscan fortalecer la fe, la unión familiar y la participación comunitaria en un ambiente de respeto y devoción.
El jueves 13 de agosto, a las 11:00 de la mañana, se llevará a cabo la Unción de Enfermos Mayores, una ceremonia dedicada a brindar acompañamiento espiritual a adultos mayores y personas que enfrentan enfermedades o situaciones de angustia. La parroquia destacó que este acto representa un momento de consuelo y esperanza, inspirado en el mensaje guadalupano que invita a no temer el dolor ni la enfermedad.
Ese mismo día, a las 3:00 de la tarde, iniciará la Procesión en Automóvil con la Tilma de la Virgen de Guadalupe, cuyo punto de partida será la Parroquia Virgen de San Juan. Se invita a los asistentes a decorar sus vehículos para acompañar el recorrido por avenidas principales como La Luna, Nichupté, Kabah, Huayacán y Constitución, antes de regresar al templo.
Las autoridades parroquiales reiteraron la invitación a todas las familias para sumarse a estas actividades que buscan fortalecer la fe y la convivencia comunitaria en un marco de celebración guadalupana.
Fuente: 5to Poder Agencia de Noticias

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